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Angélica García, 39, madre de 5 hijos, mira el mar en la playa de Livingston después de haber contado la historia de violencia que carga desde cuando era una niña. Simone Dalmasso

La violencia contra las mujeres que también existe en el caribe guatemalteco

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La violencia contra las mujeres que también existe en el caribe guatemalteco

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«Habemos mujeres que ya nos defendemos, que ya denunciamos», dice Aleyda Chimilio mientras espera que otras mujeres se unan al grupo que emprenderá la marcha sobre la calle principal de Livingston hacia Quehueche, para conmemorar el Día de la no violencia contra la mujer.

Aleyda se cubre del sol con sombrero y gafas negras y está atenta a su hijo, que la acompaña. No sonríe y habla bajo, dice que la violencia no solo sucede aquí, también en otros países.

Ella pertenece a la Asociación Afroamérica XXI que agrupa a mujeres garífunas y que, como otros años, organiza la marcha en Livingston. Ha trabajado como facilitadora en un programa llamado Procuradurías Móviles, capacitando a niñas y niños entre 6 y 12 años.

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También conoce de cerca la violencia, es sobreviviente de violencia psicológica y económica.

Aleyda nació en el Barrio Nevagó, uno de los 24 barrios que componen el Sector I en la cabecera municipal de Livingston. «Ahora tengo amor propio, disfruto mi vida», menciona. Su expareja la abandonó cuando estaba aún embarazada y meses después extrajo los enseres domésticos de la casa común para instalarse con una nueva pareja. «No me pegó, pero las palabras son más fuertes», recuerda, «me insultó y me dijo de todo».

Junto a otras mujeres y niños, Aleyda infla globos y espera a que otras se unan. El grupo discute si deben caminar hasta Quehueche, el lugar donde tienen previsto un encuentro para reflexionar sobre la violencia que han sufrido.

Mientras Giselle Flores, una de las organizadoras, ata globos naranja a los postes cercanos, en la cancha de basquetbol frente a ellas, un grupo de mujeres jóvenes se prepara para ensayar la danza que presentarán en los festejos del Día Nacional del Pueblo Garífuna. Entre ellas reparten camisetas blancas y naranjas que tienen impresas en la espalda el mensaje «Juntas venceremos la violencia».

Deciden que caminarán a la sede de la municipalidad y a la agencia fiscal del Ministerio Público y que luego seguirán en tuc tuc. El plan era hacer todo el recorrido caminando, pero han venido pocas mujeres.

En el grupo se encuentra Mereja Ramírez y su hija Elizabeth, de seis años.  Ayer, Mereja no pudo llevar a su hija a la playa, se lo cumplirá hoy. Después de la marcha, la niña podrá meterse al mar. Llevan el traje de baño en una mochila de colores que Mereja carga en la espalda. Ella pertenece al Comité de mujeres lancheras de Livingston y dice que es importante que otras mujeres las vean caminar para saber que tienen a quién y a dónde acudir si sufren violencia.

«Hay muchas mujeres que tal vez se sienten solas o tienen miedo y nosotras estamos aquí para demostrarles que no están solas y nosotras también las apoyamos, que pueden salir adelante como nosotras lo hemos hecho», dice Mereja mientras juega con el cordón del que cuelga el silbato blanco que hará sonar en el trayecto.

El grupo de mujeres camina hacia la municipalidad de Livingston. La población de este municipio de Izabal, está compuesta por 40,801 mujeres y 40,503 hombres, según las estimaciones y proyecciones de la población a nivel municipal del Instituto Nacional de Estadística, INE.

Las mujeres y niños del grupo se toman fotos frente a un mural de tela y papel adornado con flores y mariposas que han colocado en la pared exterior del Palacio Municipal de Livingston y gritan «no más violencia contra la mujer». Nadie sale.

La marcha continúa por una pequeña cuesta sobre la calle principal, que comunica al muelle, el único punto de conexión con Puerto Barrios. Más arriba la calle se conecta con otra que llaman «calle centro», sobre la que se encuentra la agencia fiscal del Ministerio Público (MP). El grupo se detiene frente a otro mural alusivo al 25 de noviembre que han colocado en la pared.

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Los delitos contra la mujer y la niñez son los más denunciados en Guatemala según el Observatorio de la Mujer del MP. En Livingston, según el portal estadístico del Observatorio, de cada 10 denuncias de agresión sexual 9 fueron hacia una mujer. No aparecen registros del origen étnico de las víctimas ni de los agresores.

Gloria Núñez de Silva explica que aún existen casos no resueltos de violencia contra la mujer en Livingston. El grupo se toma fotos frente al mural. Del MP salen a tomarles fotografías y posan con ellas. Gloria pregunta por el caso de la activista Octavila Sánchez Vásquez, asesinada en 2021.

La auxiliar fiscal Fernanda Carranza Linares dice que el caso fue trasladado a la fiscalía municipal de Río Dulce, «nosotros podríamos hacer el favor de comunicarnos con la Fiscalía», les indica. Pone énfasis en la palabra «favor». Les ha dicho que en la agencia no se ocupan de delitos graves, como el asesinato de Octavila.

Aleyda continúa en el grupo, en silencio. Una de sus tías fue asesinada por su pareja en 2002. El asesino fue encarcelado, a diferencia del caso de Octavila.

Gloria le comenta a la auxiliar fiscal que, aunque han incomodado a los hombres, continuarán enviándoles casos de pensión alimenticia. La auxiliar fiscal responde que es una obligación de ambos padres. El grupo se despide y las mujeres empiezan a buscar tuc tucs para seguir hasta la playa.

Unos kilómetros más adelante cruzan el puente que une la cabecera municipal con la aldea Quehueche Siete Altares y caminan hacia el restaurante Salvador Gaviota.

Mereja hace el trayecto cargando bolsas de agua para el grupo, la sigue de cerca Elizabeth tomando un jugo. Cuando termina de beberlo, tira la basura a la arena.

Mereja la riñe: «no vas a ser de esa parte de la comunidad que ensucia la playa», le dice. Elizabeth se queja por tener que volver y recoger el empaque vacío, pero lo hace. Unos pasos adelante le pide a su mamá que le tome una foto.

Al llegar a Salvador Gaviota el grupo de aproximadamente quince mujeres se organiza en círculo. Las niñas y los niños que las acompañan van a jugar a la playa mientras ellas se sientan a reflexionar.

«Aunque aparentemos estar libres de violencia, la hemos experimentado», les dice Gloria. Luego de presentarse, las mujeres toman turnos y empiezan a contar sus experiencias.

Angélica García está sentada al lado de Gloria y cuando esta la invita a hablar, se echa a llorar. Gloria la anima: «grita si lo necesitas», le dice. Un niño de siete años vestido con camiseta azul y cargando una mochila gastada con una imagen del Hombre Araña, se acerca a ella y la abraza.

«He vivido muchas cosas y no quiero recordar», dice Angélica llorando. Mereja le da agua, Angélica bebe, manda al niño a jugar a la playa y empieza a contar.

Angélica fue una niña maltratada a quien su madre golpeaba desde muy pequeña. Ella cree que el maltrato que su madre recibió de su padre provocó que la maltratara a ella y a sus hermanos.

«Me habría quedado si ella me hubiese tratado bien», dice Angélica recordando los golpes con lazo y machete y cómo debió dormir muchas veces en el suelo de la casa de una vecina e incluso en el baño, porque su madre la echaba. Tenía 18 años cuando se fue a vivir con un hombre 27 años mayor que ella.

«Me fui huyendo por mi madre», recuerda Angélica. «A muchas de ustedes su madre les dice que las quiere, yo siento que a mí ella no me quiere».

Angélica buscaba amor y estabilidad. Había tenido que dormir incluso en la calle, donde una vez intentaron abusar de ella. También había empezado a consumir cocaína y marihuana. Tenía 17 años cuando conoció a su pareja, un año después empezaron a vivir juntos.

Pero Angélica no encontró la estabilidad y el amor que buscaba. El hombre con el que fue a vivir la maltrató y abandonó. «Mi hijo tiene 18 años y lo crié sola», cuenta. Angélica ha tenido otras parejas y ha sufrido múltiples violencias.

Como todos los días, hoy se dirigía a la playa de Quehueche donde junto a otras cinco mujeres se dedica a trenzar el pelo. Cobra por cada trenza que hace y vive de eso. La acompaña su hijo menor, el niño de la camiseta azul y la mochila del Hombre Araña.

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La diferencia la hizo que hoy se encontró a Gloria cuando se dirigía al encuentro y esta la invitó a reunirse con ellas. Poco antes, Angélica se había lastimado un pie con un vidrio roto y aunque debía hacer otros «mandados», decidió aceptar la invitación y contar su historia.

Tiene cinco hijos, entre ellos una chica de 17 años a la que alguna vez le ha notado el ojo morado. Angélica cree que también es víctima de violencia intrafamiliar.

«A los 15 le pasó la misma cosa de mí», dice Angélica, refiriéndose a que su hija tuvo su primer embarazo a esa edad. No sabe cómo puede ayudarle, porque cree que está asustada y no le cuenta nada. Pero ella ha visto los moretes y sabe que algo está mal. En Izabal, a la fecha, el Observatorio de Salud Sexual y Reproductiva, Osar, reporta un total de 1,748 embarazos en niñas y adolescentes entre 12 y 19 años.

«Qué pasa cuando tu hijo de once años te dice ¿qué vamos a comer? y no hay nada», comenta una de las mujeres en el círculo de reflexión.

Quienes han rodeado a Angélica para escucharla también han contado la violencia que han sufrido, algunas han sido abandonadas por su pareja, otras sufren violencia económica, psicológica o física. La mayoría la han experimentado en más de una forma.

 Mereja le ha dicho a Angélica que es una mujer fuerte y que hablar ya ha sido un primer paso para salir adelante. La Asociación le ayudará con terapia y apoyo legal, que es uno de los ejes que ya trabajan con la población garífuna de Livingston.

Angélica piensa que tal vez algo puede mejorar para ella después de esta reunión. Dice que se ha propuesto que sus hijos no vivan lo que ella ha tenido que vivir. Quizá algún día vuelva a tener pareja, dice, pero tendrá que ser alguien que la comprenda y sepa valorar a ella y a sus hijos: «es por este que yo tengo aquí (su hijo pequeño), por el que tengo que luchar», añade.

«Escuchamos a las mujeres y les damos orientación», dice Gloria, sobre el programa «Mi hombro para tu cabeza» desde el que apoyarán a Angélica.

No existe organización estatal que le dé este apoyo a Angélica en Livingston, lo hacen otras mujeres desde lo privado y las organizaciones sociales. En el presupuesto 2023, considerado el más grande de la historia, el listado de organizaciones de Centros de Apoyo Integral para Mujeres Sobrevivientes de Violencia fueron excluidos. El convenio para la entrega de los fondos aprobados en el presupuesto 2022 aún no han sido firmado por el Ministro de Gobernación según reportó el medio Quorum:

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Fuera del salón, los niños han tomado los globos naranjas y juegan a perseguirse mientras el pequeño muelle de madera se llena de turistas que se toman fotografías frente al mar.

«Los hombres tenemos mucho por qué pedir perdón a las mujeres», dice el psicólogo Manuel Esaú Flores que participa en la última parte del encuentro de mujeres de la Asociación Afroamérica XXI. Ha hablado con las mujeres de mansplaining y de otras formas en que se ejerce la violencia. Estas conductas, les dice «a ustedes les hace mucho daño y a nosotros tampoco nos hacen más felices».



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Este reportaje fue realizado con el apoyo de la International Women’s Media Foundation (IWMF) como parte de su iniciativa ¡Exprésate! en América Latina.


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