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Entrevista a Ana Silvia Monzón «Nadie atiende, pero el acoso sexual se evitaría con medidas legales, políticas y culturales»

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Entrevista a Ana Silvia Monzón «Nadie atiende, pero el acoso sexual se evitaría con medidas legales, políticas y culturales»

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El #MeToo puso sobre la mesa el acoso sexual en espacios laborales, sobre todo. Cientos de mujeres salieron a denunciar a sus hostigadores. ¿Cuál debería ser la ruta para evitar conductas inapropiadas? Ana Silvia Monzón, socióloga y feminista, insiste en cambiar esos comportamientos a través de medidas legales, políticas y culturales. No una o dos, las tres para hacerlo integral y sostenido.

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La historia de la participación política de las mujeres, movimientos de mujeres, etnia y género, comunicación, migraciones, maquilas, niñez, y educación, son algunos de sus trabajos.

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La socióloga Ana Silvia Monzón es investigadora y profesora de género y feminismos en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso). Dirige desde 1993 el programa “Voces de Mujeres” en la radio de la Universidad de San Carlos.

El acoso sexual en espacios de trabajo no es un tema del que se aborde a profundidad, dice. Es más, cuando las mujeres denuncian, prefieren no llevar a juzgados los casos por temor y costos que implican. Desincentiva los procedimientos, sin mencionar la ausencia de leyes, aunque se han planteado iniciativas para castigarlo. La PDH presentó una en 2018, y más recientemente la exdiputada Nineth Montenegro en noviembre de 2019, ninguna sin aprobarse aún.

Existe literatura sobre el tema. En 2019, la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU) de la USAC, presentó un estudio sobre acoso sexual en las instalaciones de la casa de estudios. De las 787 personas que denunciaron haberlo sufrido, el 90 por ciento eran mujeres. Datos del Observatorio contra el Acoso Callejero, señalan que una de cada tres personas sufre alguna forma de acoso varias veces al día.

Pero más allá de los marcos legales, ¿qué otras vías hay para crear ambientes seguros en el trabajo? Para Monzón, este cambio debe enfocarse en la conducta de los hombres. Con acciones contundentes de cero tolerancia, y el cuestionamiento de esa «masculinidad hegemónica», propia del «patriarcado». Ese sistema que coloca a las mujeres en una posición inferior a los hombres. Así, las mujeres se vuelven objetos de placer a disposición del hombre en cuanto lo requiera.

A la socióloga también le preocupa el debilitamiento de los derechos humanos en los últimos años. En Guatemala y en todo el mundo, se vive un clima de amenaza en el que las mujeres y los grupos minoritario son más vulnerables, dice. 

 

El acoso sexual en espacios de trabajo se ha visibilizado en los últimos años, ¿qué acciones se podrían emprender para frenar esas actitudes, para convertir los espacios de trabajo libres de acoso?

Hay que sensibilizar. Adoptar políticas mínimas de tolerancia cero al acoso. En el caso de Nómada (por el caso de acoso sexual por parte de su exdirector), plantea que las tiene. Pero muchas de esas acciones denunciadas no se daban dentro del espacio laboral como tal sino fuera, del país incluso. Es difícil, pero no imposible. Deben tener una expresión explícita. Las mujeres y los hombres que se sientan acosados deberían tener la ruta para denunciar. También deberían tener los mecanismos cuando se trate de denuncias espurias, que también las hay, no podemos descartarlo totalmente. Si no se tipifica con las leyes, es más difícil que lo adopten en los centros de trabajo. Si no hay una cuestión coercitiva y no hay sanción, no lo hacen.

En el Ministerio de Educación se logró a medias establecer una estrategia contra la violencia en las escuelas, y particularmente en casos de acoso contra niñas que son abusadas por los profesores, pero no hay mayor sanción. ¿Qué hacen? Los trasladan, así como ha hecho la iglesia (católica). Los trasladan a oficinas administrativas, pero ¿dónde está la sanción? Y eso ya está regulado, en muy pocos casos se ha dado. Actúa todo un pacto implícito. «Ay no, pobrecito el maestro, cómo le vamos a quitar el trabajo, si es jefe de familia». No lo tocan.

¿Cuáles son esos comportamientos normalizados a los que hoy podemos llamar acoso?

Hay actitudes y comportamientos muy obvios. Como resultado de las investigaciones sobre acoso, tocamientos inapropiados, insinuaciones, invitaciones con connotación sexual por parte de los jefes a sus subalternas… pero también entre pares. En algunos ámbitos, antes, había solo hombres como jefes, pero ahora también hay mujeres. Va cambiando esa relación en el ámbito laboral, no de manera significativa, pienso, porque sigue habiendo mayoría hombres como jefes.

Todas estas expresiones más obvias de acoso sexual se dan en el trabajo, pero también en la educación, el transporte, la calle, los medios. Aún no se logra tipificar el delito de acoso sexual, a pesar de estar planteado en los Acuerdos de Paz. Ha habido varias iniciativas, recuerdo que en los noventa, Flora de Ramos, del FRG, empujó el tema. También Olga Camey lo planteó. Y así, también ha habido varias iniciativas, de organizaciones de mujeres indígenas.

¿El tema está ya en la conversación social?

En los años noventa se empezó a hablar un poco. A pesar de que hay avances, se ha ido asentado más la noción de derechos humanos de las mujeres, las más jóvenes tienen más apertura y más libertad de plantearlo. Todavía no es una conversación instalada con la fuerza requerida. Hay mucho miedo, somos una sociedad de posguerra. Eso tiene implicaciones en la forma de denunciar porque además del miedo es mucho el costo personal, familiar, social, de poner una denuncia y sostenerla. Hay que invertir mucho tiempo, a veces muchos recursos financieros. 

El sistema de justicia tampoco responde, a pesar de que tenemos una Ley contra el Femicidio, bajo la que se podrían tipificar algunos delitos. Entre muchos abogados y abogadas hay resistencia a esa ley, no les parece, plantean que es como darles un privilegio a las mujeres. Pero la cantidad de denuncias y de asesinatos de mujeres lo sustentan. Es una problemática que en vez de disminuir aumenta la saña con que se ejerce la violencia contra las mujeres. Estamos viendo la cantidad de embarazos forzados en niñas y adolescentes, y en la cantidad de desapariciones. Son facetas en contra de las niñas y las mujeres muy fuerte, pareciera que pasa desapercibida.

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¿Qué impacto tuvo el MeToo en Guatemala? ¿Hay algo en particular en el movimiento aquí?

Creo que aquí tampoco las mujeres son del perfil de las del MeToo: actrices y eso. Lo han colocado las más jóvenes. Las de más alto perfil, serían las periodistas que denunciaron al exdirector de Nómada, algunas de las artistas que denunciaron a Bruno Campos, Paulo Alvarado, y al editor de la revista de la Universidad de San Carlos (Rafael Gutiérrez), como casos más emblemáticos. Pero son acciones un tanto aisladas, no se logra algo en conjunto. Se diluye en la prensa y en la respuesta que debería tener el Estado. En 2018 cuando se plantearon denuncias contra el expresidente (Jimmy Morales), el MP no actuó. O dijo que iba a actuar y no avanzó.

¿Por qué?

Obedece al orden patriarcal que vivimos, a esas relaciones entre mujeres y hombres que colocan a la mujer en una posición subordinada de menor poder. Se le sigue dando el poder a los hombres. No es solo el poder económico, sino también el político, ideológico, y el estatus de manejarse a otros niveles. Esa concentración de poder en los hombres sigue siendo muy fuerte. Atraviesa la clase, el territorio, los pueblos. Porque también ahora ya se están escuchando denuncias de mujeres indígenas contra hombres indígenas, que acosan, violentan. No tiene tanta fuerza en los departamentos, hay expresiones de organizaciones de mujeres, pero también la agenda de las demandas va desde cómo sobrevivir o que no las maten. Cuestiones como estas no logran animar a tanta gente a que se sume. La lucha de sobrevivir es más fuerte.

¿Por qué no hay plática sobre el tema entre hombres y mujeres? ¿O deben tener los hombres sus diálogos por aparte?

El caso de Nómada es emblemático, en el sentido que Martín (Rodríguez Pellecer) se había presentado como un aliado. Y como traicionó esa confianza, entonces las feministas cierran filas. Por eso resulta tan difícil dialogar en tanto los hombres no deconstruyan su masculinidad hegemónica y tóxica. Si no hay eso, es difícil. Tampoco es que todas las mujeres están en esta lucha. Hay muchas que, mediadas por la religión, están fortaleciendo y reproduciendo el sistema patriarcal. Las que protestan, las que demandan, somos minoría.

Dice que las religiones tienen mucho que ver con el mantenimiento en la desigualdad de relaciones entre hombres y mujeres ¿De qué forma?

El avance del fundamentalismo religioso en Guatemala es tan evidente en el porcentaje de evangélicos y evangélicas ante católicos. Tampoco quiero decir que los católicos son muy de avanzada. Dentro de las dos hay corrientes críticas, pero la mayoría no lo son. Más bien el discurso neopentecostal, que es el que está ganando más adeptos, es muy conservador en relación con las mujeres. El discurso del gobernante que acaba de asumir (Alejandro Giammattei) decía: «se escuchará, atenderá y protegerá a las mujeres». En el fondo es un discurso muy conservador, porque es muy paternalista, y es como quitarles agencia a las mujeres. En todo caso lo que necesitamos es respeto y garantía de nuestros derechos. Sí protección, pero lo otro es más importante, no en la lógica de protegernos porque «pobrecitas somos víctimas».

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¿De dónde viene esa conducta machista?

Del orden patriarcal. De las relaciones de género que se siguen fundando en una sobrevaloración de los hombres y de lo masculino por sobre las mujeres. El cuerpo de las mujeres es visto como algo accesible al cual los hombres tienen derecho. Incluso, en algunos de los juicios que se hacen, que no se tipifica como incesto, de abuso sexual de padres o abuelos contra niñas, ellos plantean «es mía». Todavía sigue siendo fuerte, es una cuestión muy arraigada. La están reforzando las iglesias neopentecostales con la idea de que el hombre es la cabeza del hogar.

 

–Ana Silvia Monzón cree que hace falta tener más datos, más investigaciones sobre el acoso sexual. Acusa al Estado por su nula voluntad política para atender todas las formas de violencia contra la mujer. El debilitamiento de los movimientos sociales también es una muestra del hostigamiento y la hostilidad con que se les reprime. En el que intervienen la religión, el sistema educativo, y la inoperatividad del sistema de justicia. Le preocupa, además, el que aún haya que explicar el porqué es necesaria la paridad de género en la participación política. 

 

¿Cuáles son las bases que deberían tener los hombres para empezar a hablar sobre acoso sexual y esa deconstrucción de su «masculinidad hegemónica o tóxica»?

Las del conocimiento. Me refiero a esta deconstrucción de la masculinidad, que en Guatemala hay pocos espacios, que yo conozca. Los que hay son dispersos, y tampoco se están uniendo la autorreflexión con una acción política. La acción política de colocarse en la denuncia y en la transgresión de ese orden patriarcal. La Red de Hombres es débil, no tiene gran impacto, ni tantos integrantes. En cambio, hay muchos espacios en donde los hombres sí se organizan, pero son los que refuerzan ese orden de género. Se requiere conocimientos, voluntad, espacios, para que los hombres tengan esa posibilidad.

También estamos en un contexto en el que el Estado está debilitando lo que se había logrado en los años noventa. Aunque se ha avanzado, también por otro lado se están haciendo muchas acciones para frenar esos derechos. Mucho de eso tiene que ver con el fundamentalismo religioso y la situación económica. Si la gente no tiene garantizados sus derechos, lo mínimo para vivir, va a ser muy difícil que se metan a luchas que requieren de tiempo, energías, recursos. Es complicado mantener la lucha social así.

¿Qué opciones tienen los hombres para cambiar ese patrón de conducta?

Falta mucho para que realmente haya un costo social para ese comportamiento (el acoso sexual), cambios muy profundos. No es una cuestión ni de mediano plazo, sino a largo plazo. Se está nadando contra la corriente. Las mujeres han pagado el costo social de no ser como este sistema quiere. Estamos esperando a los hombres. Tal vez hay, pero son muy pocos. Repito, no han convertido en acción política ese planteamiento. Hay posturas individuales y todo, pero no hay en los casos que se han venido dando, que ya son incontestables, ¿dónde están los hombres? ¿El movimiento de artistas hombres para apoyar a las artistas mujeres que fueron violentadas? No hay. Algunos podrán estar conscientes, pero otros son parte de la misma cuestión. El cambio de comportamiento requiere de muchas medidas legales, políticas, culturales. Y que sean sistemáticas y sostenidas en un largo tiempo, para lograr un cambio. No es con una medida, tiene que ser integral. Es lo que siempre planteamos, pero no nos hacen caso.

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