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Mujeres combatientes de las FAR en una foto del 1989. Colección Fotográfica Museo de Nuevo Horizonte

La regla en esta comunidad de excombatientes: sin mayoría masculina en los cargos

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La regla en esta comunidad de excombatientes: sin mayoría masculina en los cargos

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Nuevo Horizonte es una cooperativa de Petén fundada en su mayoría por ex guerrilleros. Dentro de la comunidad se respiran ciertos aires de libertad. Tienen proyectos autosostenibles y se puede caminar tranquilamente, sin sufrir acoso. Comunidades y cooperativas cercanas les preguntan ¿cómo han hecho para salir adelante?

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Hacía frío en Guatemala a finales de 1996. Las armas se entregaron y se firmaron los Acuerdos de Paz. Para algunos guerrilleros simbolizó el fin de un sueño de libertad y transformación, otros se propusieron demostrar que sus ideales seguían vivos.

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«Traíamos una organización y un objetivo, queríamos demostrar que no éramos delincuentes y que sí sabíamos trabajar», dice Patrona Santos de 64 años de edad. Ella prefiere ser llamada con su nombre de combate: Beatriz. 

Nuevo Horizonte es una comunidad ubicada en el municipio de Santa Ana, Petén, a más de cuatrocientos kilómetros de la capital. A través del cooperativismo realizan varios proyectos autosostenibles, como ganadería, ruta turística y ecológica, piscicultura, vivero y reforestación.

Son aproximadamente 130 familias de desmovilizados de los frentes del norte. La mayoría ex combatientes de las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) y algunos del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP).

Algunos, de origen ladino, vivieron el proceso de colonización en Petén. Otros provienen de pueblos originarios de la costa sur y oriente del país. Unos cuantos son del altiplano y fueron desplazados hacia México, de donde volvieron al firmar la paz.

«Mis papás vivían en una cooperativa por el río Usumacinta. En 1982 hubo una masacre en mi comunidad. Tuvimos que salir por varios años a México. Regresamos en 1989. Es así como empieza mi participación dentro de la guerrilla», cuenta Maritza Hernández, actual vicepresidenta de la junta directiva de Nuevo Horizonte.

No todos sabían cómo funcionaba una cooperativa, pero la idea de ser solidarios la habían aprendido en la guerrilla y la pusieron en marcha para formar su comunidad.

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Un nuevo horizonte: la llegada  

Los Acuerdos de Paz parecían esperanzadores, pero los excombatientes pronto notaron que solo estaban escritos en papel. «Nos llevaron a un albergue en malas condiciones. Los compañeros empezaron a buscar dónde nos íbamos a ubicar. Solo nos quedó venir a Horizonte, un potrero dedicado a la ganadería, de tierra seca y árida con una sola casa patronal», cuenta Hernández.

No habían espacios para habitar, tampoco comida y los insumos escaseaban. Se repartieron tareas como acarrear agua, construir viviendas y zanjear. Debieron construir la comunidad desde cero.

Estando en el lugar, se enteraron de que habían adquirido una deuda. No era cierto que el gobierno les daría todo. Debían 3.3 millones de quetzales por la finca.

El gobierno dió a cada desmovilizado 10,000 quetzales como compensador social, pero descontaron 7,000 para hacer el primer abono de la tierra. Menos 300 de gastos administrativos, cada uno recibió 2,700. Fue el único aporte de dinero que recibieron. «Con eso teníamos que ir a buscar a nuestras familias perdidas y sobrevivir. Esa fue otra decepción», dice Hernández. Es el único aporte que recibieron desde entonces.

Un informe del Consejo Nacional para el Cumplimiento de los Acuerdos de Paz (CENAP) indica que el Estado no mostró «suficiente voluntad política ni capacidad para cumplir con los compromisos de los Acuerdos de Paz ni garantizar los derechos de las víctimas y los sobrevivientes del conflicto armado».

Los títulos de propiedad querían dárselos sólo a los hombres. Fue otra lucha que debieron librar.

Tenían 2 años de plazo para pagar la deuda y al no cumplirlo, sufrieron amenazas del banco para desalojar. «Durante 5 ó 6 años trabajamos todo el mes, desde el primer día hasta el último para poder levantar Horizonte», cuenta Hernandez.

Iniciaron proyectos con ayuda técnica. Uno de los más rentables fue la siembra de 145 hectáreas de pino, desarrollado  principalmente por mujeres. Intentaron sembrar rosa de Jamaica, pero no funcionó. Hicieron ganadería y piscicultura. Después crearon el proyecto de turismo comunitario. Los emprendimientos se perfilaron como autosostenibles y han dado resultado. Nuevo Horizonte se ha convertido en un ejemplo para las comunidades cercanas.

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Mujeres en puestos de decisión

En los puestos donde se toman decisiones siempre ha habido mujeres. En la junta directiva actual hay tres, más dos hombres. También han tenido mujeres en la presidencia y en el Consejo Comunitario de Desarrollo (COCODE).  La participación en cada uno se ha equilibrado a través de una regla general aprobada por consenso: no puede existir mayoría masculina.

Hay mujeres involucradas en otras actividades. Un grupo de 23 de ellas tiene un proyecto de tienda. Llevan 18 años trabajando organizadas. Existen también programas relacionados al cuidado: control de población diabética y casa materna.

«¡Esto se cuenta así nomás!» dice Beatriz,  haciendo un ademán con el brazo. «Ha sido un largo y difícil camino para construir todo esto que ven».

Mujeres dejando huella es otro grupo con 19 años trabajando el tema de relaciones de género, empoderamiento de las mujeres y participación política, pero también proyectos productivos.

«Nos ha caracterizado el trabajo comunitario», cuenta Sandra Morales. Hoy comparten su formación en el tema y la experiencia desde el cooperativismo a más de 50 comunidades de Petén.

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La lucha por sobrevivir

Hernández tenía 5 años cuando su comunidad fue masacrada. «No fue algo que hubiéramos querido o hayamos provocado. El Estado quería exterminar a los campesinos para poder vender las tierras. En ese tiempo muchos extranjeros se adueñaron de ellas», dice.

Según el Informe de recuperación de la memoria histórica en Guatemala (REMHI), muchos sobrevivientes aún se preguntan por su propia responsabilidad para tratar de entender lo que vivieron.

«Yo estaba recibiendo clases de enfermería. Era 17 de junio de 1981, cuando a mí y a otra compañera nos secuestraron los soldados por varias horas. Ese día atacaron también otra comunidad y mataron a uno de mis compañeros», recuerda con tristeza Videlia Sandoval.

«Fue difícil porque ya no encontré a mi familia, pero supe que habían tenido tiempo de salir. Luego nos fuimos a México en un cayuquito y empezó la lucha por sobrevivir. Un tiempo nos dieron apoyo pero tuvimos que regresar a Guatemala», añade.

El REMHI menciona que ante la crisis y el riesgo, muchas personas y comunidades tomaron la decisión de huir, protegerse o apoyarse mutuamente.

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«Supimos que nosotras también teníamos derechos por qué luchar. No queríamos enfrentarnos pero no nos íbamos a dejar tocar. Tomamos las armas y nos fuimos al bosque. Nosotras las mujeres ya teníamos un fin y más claridad del por qué estábamos ahí, principalmente por librar la vida y defender nuestros derechos», dice Beatriz.

Como ella, otras mujeres se unieron a la guerrilla. Realizaron tareas iguales a las de los hombres y de la misma manera, las cosas tampoco les fueron fáciles.

La capitana María

Según Marlon García, historiador y director del museo de Nuevo Horizonte, el rol que desempeñaron al inicio las mujeres en la guerrilla fue relacionado a alimentación, creando áreas de cultivo clandestinas o en transporte de alimentos.

También explica que cuando una mujer llegaba al grupo, todos trataban de enamorarla. Pero se le instruyó que el respeto a las mujeres era fundamental. No se podía molestarlas y el acoso era sancionado. Dentro del movimiento guerrillero el fusilamiento era la pena máxima por traición. Otras sanciones eran constructivas, como cocinar para todos durante un mes, enseñar a leer o dar charlas políticas.

En el campo de batalla a las mujeres se les consideró compañeras. Desempeñaron roles en comunicaciones y logística, fueron combatientes, radistas, enfermeras, explosivistas. Participaron en varios espacios.

«Aprendimos que también podíamos. Hubo mujeres buenas que fueron jefes y dirigieron columnas de hombres y otras que fueron buenas para ripear. También buenas enfermeras», cuenta Beatriz.

«En nuestro frente, la capitana María, experta en comunicaciones, llegó a la dirección nacional de las FAR. Ella luchó por la educación y porque a la mujer se le reconociera su capacidad política.  Visibilizó que fueron protagonistas en espacios donde se tomaban decisiones y no solo desde donde se obedecía» dice Eusebio Figueroa, más conocido como Rony, actual presidente y representante legal de la cooperativa.

La capitana María era de la ciudad de Guatemala. Impresionada por la cantidad de jóvenes en la guerrilla de Petén, trató de darles una cobertura especial. Organizó grupos de alfabetización y preparó a quienes se encargarían de las comunicaciones, pues fue ella quien desarrolló sistemas propios de comunicación radial.

Antes de morir pidió que sus restos permanecieran cerca. Sus cenizas fueron depositadas junto a  las raíces de una ceiba que se encuentra en el centro de la comunidad. Es un referente importante, especialmente para las mujeres.

Dificultades compartidas que provocaron cambios

Las mujeres vivieron dificultades particulares para enfrentarse a la vida guerrillera, como la falta de toallas sanitarias o de privacidad para el aseo.

«Había compañeros que se quitaban las playeras para hacer pañuelitos. Eso hacía que una se sintiera acogida y apreciada. No se sorprendían de que uno estuviera toda manchada», dice Hernández

Lo que vivían hizo a los hombres ir cambiando. Se creaba compañerismo y solidaridad. «Si podés con un fusil yo también puedo, decían las mujeres; si podes con unas libras de maíz, yo también puedo decían los hombres», cuenta Beatriz

La organización para la cocina era rotativa, todos participaban por igual. Había consideraciones en cuanto a fuerza física «pero en sentimientos y derechos somos iguales» añade.

«Comprender las capacidades o necesidades de diferentes personas hace entender que debe haber solidaridad», explica Guillermo Figueroa, uno de los fundadores.

Hace 23 años se establecieron en Nuevo Horizonte y han logrado superar su entorno viviendo en organización y cooperación. Figueroa dice que les ha ayudado su ideología marxista leninista porque requiere disciplina, organización y compañerismo.

Según Guillermo, para los hombres en la guerrilla fue difícil asimilar la coyuntura, pues muchas veces chocaba con la educación machista que recibieron. Llegar al movimiento les hizo cambiar algunos pensamientos.

García explica que el machismo no desaparece del todo. «Muchos valores conservadores persisten. Todavía habrá algún religioso que conciba la idea de virginidad o del trabajo de protección y cuidado que también se les ha delegado históricamente a las mujeres», dice.

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Cuenta que en algunas ocasiones en las guerrillas hubo burlas hacia los hombres que hacían tareas de cuidado. Surgió la elección entre dos posibilidades: ser parte del grupo de hombres fornidos y robustos que bajaban en helicóptero con ametralladoras grandes, o bien preferir cuidar a 20 niños. Estas tareas de cuidado podrían invisibilizarse pero generaban respeto.

Las relaciones de género después del conflicto armado

En el artículo «¿Guerrilla unisex? Ser mujer u hombre en el conflicto guatemalteco a partir de testimonios de combatientes» Nathalie Narváez, analiza los posibles cambios en las relaciones de género en la sociedad guatemalteca durante y después del conflicto.

Al igual que en el artículo de Narváez, las mujeres de Nuevo Horizonte cuentan que en la selva, la brecha de género se redujo, aunque no desapareció. A hombres y mujeres la vida en la guerrilla les dejó experiencias y aprendizajes que influyen su cotidianeidad.

«Ahí empezó la equidad de género cuando nos mandaban a hacer tareas juntos sin ver si eran hombres o mujeres. Todo era parejo porque compartimos la misma convicción: la lucha por la desigualdad. Aquí no va a escuchar de una madre a su hijo “mijo no agarres la escoba, no barrás porque vos no sos mujer. Eso lo tienen que hacer tus hermanas” o “no lavés los trastes” eso no existe aquí», dice Miguel Guzmán, ex combatiente del EGP.

Los principios y normas que guiaban la lucha eran contra la desigualdad, la opresión y discriminación. “venía uno a someterse a una disciplina diferente. Al tomar la decisión de entrar en la guerrilla se dejaban prácticas que nos enseñaron en casa y empezaba la formación. Aparte de que hacíamos la guerra, se hacían escuelas y se enseñaban principios que poníamos en práctica», añade Guzmán

Según Guillermo Figueroa aunque no se hayan podido lograr los cambios y transformaciones que se buscaban para el Estado, en Nuevo Horizonte se han propuesto generarlos.

«Mucha gente viene a conocer nuestra experiencia y por qué hemos salido adelante en comparación con otras comunidades. Lo único que nos diferencia es que somos un colectivo. En otras comunidades se piensa en individual. Nosotros: niños, jóvenes, mujeres y hombres nos propusimos sacar adelante al colectivo con base en la responsabilidad», añade.

Con disciplina política y militar, los habitantes de Nuevo Horizonte modificaron y adaptaron sus roles a las necesidades. Hoy se hace más difícil de mantener, pues actualmente ya no se encuentran bajo esa lógica de obediencia.

Algún aprendizaje queda en algunos veteranos, aunque los roles de género siguen entendiéndose de manera tradicional, con algunas concesiones que siguen considerando ayuda.

«Mi pareja me ha ayudado. Yo trabajo, él cuida a los niños y ayuda en las tareas de casa. Otros hombres también lavan su ropa porque están acostumbrados. En ese tiempo cada quien lavaba lo suyo, algunos todavía conservan eso», dice Hernández y agrega «nos ha costado un poquito, con las nuevas generaciones».

Jazmín Contreras tiene 23 años, la misma edad de la cooperativa. Ella se autonombra feminista. Cuenta que en Nuevo Horizonte hay muchos proyectos donde las mujeres se pueden involucrar,  desde teatro o espacios de concientización sobre la importancia de la participación de las mujeres.

Dentro de la comunidad no están libres de machismo, pero las expresiones no son tan frecuentes como afuera. Jazmín nota que al salir de la cooperativa, por ejemplo, es común ser acosada. Ella lo considera una gran falta de respeto. En Nuevo Horizonte no pasa, se puede caminar tranquilamente incluso de madrugada.

Según Mujeres dejando huella, en 2020 hubo 5 denuncias presentadas por mujeres, 3 de violencia económica y psicológica y 2 por violencia contra la mujer. La organización indica  que antes no se había denunciado, no porque no sucediera sino porque las mujeres no lo habían visibilizado.

Según un informe del Centro de apoyo integral para mujeres sobrevivientes de violencia (CAIMUS) y Asociación de mujeres Ixqik, en Petén desde enero a noviembre de 2020 el Ministerio Público (MP)  registró 1,959 denuncias de mujeres víctimas de violencia.

Al preguntar a los vecinos de Nuevo Horizonte si el cooperativismo y la relación solidaria entre hombres y mujeres ha hecho prosperar la comunidad, la mayoría responde que sí. Pero también dicen que ha sido el sentido de unión y familiaridad que aún conservan. 

«Toda esa experiencia de vida y lucha ha permitido que podamos tener varios contrapoderes en el aspecto político» dice el presidente de la cooperativa.

Trabajar en temas de alimentación, educación popular, diversificación de cultivos y el sentido de propiedad colectiva en lugar de privada ha permitido otras condiciones dentro de Nuevo Horizonte. «Nosotros hacemos una resistencia y un modelo de organización distinto», concluye. 

Uno de los retos que enfrenta la comunidad es la adaptación de los jóvenes. El fenómeno de consumo externo pasa cada día frente a ellos en la carretera que lleva a Ciudad de Flores y, según García, les preocupa.

Nuevo Horizonte continúa siendo un ejemplo para las comunidades vecinas. Han conseguido la sustentabilidad a través de la autogestión, el respeto y participación de sus integrantes. La solidaridad y la cooperación han permitido hasta ahora el bienestar comunitario.

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