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Vicenta Jerónimo, diputada del MLP

Vicenta Jerónimo, la diputada que no quería serlo

Según Jerónimo, todos los partidos, salvo el MLP, son «partidos politiqueros» que le hacen el juego a la oligarquía
A Cabrera, al igual que a Jerónimo, la exguerrilla le dejó malos recuerdos
Simone Dalmasso
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Vicenta Jerónimo, la diputada que no quería serlo

Historia completa Temas clave

Jerónimo sale de la capital todos los viernes en camioneta, luego paga Q30 para que la lleve a casa.
La diputada asegura que solo se quedará con Q15 mil de su sueldo, el resto lo donará para la formación del MLP.
Lo que más sorprende a la diputada es la impuntualidad de los diputados y su hipocresía.
El MLP descarta hacer alianzas con otras bancadas, considera que son producto de "politiqueros" al servicio de las oligarquías.
Jerónimo insiste en que los pocos escaños en el Congreso son producto de fraude electoral. Analistas políticos descartan tal posiblidad.

Vicenta Jerónimo, la diputada Mam del Movimiento de Liberación de los Pueblos, ha puesto patas arriba el Congreso y recibido feroces ataques por parte de los partidos tradicionales. Pero enfrentarse a unos cuantos diputados es la tarea más fácil y menos arriesgada que le haya tocado en mucho tiempo.

Redes-lateral

La primera batalla de Vicenta Jerónimo en el Congreso de la República fue por una oficina, su oficina.

Cada cuatro años, los diputados libran una guerra de todos contra todos para conseguir uno de los despachos que el Congreso pone a su disposición. Los más poderosos pelean por las más lujosas y amplias, las del edificio 7-10 por ejemplo. Algunos acaparan varias para colocar a su numeroso personal. Mientras tanto, las bancadas chiquitas claman por algo mejor que un trastero húmedo y oscuro. En ocasiones, los propios empleados del Congreso agarran oficinas en nombre de diputados que sabrán agradecerles el favor.

Vicenta Jerónimo, que no sabía de estas cosas, llegó el 15 de enero a reclamar su oficina a la dirección del Congreso. Después varias horas de espera, le ofrecieron una en la Casona, un edificio cercano al palacio legislativo. Pero al llegar con sus asesores, se dio cuenta que el nombre del diputado Wilmer Mendoza, de la bancada oficial, ya estaba sobre la puerta. Un abuso, puesto que Mendoza ya tenía oficina en el 7-10.   

Vicenta Jerónimo no lo pensó dos veces: se encaró con un empleado del Congreso, descolgó el cartel con el nombre del diputado, puso el logo del MLP y empezó a traer sus cosas. Pronto llegó un asesor del diputado Wilmer Mendoza a indicarle amablemente que esa oficina ya tenía dueño.

Jerónimo, que no es de las que se dejan intimidar, contestó: «Disculpe, pero tengo entendido que ustedes ya tienen agarradas oficinas. Yo ya estoy instalada, yo ya no salgo. Quédense con las que tienen», le contestó la diputada. El asesor descubrió la justicia redistributiva a la manera MLP, y se retiró sin más. Contactado por Plaza Pública, Wilmer Mendoza dijo no saber nada del hecho, ni haber tenido nunca oficina en ese edificio.

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La segunda batalla de Vicenta Jerónimo ocurrió frente a las cámaras. Primero, renunció a todos los privilegios que le da el Congreso: seguro médico, caja chica, celular y almuerzos gratis. Renunció también a cinco de los ocho asistentes a los que tiene derecho. Explicó que en un país con hambre como Guatemala estos lujos eran inadmisibles.

Luego, el 3 de febrero, en la reunión de jefes de bloque, humilló a toda la clase política con una simple propuesta: que se moviera esa reunión a las dos de la tarde para que el Congreso no tuviera que gastar en almuerzos.

Su moción fue recibida por una ráfaga de invectivas por parte de los diputados que se sintieron señalados por sus propuestas de austeridad. «Debemos dejar de tomar esas medidas populistas, mediáticas. Que no almorcemos aquí no va a resolver el problema de desnutrición del país», dijo Álvaro Arzú, antes de sugerirle que renunciara a su curul. Fue un grave error de comunicación: que el hijo de una familia dominante y millonaria se aferrara a su almuerzo gratis mientras una mujer indígena y pobre lo rechazaba no tenía justificación. Fue sepultado bajo una avalancha de memes e insultos.

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Unos días después, ante un grupo de líderes de Codeca de Patulul, Vicenta Jerónimo recordó los ataques de Arzú. «Yo ya tenía toda la respuesta lista, pero yo tengo una educación que viene de los pueblos. Yo me dije: “mejor no digo nada, no me voy a igualar con este hombre”. Él no sabía con quién estaba hablando.»

Todos Santos, Ixcán, Quintana Roo, Patulul

Vicenta Jerónimo nació el 27 de octubre de 1972 en Todos Santos, Huehuetenango, en una familia de campesinos sin tierra cuyo destino estaba a punto de cambiar: 20 días después de nacida, la familia abandonó los valles y montañas de los Cuchumatanes para instalarse en Ixcán. Su padre, Francisco Jerónimo, se había asociado con la cooperativa de Guillermo Woods, un sacerdote estadounidense que organizó a campesinos indígenas para sembrar en las tierras selváticas del norte de Quiché. La familia se instaló en una parcela de 40 cuerdas en la comunidad de Mayalán.

Vicenta Jerónimo recuerda una vida tranquila: «mi padre y mi madre tenían animalitos para vender y consumir, gallinas, chompipes, coches. Mi padre se había superado comparado con la vida de antes. Vendía café y cardamomo». La historia no tardó en alcanzarlos.

El 20 de noviembre de 1976, la avioneta en que viajaba el padre Woods se estrelló. Hay grandes sospechas de que la derribó el Ejército. La violencia se asentó en el Ixcán: asesinatos, torturas, desapariciones arreciaron hasta convertirse, en 1982, en una campaña de exterminio, esa contada por el sacerdote Ricardo Falla en su libro Masacres de la selva.

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Como muchas otras familias, la de Jerónimo abandonó su parcela y se refugió en la selva. Durante un año se alimentaron de frutas y raíces, huyendo de las incursiones del Ejército. «Era una desesperación porque cuando pasaban los helicópteros con bombardeo, no era tan fácil ver a donde irse. Nos escondíamos entre las raíces de los árboles o en los ríos», recuerda.

En 1982, cruzaron la frontera con México. Llegaron a un campo de refugiados en Chiapas, pero como allí también los perseguía el Ejército de Guatemala, fueron reubicados en Quintana Roo. El gobierno mexicano les dio una casita y una parcela. Allí vivieron 17 años. Como muchas otras mujeres del refugio, Vicenta Jerónimo trabajó como empleada doméstica en casas mexicanas. Más tarde, participó en los proyectos de ACNUR, la agencia de las Naciones Unidas que vela por los refugiados. Impartió talleres sobre alimentación y cuidado de los niños. Se hizo también tejedora.

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Llegaron los años 90 y los exiliados empezaron a pensar en el regreso. Vicenta Jerónimo fue parte de los comités que negociaron y organizaron el retorno. No fue cosa fácil: hubo que luchar, presionar al gobierno de Guatemala, montar acciones. Por ejemplo, los refugiados acamparon un mes frente al consulado de Guatemala en Chetumal para que el gobierno por fin comprara las fincas donde serían reubicados. En estas pugnas Vicenta Jerónimo empezó a foguearse como organizadora. Asistió a numerosos talleres y capacitaciones que fueron como remiendo a sus estudios truncados: con la guerra y la huida, Jerónimo apenas llegó a segundo de primaria.

En 1997, un año después de la firma de la paz, la familia pudo volver a Guatemala. No al Ixcán ni a Todos Santos, sino a un lugar desconocido de todos los refugiados: una aldea llamada San José el Carmen en el municipio de Patulul, Suchitepéquez. La costa Sur sería, a partir de entonces, su nuevo hogar y su nuevo campo de acción.  

El camino de regreso

Son las tres de la tarde, un viernes cualquiera. No hay más actividad en el Congreso y la diputada Vicenta Jerónimo ha agotado temprano su agenda de reuniones. Es hora de salir de una ciudad en donde no se siente a gusto para volver a su comunidad campesina. Se echa la mochila a la espalda, sale de su oficina y recorre a pie la Sexta Avenida hasta la estación de Transmetro de El Amate. En el camino, varias personas la reconocen y le piden que pose para unas fotografías.

La cola del Transmetro ya rebasó los torniquetes de la entrada. Como puede, entre empujones, la diputada aborda el autobús y se une a la masa de cuerpos comprimidos de oficinistas, obreros, comerciantes informales y empleados públicos que también han terminado su jornada.

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En la Central de Mayoreo aborda una camioneta que se lanza por la ruta al Pacífico. Poco antes de Cocales, hay un cruce en donde Vicenta Jerónimo baja del bus. Ya es de noche. En el cruce, se sube a una moto que, por 30 quetzales, la dejará en San José el Carmen. La carretera, en pésimas condiciones, bordea la inmensa finca hulera de Mario Leal Castillo, excandidato a la vicepresidencia con Sandra Torres, prófugo de la justicia por el financiamiento ilícito de la UNE.

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Media hora después, Vicenta Jerónimo se reúne con sus dos hijas y cinco de sus nietos. Viven en una casa campesina sencilla: bloques de cemento y techo de lámina, mobiliario mínimo, corredor repleto de flores, cocina de leña, letrina al fondo del solar. Las aves de corral van y vienen a su antojo: gallinas, chompipes, gansos, faisanes. Hay tres cerdos en el chiquero y conejos en una jaula. Atrás, fluye el pequeño río Jajá para que los niños jueguen, hagan acrobacias y cacen cangrejos.

Aquí es donde le gusta estar. «Estoy acostumbrada a la aldea, que es tranquila, silencio, hay aire puro y se puede convivir con la madre tierra», dice. «Me gusta ir a la parcela, hablar con la naturaleza. Siento su energía. Voy a los bosques a pedir disculpas si no logré defender su derecho.»

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Cuando Vicenta Jerónimo regresó del exilio, se involucró en política y se unió a las filas de la URNG. Tras las elecciones de 2003, en las que no lograron ganar la municipalidad de Patulul, quedó decepcionada por el partido surgido de la guerrilla. «Ya no respetaban las decisiones de los pueblos», dice. La URNG, agrega, se había convertido en un «partido politiquero».

De hecho, según Jerónimo, todos los partidos, salvo el MLP, son «partidos politiqueros» que le hacen el juego a la oligarquía. Por eso, aunque podrá haber puntos de encuentro con otras bancadas, no buscará hacer alianzas con nadie en el Congreso. «No se puede hacer alianza porque los pueblos han pedido que no se hagan alianzas», zanja. Ni siquiera Winaq, partido indígena fundado por Rigoberta Menchú, le genera mucha simpatía. «Tienen otra ideología. A veces se pronuncian a favor de los pueblos, pero una lucha fuerte desde los territorios, eso no lo tienen».

En 2005, tras la mala experiencia con la URNG, se unió a un movimiento campesino llamado Codeca.

—¿Cómo conoció Codeca?

—Fue Thelmita —dice, refiriéndose a Thelma Cabrera, otra mujer Mam, lideresa de Codeca, candidata a la presidencia en 2019. Se conocieron en la URNG. A Cabrera la exguerrilla le dejó malos recuerdos. —Ella me hizo una invitación a una asamblea de Codeca, allí me quedé integrada.

La pesadilla del empresariado

En 1992, una huelga de cortadores de caña sacudió Santo Domingo Suchitepéquez. Ganaban Q1,50 por jornal, exigían Q3,50. Un escándalo. De los despidos y la represión que siguieron la huelga, Mauro Vay y otros 16 campesinos crearon el Comité de Desarrollo Campesino para luchar por sus derechos laborales y por el acceso a la tierra.

Por muchos años, Codeca fue opacada por organizaciones campesinas más grandes como el CUC o CONIC. No fue hasta 2007-2008 que se habló de ella a nivel nacional.

Fue cuando la energía eléctrica se convirtió en parte central de su lucha. Las facturas de cientos, o hasta miles de quetzales impuestas por Energuate a los usuarios rurales generaron descontento en toda Guatemala. Codeca supo verlo. La organización llamó a la nacionalización de la energía y empezó a acompañar a comunidades que se declaraban «en resistencia», es decir, que se negaban a pagar las facturas y se las ingeniaban para desviar la corriente desde los postes de luz. Este acompañamiento, que las empresas eléctricas califican de instigación a delinquir, ha sido el motivo de cientos de denuncias por parte de la empresa eléctrica en contra de miembros de Codeca.

Las bases de la organización se extendieron. Según Codeca, agrupan a unas 125 mil familias. Unos 25,000 miembros activos pagan su cuota de Q3 mensuales.

Con el tiempo, la agenda del movimiento se amplió: agua, luz, defensa del territorio, lucha contra la corrupción, salud, educación. Codeca ha hecho propios los conceptos del Buen Vivir, que busca la armonía entre las personas, las comunidades y la naturaleza. Codeca pide también la formación de una Asamblea Constituyente que reescriba la Carta Magna y convierta a Guatemala en un Estado Plurinacional, inspirado en la experiencia boliviana.

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En 2016 Codeca decidió dar un paso más: formar un partido político, participar en las elecciones, buscar representación en el Congreso.

De allí surgió el Movimiento de Liberación de los Pueblos, y en su asamblea del 2018, escogió a sus candidatos.

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Dice Neftalí López, excandidato a la vicepresidencia y sociólogo graduado en Costa Rica: «Muchos pensaron que éramos los miembros con academia los que íbamos a ocupar esos puestos». Pero no fue así. Para la presidencia, el MLP eligió a Thelma Cabrera y en la primera casilla para el Congreso, a Vicenta Jerónimo. «En la organización se les da prioridad a las mujeres, a los indígenas y a la trayectoria de lucha», explica.

¿Por qué Vicenta Jerónimo? «Ella ha sido organizadora casi que desde que era niña. Con su mochila, va y viene, va y viene. Eso le permitió ganarse el respeto de la organización y ser la candidata en la primera casilla», comenta López. 

La más sorprendida fue la propia Jerónimo. «Ni había pasado por mi cabeza». En un primer momento, pensó en decir que no. «Yo le cuestioné a los compañeros. “Yo renuncio de eso”, dije. “¿Por qué va a renunciar?”, me dijeron. “Es una misión que el pueblo le está poniendo”». Y no hubo más de qué hablar.

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Los resultados de las elecciones de 2019 fueron equívocos para el MLP. Por un lado, Thelma Cabrera obtuvo un histórico 10.3%: casi medio millón de guatemaltecos votó por una mujer indígena y campesina, lo cual era inaudito. En cambio, los resultados legislativos y municipales fueron decepcionantes: una única curul, la de Vicenta Jerónimo, y ninguna alcaldía.

La diputada reafirma la posición del MLP: hubo fraude y eso les quitó diputados. «Si en un acta había 40 votos, solo nos pasaban cinco», afirma.

«Si de 455,000 votos solo tuvimos una diputación, es que algo pasó», considera por su parte Neftalí López, quien sostiene que el fraude afectó los resultados legislativos, pero no los presidenciales.

Los politólogos Renzo Rosal y Celia Luna niegan que haya habido fraude. Para Luna, de la Asociación de Investigación y Estudios Sociales (Asies), varios partidos políticos de todo el espectro (FCN, MLP) aprovecharon los fallos del sistema de transmisión de datos para decir que había habido fraude. Pero desde entonces, indica, las auditorías independientes han mostrado que los comicios fueron limpios.

Renzo Rosal considera que los resultados reflejan la naturaleza misma del MLP: un partido nuevo, radical, pero sin estructura territorial fuerte. «Tienen base de movimiento social pero no de partido político». En las elecciones locales, explica, lo que pesan son los cacicazgos, y el MLP no los tiene. Además, los departamentos donde Codeca tiene sus bases, Retalhuleu, Suchitepéquez, son también los más reñidos ya que aportan pocos diputados al Congreso.

«Me parece que la idea de fraude carece de sustento. Al contrario, el MLP debería estar orgulloso y satisfecho con los resultados que obtuvo, y trabajar para convertir ese voto por Thelma Cabrera en un voto partidista», concluye Rosal.

Rendición de cuentas en Patulul

Amanece en San José el Carmen, y Vicenta Jerónimo se prepara para su largo fin de semana de trabajo. A las ocho inicia su primera reunión, en una colonia a la entrada de Patulul. En el patio de una pequeña casa, a la sombra de un almendro de mar, la diputada es recibida por los líderes comunitarios de Codeca del municipio. Doce personas, mujeres y hombres a partes iguales, maestros, amas de casa, agricultores, forman su audiencia. Cada cual tiene su cuaderno escolar para tomar apuntes: luego trasladarán la información a los 450 miembros de Codeca del municipio.

Vicenta Jerónimo, vestida con un corte austero azul oscuro que contrasta con su huipil alegre, con flores, racimos de uva, mariposas y aves, inicia la plática con un análisis de coyuntura. Del gobierno de Giammattei, nada bueno que esperar: representa «el mismo sistema capitalista, racista, patriarcal» que seguirá criminalizando a los defensores de la madre tierra. ¿El Congreso? Peor todavía. Menciona la iniciativa de ley antimaras y explica que su verdadero objetivo es «criminalizar la protesta social y acabar con organizaciones como Codeca».

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Luego, Vicenta Jerónimo expone lo que ha visto y hecho durante un mes en el Congreso. Su charla es mitad explicación de sus tomas de posición y mitad relato de alguien que llega por primera vez al Congreso y no puede creer lo que ve. Le impactaron la impuntualidad de los diputados («los que llegan más tarde son los que se van más temprano»), sus gritos y berrinches («son como niños») y su hipocresía. Pone como ejemplo, la discusión sobre la iniciativa de ley para la dignificación de las comadronas, que les otorgaría un subsidio de Q3,000 anuales. «Todos los diputados haciendo su show, diciendo lo importantes que son, y que ellos habían nacido gracias a una comadrona... Pero a la hora de votar, solo 53 votos a favor. Ellos mismos rompieron el cuórum. Ya van ocho veces que las comadronas se van decepcionadas».

Y claro, habla de la austeridad. Jerónimo asegura que solo se va a quedar con 15,000 quetzales de su sueldo de 30,000. El resto lo donará para formar nuevos cuadros del MLP. Esta es una de las propuestas del partido: que ningún funcionario público gane más de cinco sueldos mínimos. 

Las acciones de Vicenta Jerónimo en el Congreso han sido de orden simbólico: asistir a la toma de posesión de Giammattei con la cara envuelta en un perraje, como las abuelas de Sepur Zarco, para indicar que no considera legítima esta presidencia, rechazar el almuerzo de las reuniones de jefe de bloque, ausentarse de la elección de magistrados para la Corte Suprema tras el escándalo de las reuniones de Gustavo Alejos.

Sabe que con una solitaria curul poco más puede hacer. Está convencida de que las iniciativas de ley que ingrese el MLP «para que la madre tierra sea reconocida como un ser vivo, con derechos», van a ser rechazadas. De todas formas, dice, «el poder popular no se construye en el Congreso, sino desde los territorios donde está la gente necesitada».

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Aun así, para el MLP, tener un pie en el Congreso es de suma importancia: Jerónimo es parte de las comisiones de finanzas y de derechos humanos. Su voto no pesará mucho, pero podrá ver de primera mano qué se está discutiendo y qué iniciativas deben movilizar a Codeca y el MLP. Además, puede citar a cualquier funcionario público y exigirle explicaciones. «Ellos van a tener que venir a mi oficina, no yo ir a pedirles audiencia», celebra Jerónimo ante los líderes de Patulul.

Tras una ronda de preguntas y comentarios, queda una cuestión por zanjar. Vicenta Jerónimo es la líder de Codeca en Patulul, pero sus nuevas responsabilidades hacen que tenga menos tiempo para coordinar. ¿Prefieren que otro cuadro de Codeca se encargue de la organización, o prefieren seguir con ella? La respuesta es unánime: que siga ella. Nada que venga alguien de fuera. Jerónimo sonríe para sí misma, y acata la decisión de la pequeña asamblea.

Una indígena en tierra de vaqueros

En el 2012, Codeca le encomendó a Vicenta Jerónimo una misión imposible: fundar las bases del movimiento en el Oriente de Guatemala.

«Oriente tiene sus particularidades. Es gente blanca, y se desarrolló allí una cultura fuerte, de machismo, de racismo. Hay un pueblo Xinka, pero perdió su idioma, su traje para no sufrir discriminación», explica Neftalí López. «Nadie imaginaba que Codeca se pudiera organizar allí».

Jerónimo parecía la menos indicada para intentarlo: era quien iba a enfrentar mayor rechazo. Una mujer indígena sin estudios y cuyo manejo del español es titubeante. (El idioma materno de Jerónimo es el Mam, y además entiende bien el Quiché, Cakchiquel e Ixil).

Vicenta Jerónimo empezó en Jalapa. En camioneta, en tuc tucs, en la palangana de picops o a pie, visitó las comunidades más remotas para reunirse con dos personas aquí, tres personas allá. Siempre en movimiento, repitiendo una y otra vez el mismo mensaje de resistencia y lucha, como un Pablo organizando a los primeros cristianos. «No fue tan fácil», admite Jerónimo.

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Herminio Ordóñez, agricultor de la aldea El Pinal, Jutiapa, y parte de la coordinadora departamental de Codeca lo admite: «Sí hubo burlas. Siempre existen por ser indígena», dice. «El 40% decía que una mujer no podía venir a abrirnos los ojos». Algunos líderes comunitarios pidieron a Codeca que mandara a otra persona.

Jerónimo descubrió una manera de atacar ese racismo. «En las capacitaciones, dejamos de tarea que investigaran de qué pueblo eran. Y así se empezó a terminar el racismo hacia mi persona», recuerda la diputada. Los campesinos de Oriente tomaron conciencia de sus raíces Xinkas, y empezaron a enorgullecerse de ellas.

«Ella nos lo dio a conocer porque ignorábamos de donde veníamos», dice Herminio Ordóñez, quien ahora se define como «Xinka hasta que me muera». 

Al mismo tiempo, Vicenta Jerónimo logró convertir el descontento de los campesinos pobres de Oriente en organización política. La llegada de la mina San Rafael, la tala de bosques por empresas madereras, la corrupción de los alcaldes, la escasez de agua y, por supuesto, las facturas de luz formaban el caldo de cultivo propicio al desarrollo de Codeca.

Hoy, asegura Jerónimo, Jutiapa y Jalapa, en donde trabajó seis años, son dos de los departamentos en los que Codeca tiene mayor presencia.

Codeca en la mira

Son las siete de la mañana, día domingo y Vicenta Jerónimo ya está en el bus camino a Patulul.  Hoy le tocan dos reuniones en San Lucas Tolimán.

La primera estuvo a punto de anularse. La anfitriona, María Ester Cojtí, del Cocode de La Esperanza, llamó para avisar que los líderes que había invitado decidieron no venir. Pero a Jerónimo no le importa: con dos o tres personas que asistan es suficiente. Por un par de horas, en el salón de una casa de clase media, la diputada conversa con tres lideresas de San Lucas. A María Ester Cojtí le cuesta creer que una diputada la haya venido a visitar hasta su casa. Se siente más que halagada. Normalmente, dice, los diputados desaparecen después de la campaña electoral.

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La segunda reunión es en la colonia Xejuyú, donde habitan pequeños productores de café. Vicenta Jerónimo es recibida con cohetes, globos y tostadas de chao mein. Unas veinte personas se acercan para escucharla hablar del Congreso. Acá tampoco son militantes de Codeca, pero ¿quién sabe? Es tan grato recibir la visita de una diputada, que bien podría formarse un nuevo comité en Xejuyú. Al final de la reunión, algunos pobladores le preguntan cómo es eso de la organización.

Antes de regresar a casa, Jerónimo quiere pasar por el juzgado de Patulul. Es domingo, pero espera que el juez de turno pueda recibir su firma.

En 2014, la empresa eléctrica Eegsa puso una denuncia contra ella y otro miembro de Codeca. Estaban acusados de atentado contra la seguridad de servicios de utilidad pública, amenazas e instigación a delinquir. En 2018 fueron absueltos: el caso no se sostenía. Sin embargo, la empresa apeló. Desde entonces, la diputada debe acudir al juzgado de Patulul y firmar un acta que demuestre que no está prófuga.

Las empresas EEGSA y Energuate han puesto alrededor de 600 denuncias en contra de líderes y miembros de Codeca. Los bloqueos de carreteras que promueve Codeca también le han valido numerosas denuncias por parte de políticos y del Cacif. Para Jorge Santos, coordinador de la Unidad de Protección a Defensoras y Defensores de Derechos Humanos (Udefegua), estas denuncias son una forma de criminalización de la protesta social.  

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A esto se añaden los ataques a través de los medios y las redes sociales: Codeca ha sido blanco de «una campaña articulada y con recursos importantes» que «cae en el discurso de odio y la incitación a la violencia», explica Santos.

Y como tercera estrategia, los asesinatos. Desde la creación de Codeca, datos de Udefegua indican que 14 miembros del movimiento han sido asesinados por causas relacionadas al activismo. «Los asesinatos no solo son por lo de la energía, sino también por el posicionamiento de Codeca sobre el acceso a la tierra», afirma Santos.

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Entre estas muertes, la de Luis Marroquín, uno de los líderes formados por Vicenta Jerónimo en Jalapa. Al recordarlo, a Vicenta Jerónimo se le quiebra la voz. «Luis estuvo caminando conmigo más de un año en las comunidades. Era un hombre que quería ver un cambio en su comunidad. Él inicio la lucha allá. Nunca defraudó a su pueblo», dice, conteniendo a duras penas las lágrimas.

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El 9 de mayo de 2017 fue asesinado de nueve balazos en una librería de San Luis Jilotepeque. El exalcalde de San Pedro Pinula, José Manuel Méndez Alonzo, acusado de ser el autor intelectual del crimen, sigue prófugo.

A pesar de este historial de violencia, Vicenta Jerónimo va y viene sin nadie que la acompañe. « Le hemos llamado la atención a la compañera, en términos de su seguridad», indica Neftalí López. Por lo visto, no hizo caso.

Cae la tarde y Vicenta Jerónimo de nuevo toma una moto para volver a su aldea. Mañana tendrá que madrugar para regresar a Guatemala. 

 

Plaza Pública intentó obtener una reacción por parte de Energuate y EEGSA. La primera declinó emitir opinión sobre temas políticos. Las voceras de EEGSA no contestaron.

Este reportaje es parte de un proyecto sobre elecciones y política financiado por Seattle International Foundation - Central America

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