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María José no quiere ser fotografiada, «no estoy peinada» dice entre risas. Vende ropa y zapatos usados en uno de los ingresos a la Colonia Manuel Colom Argueta. Perdió su trabajo, eso no le impidió encontrar otras formas de seguir generando ingresos.

Sobrevivir a una ciudad y una pandemia desde el basurero de la zona 3

«La gente piensa que al sacar la basura de su casa acaba todo, no tienen una relación con los recogedores»
«Cuando yo era recogedor gritábamos ‘¡la basura!’ en vez de gritar vengo por la basura. Te empezás a considerar, aunque no lo digás, como basura».
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Sobrevivir a una ciudad y una pandemia desde el basurero de la zona 3

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«Me gustaría llamarle ciudad de la esperanza», responde Rodolfo Hernández, líder en la comunidad del basurero de la zona 3, a la pregunta sobre el espacio que habita. Un lugar donde la lucha por sobrevivir la enfrentan todos los días, con mayor éxito si lo hacen en unidad. El COVID19 no es la excepción.

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Rodolfo «Fito» Hernández ha vivido siempre en la comunidad del relleno sanitario de la zona 3. Ahí nació. Su historia es también la historia de la ciudad capital. Pobreza, violencia, pandillas, prejuicios, falta de oportunidades, y, entre todo eso, la voluntad de sobrevivir. Hernández es secretario de la asociación de vecinos del Anexo «Manuel Colom Argueta», localizado frente al relleno sanitario de la zona 3 desde hace una década.

Como si hiciera falta, ahora tienen una nueva amenaza: el coronavirus. Hacen frente como lo han hecho siempre: sin apoyo del Estado, actuando a veces individualmente, otras en comunidad. Y aunque la muerte no les es extraña, quieren vivir. Acá un pedazo de su historia.

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Crecer en el relleno sanitario

Fito Hernández nació en 1977. Sus brazos están cubiertos por tatuajes y sus manos por cicatrices. Sus ojos rasgados, además de la mascarilla, no dejan ver muchas emociones, pero se cierran más cuando sonríe. Conversa despacio, tranquilo. Siempre tiene una respuesta que acompaña con una anécdota de vida.

La historia de su familia es una historia de migración. «Mi mamá no estudió, era de oriente. Llegó a la capital con la intención de hacer varas (dinero), de cumplir un sueño, como muchos migrantes viajan a Estados Unidos. Trabajó primero como sirvienta en casas de zona 14 y 15, pero después terminó en la parte más pobre de la ciudad», cuenta.

Pero cuando quedó embarazada, la sacaron del trabajo y terminó en una tortillería «aquí cerca, donde conoció a mi papá, un albañil de Jutiapa que trabajaba en la reconstrucción después del terremoto», narra.

Su familia no planificó trabajar en el relleno. «Al principio sólo venían a recoger leña, pues todo esto es un zanjón. Pero alguien le dijo a mamá que en la tortillería no ganaba bien y la invitó a reciclar». No sólo decidieron trabajar, sino también vivir en el lugar, cuando construyeron una champa en un terreno del Estado.

«En el área hay 22 comunidades», cuenta Hernández, describiendo todas las áreas aledañas al basurero. Según sus cálculos, hay aproximadamente 30,000 personas viviendo en el área. En el anexo viven aproximadamente 2,000 personas, «pues son 320 casas, y cada casa aloja aproximadamente 5 o 6 personas», calcula.

El anexo tiene una asociación de vecinos, pero también forman parte de un Comité Único de Barrio. Estos espacios, además del acompañamiento de organizaciones sin fines de lucro, les han permitido tener caminos, calles pavimentadas y agua potable. «Casi no llega, pero hay agua», bromean.

El reciclaje es parte de los recuerdos más remotos de Hernández. Su papá comerciaba cartón, un negocio que siempre fue mal pagado. Por eso debían juntar hasta 50 maletas del material y, para que no se las robaran, pasaban la noche dentro del basurero. «No me gustaba porque decían que espantaban», cuenta, pero además porque «cuando llueve, el agua queda más arriba de los tobillos. Podes caminar, pero tus pies se hunden, porque es basura».

Aunque su madre les exigió ir a la escuela, sólo llegó a sexto primaria, luego empezó a ganar el dinero que su padre alcohólico no aportaba. «Iba en la tarde, salía a las cinco, y de ahí directo al basurero a ayudar a mi mamá. Regresábamos a casa a eso de las 10 de la noche, y en la mañana a hacer tareas. Era difícil».

A donde fueran, siempre iba con ellos el olor a basura. «Aunque mi mamá me mandaba todos los días con ropa limpia, el olor a la basura era más fuerte, siempre estaba impregnado».

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Estas experiencias van generando una identidad asociada por la basura, dice. «La gente piensa que al sacar la basura de su casa acaba todo, no tienen una relación con los recogedores. Cuando yo era recogedor gritábamos ‘¡la basura!’ en vez de gritar vengo por la basura. Inconscientemente te va marcando… Te empezás a considerar, aunque no lo digás, como basura».

«Aunque sabés que hay otro mundo, no lo conocés», nos dice. Su único escape era «ir a los Capitol, juntabas unas 20 o 30 varas (quetzales) y te ibas a las maquinitas», y su sueño «manejar un camión recolector, porque son los que tienen las mejores patojas», bromea. Para el niño del relleno «no había un sueño fuera del entorno», recuerda.

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Espejo de la sociedad: los cuerpos en bolsas negras y la noche del 16 de octubre de 1996

La situación de pobreza y exclusión camina al lado de las violencias, según nos explica Hernández. Violencias que no están separadas, pues una genera otra, piensa. El alcoholismo de su padre fue una de esas historias. «Cuando llegaba borracho, todo aferrado, iba a pegarle a mi mamá. Y uno se va marcando, piensa que todas las cosas se solucionan a golpes. Esa violencia que tenés adentro, se multiplica».

También la violencia histórica. En los tiempos en que «aún estaba la guerrilla, vimos con mi papá cinco bolsas negras tiradas. Mi papá la rompe, abre, y ¡ras!, un cuerpo. Uno desde pequeño empieza a ver muertos. No sé, ¿eran universitarios? Eso te va marcando».   

Con la adolescencia empezó la etapa «más difícil» de su vida, cuando se incorporó a una pandilla Fue por protección, explica. «Decíamos: ‘si alguien te va a dar para tus dulces (una amenaza), sólo silbas, todos nos venimos y te vamos a ayudar’. Así nació la primera clica aquí en el área del basurero», expresa, sin orgullo, pero tampoco con pena.   

Aunque en la pandilla observó muchas muertes, fue una experiencia más fortuita, pero devastadora, la que le hizo empezar a reflexionar: la muerte de sus dos hermanos en aquel infame juego entre Guatemala y Costa Rica del 16 de octubre de 1996, cuando 84 personas fallecieron en las gradas del estadio Doroteo Guamuche Flores.

Por la tarde de ese día, Hernández vio a sus hermanos camino al estadio, pero por falta de recursos decidió quedarse en casa y verlo por la televisión. «En eso empezaron a caer las noticias. Primero que habían tirado una bomba. Yo empecé a sentir una onda bien pesada, y mi mamá empezó a llorar. Me dijo: ‘anda a ver a tus hermanos’». 

Se dirigía hacia al estadio cuando un amigo lo interceptó. «Me dice: ‘tus hermanos se murieron’. Yo, que siempre andaba con la pistola, se la puse en la cara y le dije ‘nel, así no bromees conmigo’. No, me dijo, anda a ver», cuenta. «Tuve que ir al estadio, no encontré nada ahí, me fui al hospital y nada. Yo creo que fue la primera vez que me acordé de Dios. Pedía que sólo uno estuviera ahí», expresa.

«Cuando llegué a la morgue, empecé a ver mara bien tora. En eso encuentro los dos cuerpos, bien flaquitos, de mis hermanos. Tenían 13, y 16». Aunque sus ojos se enternecen, nos dice que para él «ya no era tan difícil ver muertos, porque en el proceso de las pandillas perdí a un montón de amigos».

Era algo cotidiano.

«Viví violencia y sé responder a la violencia», explica. «Cuando estás en una pandilla, los sentimientos se apagan. ¿Por qué? Por qué no podés permitir que los demás te vean débil. Tenés que tener esa figura de malo, aunque dentro creas que sos un cobarde».

La experiencia lo hizo buscar salidas, que encontró en las drogas y la violencia. «Perdí el amor por mí mismo. Por dos o tres meses jugaba a la ruleta con mi (revólver) 38. Llegaba en la madrugada, ponía una bala, y clac. No sentía nada. Mi intención era morir», dice. «En la pandilla normalmente uno pensaba que me den un balazo en el coco, así no siento nada, y tranquilo. Que no sufra para morir. Pero es allí donde van terminando los sueños».

La vida en pareja fue un freno, pero en particular, sus hijas. «La persona con la que me junté tenía una bebé. Esa bebé me salvó la vida, porque yo pensé: ‘si voy a ser papá voy a tratar de ser responsable’. Empezar a sentir amor, eso es lo más fuerte. Empezar a sentir amor».

Pero «no fue así de la noche a la mañana», nos explica. «Encuentro un trabajo mal pagado, como bodeguero. Era matado todo el día, cargando vidrio todo el día… sólo el hecho de llegar a las 7 (de la mañana) para mí fue un reto, llegar todos los días puntual y aprender a ser sumiso. Eso es un cambio de paradigma», indica.

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El liderazgo: de la pandilla a la ayuda social

Además de la experiencia familiar, la religión, las experiencias cercanas a la muerte y el deseo de superación fueron cambiando la vida de Hernández. Su hermana tomó contacto con la organización Casa del Alfarero, e invitó a Hernández a ser parte del equipo de mantenimiento del lugar.

«Me iban a pagar menos de lo que ganaba en mi trabajo, pero al sopesar que iba a estar en un lugar cristiano me cambié», nos explica. Poco a poco escaló posiciones, porque como indica siempre fue de iniciativa. «El liderazgo desde temprana edad se empieza a notar. En la pandilla yo era el tercero. Tenía el poder de decirle a los hommies ‘vaya a hacer esto, aquello’. En el trabajo igual, se ve el liderazgo».

Por accidente -literalmente- empezó a gestionar proyectos en la organización. Regresaba de traer una donación en Escuintla, y como debía llevar el carro a la institución antes de que cerrara, iba a alta velocidad. «Que si, al llegar aquí cerca, por la 30, no sé cómo sólo vi una mancha blanca que se pasa el alto». Era otro vehículo, chocaron.

El otro piloto estaba lesionado, a él lo capturó la policía. «Pero se amontonó un montón de gente que me conocía aquí: ‘no se lo lleve, él no tuvo la culpa, aquí les vamos a prender fuego’, un gran despelote. Entonces el líder de la organización (Casa del Alfarero) lo vio y dijo, ‘a este maje (a Hernández) lo conocen’».

Un mes después del accidente -del que no hubo consecuencias porque el otro piloto conducía ebrio- le ofrecieron la coordinación de un proyecto. «Me mandaron a estudiar básico por madurez y bachillerato. Logré estudiar derecho, en la Mariano, hasta el octavo semestre», pero no logró la graduación. «Ya casi», dice, como quien no ha renunciado a algo.  

Fue así como empezó a coordinar proyectos de ayuda en asociaciones no lucrativas, actividad que realiza hasta la fecha.

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El negocio de la basura define la vida de la comunidad del relleno sanitario

La participación en organizaciones de ayuda lo llevó a ser un referente para el anexo Manuel Colom Argueta. Fito tiene cuatro años siendo parte de la Junta Directiva de la Asociación de Vecinos, de la cual Arón Alvarado -quien desde este punto se sumó a la charla- es tesorero. Arón además vende gas, lo que le permite tener una noción distinta de la situación económica en la comunidad.

La vida de los habitantes del lugar está estrechamente relacionada con el basurero, pues casi todos trabajan o viven de los residuos Alrededor de 3,000 personas ingresan cotidianamente al lugar estiman Arón y Fito. «Esos son los que están censados, pero otros entran clandestinamente. Además, los niños no son tomados en cuenta como una estadística, porque no les conviene», señala Hernández.

Las actividades incluyen «reciclaje, separación de materiales, a la venta de comida, de cualquier tipo, ayudantes de camiones recolectores. El 90% de la economía en el área depende de lo que pase en el basurero», explica Fito, e implica no sólo a los que se dedican a guajear, sino también a los que ofrecen otros servicios, como la venta de gas de Arón.

El reciclaje se da en diferentes áreas. Lo más preciado son los metales: cobre, bronce, aluminio, acero, colado, chatarra. En diferentes precios, explica Hernández. Lo mejor pagado es el cobre, que proviene del alambre. «Hace 5 años estaba en 30 quetzales la libra. Imaginate un tu quintal de cobre ¡Ay ay ay papá!», exclama Fito.

Al metal le sigue el plástico, que según Fito «es lo que está sosteniendo la economía. A diario salen camionadas de PET (polietileno) del relleno». Otros se dedican sólo al vidrio, y finalmente al cartón, que «se mantiene casi siempre», señala Arón, «pero no muy bien pagado». Aun así, Hernández cuenta que personas vienen desde Quiché «con todos sus hijos, pagan un cuarto aquí, van juntando cartón, lo venden aquí y se regresan a su pueblo».

Quienes ponen los precios son los intermediarios, explican. «Ellos compran aquí y los llevan a las grandes industrias», señala Fito, pero realizan una especie de extorsión, advierte, porque «pagan lo que quieren. La mara está luchando porque los precios mejoren, y estos no dejan a otros entrar a comprar», dice.

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El impacto del COVID19 en la economía del relleno

Si todo depende de la basura, cualquier desbalance tendrá efectos en la economía y vida de quienes habitan en la comunidad del relleno. Este desbalance lo ha causado el COVID19, no porque esté afectando la salud de muchas personas, sino porque provocó que la Municipalidad prohibiera el ingreso al relleno.

Pero Hernández explica que la basura sigue llegando y los intermediarios comprando. «Entonces lo que han hecho es entrar a escondidas, clandestinamente», explica. Sólo los más jóvenes entran, pues son «quienes tienen más fuerza. Algunos van escondidos en el camión de la basura, o se meten por el cementerio y La Verbena, pero te arriesgas a caerte porque ahí es como barranco», explica.  

Esto excluye los mayores, quienes desde hace meses no pueden bajar. «Están sobreviviendo», señala Hernández para explicar su situación actual. «Algunos tienen hijos que van al basurero, y les ayudan. Otros están viviendo de las organizaciones que dan comida».

«Mejor hubieran dejado abierto», considera Fito, pues podrían entrar y trabajar «donde es adecuado para ellos, y no haciéndose un revoltijo, arriesgándose». La demanda de material sigue, y la necesidad económica también, explica.

La situación ya comenzó a afectar a todos los comerciantes que, aunque no trabajen en el basurero, viven de lo que se hace ahí, como Aron. «Nos ha afectado directamente. Las ventas están al 40% o 50% de lo normal. Vivo de las personas que bajan, y si no pueden ir no me compran. Es una situación es un poco decadente». 

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El Gobierno: «Hablan de tanta ayuda, de millones y millones que les entran, pero ¿dónde está esa plata?»

Al preguntarles respecto a la ayuda de gobierno son enfáticos: llegaron una vez a dar la caja y no volvieron a aparecer, ni siquiera para brindar información o lineamientos para enfrentar el COVID19, a pesar del alto riesgo que significa en un área que recibe los residuos de toda la ciudad.

Arón Alvarado hace hincapié: «El gobierno habla tanto de un bono de mil quetzales… Pero para mí, en lo personal, puras mentiras. Por ejemplo, aquí dieron la cajita de víveres, pero solo una vez la han traído», señala.

Al 22 de junio, tres meses después de que se impusieran restricciones a la movilidad a causa del coronavirus, el MIDES reportó al Congreso una ejecución del 22.7% de los 6,350 millones de quetzales aprobados para la emergencia.

Por ello habla directo al presidente Giammattei, pidiéndole que se preocupe por las comunidades. «Hablan de tanta ayuda, de millones y millones que les entran, pero ¿dónde está esa plata? Aquí son 22 comunidades. Y si les pregunta, a cualquiera, lo único que ha venido es la cajita», expone. Señaló que, si el presidente «no discrimina a las comunidades, y como él dice ama a Guatemala, verdaderamente debería hacer algo por esta área. Aunque la verdad, aquí nunca hemos recibido ayuda de ningún gobierno». Les pide que considere entre sus aportes a quienes no tienen recibo de luz también, como sucede con todos los habitantes del anexo.

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Callejón por callejón, explicando a la comunidad qué es el coronavirus

A pesar de que se conozcan las condiciones de hacinamiento de la zona (pues los entrevistados aseguran que fueron censados en 2018), no han recibido ninguna dirección sobre las medidas sanitarias a tomar en el lugar. Sin embargo, como siempre lo han hecho, se organizan para sobrevivir.

«Nosotros nos hemos organizado como equipo», señala Fito Hernández. «Dijimos: aquí no vamos a esperar que el gobierno haga algo. Si esperamos eso, ¡ay dios! Primero nos vienen a traer y nos llevan a Villanueva o Parque de Industria. Como líderes de la comunidad podemos responder a esta situación».   

Y aunque no les han hecho una sola prueba, asegura: «Hasta hoy no tenemos ningún caso aquí. No han hecho pruebas, pero nadie ha manifestado malestar, ni lo hemos visto. Y sería rápido porque aquí todo sería como llamarada de tusa».

Lo han logrado poniendo a través de protocolos de desinfección diseñados, cabildeados e implementados por ellos. «Hemos sido nosotros, apoyados por organizaciones los que hemos implementado todo. Alguien nos donó plata para comprar las bombas, el líquido, pero fue iniciativa nuestra ir y pedirles» explica Hernández.

También establecieron turnos de 12 horas para cuidar la entrada al anexo. «Cada familia tiene un turno de dos horas, para poner gel», además del líquido de desinfección que aplican, sin discriminación a todo el que llega al lugar. El alcohol lo paga quien turna (el precio promedio de una botella es de 20 quetzales). Y si «hay gente que te dice que no puede sacar el turno, va a tener que pagar a alguien para que saque su turno. Les estamos dando trabajo», bromea.

No ha sido fácil, explica Hernández. «El sólo hecho de cerrar las puertas para el toque de queda fue una lucha. Pusimos plata de nuestras bolsas para cerrar los portones porque aquí usualmente se mantiene abierto. Por eso la gente no entraba y la policía se los llevaba. Y pagar 500 pesos de multa, uy dios». El anexo parece ahora una colonia residencial, pero de caminos peatonales y casas de lámina.

Además, han tenido que explicar, cantón por cantón, la enfermedad. «La gente decía eso no nos va a dar a nosotros», pues la exposición que han tenido a infecciones hace que vean una más en el COVID19. Sin embargo, tomaron el liderazgo. «Tuvimos reuniones fuertes, bloque por bloque. Y fuimos decirles o se mete a la jugada, o se mete. Aquí estamos en una democracia, donde si la mayoría votó sí, usted votó sí», indica Hernández.

En cuanto a la protección dentro del basurero, la desconoce. Sospecha que no se haya hecho nada respecto a los desechos de enfermos de COVID19. En los hospitales «Ecotermo se llevará las batas, las mascarillas, los sueros. Pero las cosas que no son biológicas van a dar a un depósito del Parque, y del camionero para acá», expone.

«Y aquí la gente trabaja con las manos. Mirá cómo tengo los cortes», dice, levantando sus nudillos. «Agujas, espinas, no sólo de plantas, también de pescado». En ocasiones también pueden encontrar «un panito Winnie empacado, que te lo comés y te infectás, porque abajo no hay dónde lavarse» explica.

En el caso de los recogedores «algunos pilotos estarán haciendo el esfuerzo de darles careta, mascarilla», pues de ellos depende la seguridad y pago del trabajador, explica. «¿Pero de que te sirve una mascarilla cada semana? Esa mascarilla tendrías que cambiarla hoy, mañana no te sirve», expone.

En su análisis, Guatemala no está preparada para enfrentar el COVID19. «Si no mirá esa mara que salió ayer a manifestar (el jueves 18 de junio). Si alguien que tiene menor educación lo hace, entienden, aunque no tienen plata ¿cómo no van a entender esos majes? Esa mara sólo es buscabullas. Alguien estudiado, que tiene todo para quedarse en su casa, prefieren andar haciendo cosa que no deben», apuntala.  

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La ciudad de la esperanza pide oportunidades

Hernández y Alvarado no sólo hablan de caridad, sino también oportunidades. Por ello, cuando se le preguntó qué nombre le pondría al área del relleno, Fito dijo «la ciudad de la esperanza». Y lo explica.

«Mucha gente aquí sueña con cosas grandes, los jóvenes que se están graduando tienen el anhelo de comerse el mundo, de conseguir un trabajo» explica. Pero, aunque estén becados, con buenas notas «como sos de la zona 3, ni trabajo de lo que sea les quieren dar», explica. «Es más fácil que venga un malandro y les diga, ‘tomá’. Y mañana, jalados, al bote ¿por qué? Porque no hay oportunidades», reflexiona.

A sus 43 años parece tener una lectura clara del lugar que ocupan ellos y los otros en la sociedad. Por eso, le parece irónico escuchar al sector privado pedir la apertura inmediata de la economía. «Ahorita están alegando que miren, que hagan, que no sé qué, pero esa mara lo primero que hace es desnudarte cuando vas a pedir trabajo. Y los tatuajes no te hacen», expresa, señalando la discriminación que viven al tratar de ingresar al sector privado formal.

La integridad tampoco la define el lugar de vivienda, considera. «Una de las preguntas que te hacen en polígrafo es: ¿ha tenido o tiene relación con pandillas? Y si donde vivo hay pandillas ¿qué voy a hacer? ¿cómo no me voy a relacionar con ellos? Aunque sea por miedo, o es mi vecino, lo veo todos los días, lo vi crecer, me dice buenos días. Pero eso no lo consideran en el polígrafo», explica.

Esto afecta incluso a los niños, poniendo el ejemplo de su hija. «En una ocasión me dijo: ‘si me preguntan dónde vivo ¿qué les digo?’ Ella tiene ¿qué?... 9 años y no quiere decir. Lo mismo que me pasaba a mí», explica.

Sin embargo, también alimenta sus sueños. «Le estoy tratando de enseñar que puede tener un futuro diferente… Le digo: ‘prepárate’. Tengo que seguir sembrando en eso, mandarla a estudiar afuera. Y ya habla inglés, mejor que yo incluso.»

«Cuando haya equidad, las cosas van a funcionar de otra manera», nos dice Fito, desde la ciudad de la esperanza.

¿Cómo ayudar?
En este momento, la Asociación del Anexo Manuel Colom Argueta solicita ayuda para el proceso de desinfección. En específico gel, alcohol líquido y desinfectante. Para localizarlos, puede escribir a la página de Dejando Huellas, organización en la que trabaja Rodolfo Hernández.
También puede apoyar dando aportes para las canastas alimenticias que la Red por la Solidaridad Inmediata -RESI- lleva mensualmente al lugar.
Y dándole oportunidades a los jóvenes de la zona 3.   
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