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Yerbin Caal Tuc, 20, saca maíz podrido de un costal que dejó guardado encima de la cama, en su casa, antes de que fuera completamente cubierta por el lodo. Simone Dalmasso

«Lo que antes hizo el tractor ahora fue la tormenta Eta: Destruyó nuestro maíz»

«La cosa está jodida. Yo digo que podremos sembrar en unos seis meses en lo que se seca la tierra».
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«Lo que antes hizo el tractor ahora fue la tormenta Eta: Destruyó nuestro maíz»

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Las mujeres de las 35 familias de Río Zarco Jones, en Panzós, Alta Verapaz, están sentadas con sus hijos a la orilla del camino que divide en dos a la comunidad. O lo que queda de camino, o lo que queda de comunidad. Ahora la vereda está atravesada por pedazos de troncos, botellas de plástico, tusas podridas y ramas de platanales que trajo el río desbordado. La corriente se lo llevó todo. Acá no hay nada, solo hambre, destrucción, incertidumbre, un calor húmedo asfixiante y mucho lodo, demasiado lodo. Y un nuevo ramal del río que corre por el centro, entre las casas. Estos son los estragos de la tormenta Eta en una parte del valle del Polochic.

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«Nos quedamos sin maíz, sin comida y sin ropa. Ya no tenemos dónde vivir», dice Miguel Pop Choc, de 39 años, casado y con seis hijos. En sus ojos y voz está el cansancio de estos días y la desesperación porque tampoco tiene casa. Ni él ni el resto de las familias de Río Zarco Jones, una comunidad de Panzós, Alta Verapaz.

–¿En dónde dormirán?

– No sabemos. No tenemos dónde vivir. Nos quedaremos acá, aunque sea en el lodo, porque no tenemos dónde llevar a nuestros hijos.

Luego de una semana fuera para protegerse de la inundación, volvieron para reconocer el desastre. Viven y trabajan esa tierra desde hace dos años. Llegaron de diferentes lugares: Panzós, El Estor y Petén. Buscaban un lugar dónde vivir y poder trabajar. El terreno, que mide unas 7 caballerías, no es de ellos. Lo ocupan, pero esperan comprarlo algún día. A un lado tienen el río Zarco y, en el resto, la palma africana. Desde ahí se observa la frontera del cultivo extensivo.

A la comunidad «le pusimos Río Zarco Jones porque está cerca del río y porque el antiguo dueño de acá se llamaba Ervin Jones», comenta Miguel.

El desamparo es más intenso. No son dueños del lugar donde viven ni de la tierra que trabajan. Antes de la tormenta buscaban cómo adquirirla. «Quizá alguien nos pudiera ayudar con eso», dice Miguel.

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Huir de un río crecido

El primer martes de noviembre empezó la lluvia. Era perenne. No tan fuerte, pero constante. El río creció poco a poco y aún más cuando se alimentó del agua que bajó de los cerros, de la parte alta del departamento. El cause fue insuficiente y buscó camino, lo encontró en la comunidad Río Zarco Jones como si fuera un ramal nuevo.

El río inundó las casas y las siembras. Para el jueves el peligro era inminente. «Hasta aquí llegaba el agua», dice Miguel mientras coloca su mano a la altura del pecho.

A él y a sus vecinos solo le dio tiempo de correr. No pudieron salvar sus pertenencias. Tampoco los pocos sacos de maíz que tenían de la cosecha ni los animales. «Hasta allá fuimos a encontrar un coche», comenta Enrique Ba, de 41 años, mientras señala hacia uno de los extremos de la comunidad. «Allá estaba muerto».

El jueves en la noche corrieron hasta salir de la comunidad. No recibieron alerta de ninguna institución porque ahí, a unos cuantos kilómetros de las grandes plantaciones de palma africana y de la Municipalidad de Panzós, no llega el Estado. Ni los servicios básicos: no hay luz ni agua potable.

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Los habitantes de Río Zarco Jones buscaron refugio con familiares y conocidos en otras comunidades; algunos a Sepur Zarco, porque queda muy cerca. Partieron no pudiendo hacer nada más que esperar, temían volver y encontrar el desastre. Hoy lo confirman.

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La burocracia del MAGA para recibir ayuda

Miguel Pop es uno de los líderes comunitarios. Fue a buscar ayuda. Él, campesino, asumió que la recibiría del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAGA) si la pedía. La preocupación y angustia es porque perdieron las cosechas y las semillas para una nueva siembra.

Fue al Estor, que en condiciones óptimas toma una hora de camino en vehículo. Hacia allá el camino está mejor y queda más cerca. Pero para las instituciones del Estado, que no llegan a las comunidades rurales como Río Zarco Jones, pareciera quedar más lejos. Las fronteras municipales sí deben ser respetadas.

«Me dijeron que no podían hacer nada por nosotros porque somos de Panzós y no de El Estor», dice Miguel. Aunque le dieron una esperanza: debe entregar un censo de la comunidad con la foto de todas las personas. «¿A qué hora vamos a tomarle fotos a todos?».

Aunque es una petición incoherente para personas que perdieron todo y una comunidad sin luz eléctrica, ya trabajan en cumplirla. Juan Pedro Yat, de 34 años y con 4 hijos, es el encargado. Saca un cuaderno para confirmar que hay 35 familias y 375 personas sin nada qué comer, porque se perdieron las siembras de milpa, frijol, chile, plátano, yuca y moxán.

Según el Mapa de Pobreza Rural que elaboró el INE, con apoyo del Banco Mundial en 2013 (es el más actual), en Alta Verapaz la gente vive en las peores condiciones. Nueve de cada diez personas están en pobreza y cinco de cada diez en pobreza extrema. Apenas tienen para sobrevivir. En Panzós el 76% de las personas vive en pobreza extrema.

Xiomara Ramírez es una de las encargadas de Salud Pública en Telemán, Panzós. Ella coordina a un grupo de enfermeros que entregan víveres. Dice que llevan lo que recolectaron por su parte porque todavía no reciben apoyo del Gobierno. En las comunidades donde hay acceso entregan víveres para dos o tres días, toallas sanitarias y pañales desechables. Los paquetes los entrega el Ejército.

Entre la ayuda también han incluido pruebas de COVID19, aunque solo para algunas comunidades. Han hecho 22 de antígeno solo a quienes presentan síntomas, todas han dado negativo.

Río Zarco Jones tiene un problema, para llegar es necesario atravesar el río en un vehículo de doble tracción, todavía no llevan la ayuda. Es eso, o en realidad la comunidad no existe en los datos oficiales.

Juan Pedro Yat carga un teléfono celular con la pantalla rota. Con él toma las fotos para el censo que pidieron. Su casa (si es posible valorar la intensidad de los daños) es la más afectada.

Todos los hogares eran de un solo cuarto, de tablas o palos y techos de lámina. Pareciera que las construyeron muy bajas, en realidad, fue el suelo el que se elevó. El terreno creció con la arena y el lodo que trajo el río, están cubiertas hasta la mitad.

La casa de Juan Pedro quedó en medio de la nueva correntada del río. Los parales, unas cuantas tablas destartaladas y el techo de lámina apenas se mantienen en pie. Para llegar se atraviesa varios metros. El lodo llega hasta las rodillas. Los pies se hunden en esa mezcla de arena y tierra que hace más difícil dar el paso. A veces casi imposible. Si se detiene la marcha es más fácil hundirse. Así es el camino para todas las viviendas.

Algunas, al igual que la iglesia, todavía no se pueden abrir. Deberán esperar a que la tierra seque un poco para retirarla y forzar las puertas.

La casa de Ramón Yat, de 66 años, quedó en una isla que formó la corriente. Él, junto con tres de sus ocho hijos, escarba y saca algunas pertenencias. «Todas mis cosas se quedaron enterradas», dice. Luego señala al suelo en donde hay un pedazo de lámina con un poco de maíz podrido. «Así quedó mi comida».

Ahora queda esperar. Quizá el agua deje de pasar y la tierra se seque pronto para sembrar, si es que consiguen semillas. «Ese río ahí se va a quedar», exclama Enrique Ba. «La cosa está jodida. Yo digo que podremos sembrar en unos seis meses en lo que se seca la tierra».

El calor sofoca en Río Zarco Jones. El agua abunda porque tienen una correntada que atraviesa la comunidad, pero va llena de tierra y arena. Es café. Imposible beber. «Estamos aguantando hambre y sed», dice Enrique. El calor incrementa la desesperación.

Las mujeres están sentadas en lo que fue el camino de la comunidad. Están bajo la sombra de los pocos platanales que quedaron en pie. Pero una de ellas, Albina Tiul, de 27 años y con cuatro hijos, descansa en una hamaca en la casa de su cuñado, inundada hasta la mitad de arena y lodo. En la suya todavía no se puede entrar. Tiene a una niña en brazos, es su hija Lesbia Magdalí. Afuera hay varios niños que corren descalzos y tosen. Algunos, dicen, ya empezaron con dolor de estómago, cabeza y llagas en los pies.

Miguel Pop reitera que en Río Zarco Jones tienen muchas necesidades. Apenas cuentan con dos sacos de maíz para toda la comunidad. Tiene la certeza que eso no es normal. No es justo. «Somos seres humanos, pero ni así nos han hecho caso. Nos sentimos mal y nos quedamos muy tristes», comenta Miguel.

Cuando le pregunto si algún día, cuando la tierra sea de ellos le cambiarán el nombre a la comunidad para que no lleve el nombre de su antiguo dueño, me dice que tal vez sí. «Quizá desde ahora se llame Río Zarco Eta», afirma sonriendo. Los hombres y las mujeres que nos rodean y escuchan la conversación también ríen.

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En «La Isla» la tormenta se suma al problema de la tierra

La Isla es una comunidad muy cerca de la cabecera de Panzós. Para llegar, se debe atravesar en ferry el río Polochic. El 12 de noviembre, luego de una semana de estar en el albergue que se instaló en el salón municipal, las diez familias que viven ahí regresaron a sus casas.

«Cuando se creció el río nos asustamos. Ya mero me daba el nervio», afirma Lorenzo Yat, de 41 años. Él tiene 6 hijos. Fue uno de los diez hombres que se quedó en la comunidad inundada para cuidar las cosas que rescataron. Todos durmieron en los cayucos.

Las viviendas quedaron en pie, pero el río, que creció desde el jueves, destruyó las siembras de maíz, arroz, frijol y chile y se llevó pollos, gallinas, patos y cerdos. Antes de huir en cayucos hacia Panzós, los habitantes de La Isla lograron subir algunos sacos de maíz, utensilios y ropa a vigas muy cerca del techo. Así lograron salvar algunas cosas.

Viven ahí desde hace 22 años. Son 53 manzanas que el antiguo finquero, Aníbal Monzón, les ofreció vender por 300 mil quetzales. No hay energía eléctrica ni agua potable. Víctor Ikal, uno de los líderes de la comunidad, cuenta que cuando eran colonos les pagaban 12 quetzales la jornada y cuando los despidieron no les dieron su tiempo. Él empezó a trabajar en la finca con 12 años.

Comprar esa parte del terreno les pareció una buena opción porque no tenían otro lugar para vivir y trabajar. Pagaron 20 mil quetzales y cuando el nuevo dueño de la finca cambió de planes y anuló el acuerdo de venta, les devolvió solo 10 mil quetzales. El resto se los cobró como alquiler por el tiempo que trabajaron la tierra.

Pero decidieron quedarse en el lugar y el conflicto continuó con el ingenio Chabil Utzaj. Ahora disputan la propiedad de la tierra. Dos veces fueron desalojados. Ambas, durante el gobierno de Álvaro Colom, en 2008 y 2011. Entonces lo perdieron todo, ahora también.

«¿Qué le vamos a dar a nuestros hijos?», se pregunta Ramiro Tiul, de 32 años. Habla junto a su esposa. Tienen siete hijos. El río se llevó 30 de sus sacos de maíz. Ahora solo tienen diez. Piensa cómo distribuirlos para la venta y el consumo de su familia. «Es lo más triste, no tenemos nada más», afirma.

Muy cerca de ahí vive doña Candelaria Quin de Caal. Ella tiene 64 años. Estuvo una semana en el albergue que se instaló en el Salón Municipal de Panzós. Durmió en el suelo todos esos días porque no había colchonetas. En su casa tampoco hay.

No era lo único que hacía falta en el albergue, el más cercano a la Municipalidad de Panzós. Ahí no se guardaba ninguna medida para prevenir el contagio del COVID19. Eran unas 145 personas. Les dieron mascarillas, pero nadie las usaba. Las familias no estaban separadas y no construyeron las carpas que recomendó la Coprecovid. Pobladores de al menos cuatro comunidades convivieron durante más de una semana en el mismo espacio.

Mientras Samuel, el esposo de Candelaria, se encarga de sacar el lodo del cuarto en donde duermen, ella arregla la cocina. Puso un poco de maíz para los pollos que sobrevivieron. Su familia ya tenía 30 sacos de maíz. Solo le quedaron 14. «Esto es muy triste», dice.

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«San Vicente 2» no hay nada para pagar la deuda

El camino entre La Isla a Paraná es de varios kilómetros de terracería. Un recorrido entre las columnas que forman la palma africana. Son miles de plantas alineadas que refrescan el calor sofocante del lugar. Entre ellas pasa el agua de los ríos desbordados que buscan alcanzar el Polochic.

Cerca de Paraná está la comunidad San Vicente 2. Hay un campo abierto totalmente inundado. Al centro, una estructura de block de dos pisos. Arriba se encuentra la mitad de las familias, las que se negaron a ir a uno de los albergues municipales. En total son 24 que también se quedaron sin semillas para volver a cosechar.

Sus siembras de maíz, frijol y chile están destruidas por la correntada, la que pasa sin botar ninguno de los enormes ejemplares de palma africana. También lo perdieron todo, o casi todo. Ellos tienen un crédito para pagar su tierra. Esteban Caal, de 53 años, uno de los líderes del lugar, dice que adquirieron 2 caballerías por 625 mil quetzales, a través del Fondo de Tierras. Les hace falta pagar 66 mil quetzales.

«Ya nos queda poco», dice Esteban, pero ahora está preocupado porque perdieron sus cosechas y, con ello, la posibilidad de seguir con el pago del crédito. «Queremos salir adelante», enfatiza, «pero ahora sentimos dolor porque ni siquiera sabemos en dónde vamos a buscar comida».

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El doble desalojo

En Paraná las casas están intactas, pero las cosechas no. El río Zarco, el que destruyó a Zarco Jones, también se llevó las siembras. Las 72 familias se quedaron con pocos sacos de maíz. Acá la tierra también está en disputa con el ingenio Chabil Utzaj. En marzo de 2011, durante el gobierno de Álvaro Colom fueron desalojados por el Ejército y la PNC.

«Quemaron nuestras viviendas», dice Manuel Xol. «Lo que hizo el tractor en 2011 ahora lo hizo la tormenta: destruyó nuestro maíz».

Luego del desalojo de marzo de 2011, las familias de Paraná se movieron a la orilla de la carretera. En agosto de ese año un grupo de unos 30 hombres armados los atacaron. Martín Pec y Carlos Ical sufrieron heridas de gravedad. En 2015 volvieron a ocupar la finca, en donde están ahora.

Carlos Ical, ahora de 64 años, también muestra el lugar en donde estaba su siembra. No dice nada, solo señala y hace un movimiento con su mano para explicar de dónde vino el río para llevárselo todo.

De regreso a Panzós varias personas caminan con algunos objetos y chompipes sobre la espalda y la cabeza. Las mujeres llevan recogidas sus faldas porque el agua llega hasta las rodillas. Una de ellas se para frente a nosotros y nos dice algo en q'eqchí. Luego siguen su camino. Mateo Gualná, de La Isla, nos traduce el mensaje: «Dice que necesitan mucha ayuda. Salieron de su comunidad porque saben que viene otra tormenta». 

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