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Un manifestante agrede a un policía antimotín durante una persecución violenta en contra de las fuerzas del orden, en el marco de las protestas frente al Palacio Nacional. Simone Dalmasso

¿Quién prendió el fuego en las protestas contra Giammattei y el Congreso?

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¿Quién prendió el fuego en las protestas contra Giammattei y el Congreso?

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Con una semana de diferencia la ciudadanía salió dos veces a la calle, en la primera un grupo de personas quemó una parte del Congreso, en la segunda otro grupo incendió un bus de Transurbano. En ambos casos el fuego creció al lado de manifestantes pacíficos ¿quién prende las mechas en las protestas en contra del gobierno?

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De nuevo el fuego se llevó todas las miradas mientras algo más complejo (y extraño) ocurría alrededor.

Entre la manifestación del 21 de noviembre y la de ayer, ambas en contra del gobierno de Alejandro Giammattei y el Congreso, hubo dos grandes diferencias: La policía no lanzó bombas lacrimógenas directo a quienes protestaban, y los manifestantes pacíficos marcaron distancia de quienes causaban destrozos. En medio queda la duda si el bus quemado era parte de un plan orquestado o una cascada de eventos improvisados.

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Los acontecimientos constatados por Plaza Pública ayudan a dar una respuesta.

El bus de Transurbano quemado cerca del Palacio Nacional fue tomado por personas encapuchadas que golpeaban la unidad, lo hacían frente a agentes de la Policía Nacional Civil (PNC) que no auxiliaron al piloto. Así lo constata un testimonio al que tuvo acceso Plaza Pública y que corrobora Armando Samayoa, vocero de esta empresa de transportes, en una entrevista a Emisoras Unidas.

Pasado medio día, el piloto conducía cerca del Parque Colón, sobre la 12 avenida de la zona 1 capitalina. Un grupo de encapuchados lo rodeó, él intentó huir. Con pasajeros a bordo giró hacia la 8 calle pero otro grupo lo detuvo. Con palos y tubos golpeaban la unidad, quebraron algunos vidrios. Asustado, el conductor cedió y pidió a los usuarios que bajaran del bus.

Sobre la 8 calle, frente a una funeraria, varias patrullas de la Policía Nacional Civil (PNC) estaban estacionadas, los agentes descansaban afuera de los vehículos. El piloto sacó la cabeza y pidió auxilio, no hicieron nada. Ahí empezó la secuencia de hechos que llevó a la antorcha que más tarde iluminó un costado del Palacio Nacional.

A las 22:00 horas, cuando el bus ya solo era un armazón de metal, la PNC no tenía un reporte preliminar del robo de esta unidad. Jorge Aguilar, vocero de la institución, respondió que estaban a la espera de la denuncia de los afectados.

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Antes del ocaso todo era pacífico

El día en la Plaza de la Constitución inició con dos botargas de la PNC dando el puño a niños (nuevo saludo de pandemia), y cientos de policías rodeando Casa Presidencial, Palacio Nacional y, ahora sí, el Congreso. Hace una semana, cuando la ciudadanía exigía derogar el presupuesto para 2021, el Legislativo apenas tenían agentes para custodiar la puerta. Ayer estaba forrado con láminas, aunque los agentes sostenían rosas blancas. «Nos las dio la institución» respondió un agente.

«Hoy está más tranquilo, pero no he vendido nada» decía un vendedor de granizadas localizado frente a la catedral metropolitana, a eso de las 15 horas.

La población atenta, pero también temerosa, quería volver a mostrar su compromiso. Al igual que el 21 de noviembre cubrían tres cuartas partes de la «Plaza de las Niñas», nombre no oficial con el que activistas buscan dar importancia al altar que recuerda a las 41 niñas quemadas en el Hogar Virgen de la Asunción.

Estaban los resilientes. Los que, a pesar de la desmedida reacción policial de hace una semana cuando detuvieron a más 36 manifestantes en la ciudad capital, siete en Quetzaltenango y uno en Huehuetenango, pero que quedaron libres por falta de pruebas según reportó la periodista Jody García.

Las instrucciones para realizar capturas al azar quedaron corroboradas por audios filtrados por los mismos PNC, explícitamente les pedían capturar gente. El exceso de fuerza provocó que dos jóvenes perdieran el ojo izquierdo, pero también dejó una lección aprendida entre los manifestantes.

Esta vez, además de banderas, vuvuzelas y pancartas, algunos manifestantes llevaban cascos de construcción, mascarilla antigás y lentes de protección. Incluso las vendían en la plaza: la economía popular preparada para la guerra.

«Prefiero morir de pie que vivir de rodillas», se leía en la pancarta de un anciano en la acera contigua al Palacio de la Cultura, rodeado por una cadena de policías que portaban pañuelos blancos en el cuello y flores en las manos.

Otra fila de policías estaba frente a las dos entradas del Palacio Legislativo. Sobre la 9 avenida, detrás de las láminas de zinc aún se veía la roca cubierta de hollín, efecto del fuego provocado hace una semana. Nadie protestaba ahí, todos estaban en la plaza.

Hubo marchas, coreografías y performance. La tarima en la plaza concentraba lo que se veía en sus alrededores: dispersión.

Muchos tomaron el micrófono, pero su mensaje no hacía eco en los asistentes. Acompañaban algunas trompetas y vuvuzelas, era ruido.

No se escuchó una consigna, un grito unisonó que rompiera el murmullo. Era un 2015 pero más apagado. Lo único que rompía el ruido, era más ruido: morteros de pólvora, lanzados por un grupo de manifestantes asentados en una de las esquinas de la plaza.

Alrededor de las 17:00 horas un bus de Transurbano que estaba parqueado frente al Portal del Comercio abandonó el lugar. Luego, en el ocaso, un bus similar se estacionó a pocos metros del Palacio Nacional. Después de algunos golpes, proferidos por algunos de los presentes, el vehículo prendió en llamas.

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Eran dos buses

«Esto lo hacemos por el pueblo» repetía uno de los encapuchados para pedirle a los pasajeros que bajaran del Transurbano en el Parque Colón, aunque luego somataron las láminas del bus para obligarlos a bajar más rápido. El reloj estaba cerca de marcar las 13:00 horas.

Obligado, el piloto subió a la 11 avenida, llegó a la 4ta calle, giró hacia la izquierda sobre la 4 avenida y giró, en contra de vía, sobre la 6 calle para intentar llegar al Palacio Nacional.

«…lo hacemos por el pueblo» esa una frase que encaja con cualqueir estudiante de la Universidad San Carlos que da un discurso de la Huelga de Dolores. Aunque más tarde, frente al fuego o el semáforo que arrancaron dos personas, las consignas eran más bien gritos al aire, con poco sentido. «¡A la verga el tráfico!» gritó uno de los presentes cuando cayó la caja de luz verde, amarillo y roja que ordena el paso de los vehículos, como si el tráfico fuera una entidad a la que una protesta puede presionar.

La Asociación de Estudiantes Universitarios «Oliverio Castañeda» (AEU) emitió un comunicado en el que marcaban distancia de quienes quemaron el bus.

Las primeras fotografías causaban una confusión y hacían pensar que fueron los sancarlistas quienes causaron el incendio. Las imágenes publicadas por medios de comunicación y manifestantes mostraban a un grupo de estudiantes que marchaban sobre la 6 avenida acompañados de un Transurbano, y más tarde, un Transurbano ardía sobre la calle.

Laura Aguera, presidenta de la AEU, confirmó que la Asociación no coordinó la toma de ningún bus, pero sí tenían conocimiento de un grupo de universitarios que tomó una unidad y, sin dañar al piloto, llevaron el vehículo a la Plaza de la Constitución. Al finalizar el día devolvieron el Transurbano, esa información la corroboró personal de esta empresa de transportes.

El bus que tomaron los sancarlistas tenía tapadas las placas, pero mostraba el número 203 (ruta que recorre el periférico y llega hasta la Universidad San Carlos), en la parte trasera publicita un medicamento. En cambio, el que tomó el grupo de encapuchados al lado del Parque Colón tenía el número 0950 y el diseño de atrás promovía una marca de agua pura. Eran unidades distintas.

El testimonio al que tuvo acceso Plaza Pública relata cómo el piloto condujo toda la 11 avenida, luego subió la 4 avenida, otro giro hacia la izquierda hasta la 6 calle. Los encapuchados empezaron a hacer paso entre carros y manifestantes para que el bus llegara hasta el frente de Palacio Nacional en contra de vía. El piloto llegó hasta donde pudo y le pidieron que saliera, que esperara sentado en una de las bancas del parque. Una bomba molotov lanzada a las llantas y ahí empezó el fuego.

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¿Quién prendió el fuego?

Cayó el sol y por fin sonó una consigna que unió a los manifestantes, aunque no contra el presupuesto 2021, el Congreso o la brutalidad policial de una semana antes. «¡Infiltrados! ¡Infiltrados!» gritaban cuando veían a un grupo golpear y quemar el bus Transurbano.

Es difícil establecer si realmente son infiltrados; si el secuestro del bus es parte de un gran plan; si todo fue producto de actos espontáneos; o si es una mezcla de todo en donde alguien planificó encender un bus y dejar que la furia contagiara a los manifestantes. No obstante, hay elementos que periodistas de Plaza Pública constataron en el lugar.

Inició el fuego y los agentes que sostenían las rosas blancas corrieron. No tenían el equipo (algunos ni la condición física) para enfrentar a la pequeña turba.

Los PNC dejaron el Palacio sin guardias y corrieron, un grupo antimotines llegó al Callejón Manchén y formó una línea para resguardar a los policías que no tenían equipo para cubrirse. En su reitrada, los agentes desprotegidos devolvían las piedras y huían atemorizados. Al final del día la PNC reportó 42 miembros de su institución heridos, algunos los trasladaron al Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS) por la gravedad de los golpes. Al menos tres periodistas también fueron golpeados.

En videos y fotografías quedó documentado cómo en repetidas ocasiones algunos manifestantes defendían a los policías, llamaban a la calma, aunque botellas de vidrio y tubos de metal volaban sobre ellos.

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Los más violentos pero sin discurso

El momento más violento ocurrió cerca de Casa Presidencial. Un grupo de personas, algunas con mucha fuerza, otros con notable habilidad para dar potentes patadas a los escudos antimotines sin perder el balance; o con la técnica para golpearlos con un tubo directo a las piernas, la zona que no cubren los escudos.

Plaza Pública conversó con uno de ellos, tenía 16 años y mirada infantil. No dijo su nombre, solo que era de un país centroamericano (evidente en su acento), que le gustaba el fútbol (evidente en su playera de la selección nacional), que era fanático del club Real España, y que tenía meses de intentar encontrar un trabajo en Guatemala. Minutos después, cerca de la turba, la inocencia proyectada quedó tirada y se sumó a los destrozos. En sus palabras no había alguna consigna política o nada parecido.

Se escuchan golpes contra una puerta de madera, es un joven que intenta ingresar al Palacio Nacional después de haber hecho un graffiti con pintura roja. «¡Ahí no!» le grita alguien más, el joven deja inmediatamente la agresión y se cubre el rostro. Corre, obediente.

Los muros del Palacio Nacional no sufrieron mayor daño más que pintura. En una de ellas, quizás la más llamativa, se leen los códigos de área de Honduras y El Salvador, luego «MS13».

A diferencia de El Salvador, en Guatemala la Mara Salvatrucha no ha escalado a un movimiento político que articule las peticiones de sus miembros y, al menos desde 2015, la pandilla no ha hecho un pronunciamiento en el que respalden las peticiones de los manifestantes. Tampoco hay nada que haga constar que quien lo pintó realmente pertenece a la MS13 o solamente se inspiró en un grafitti.

El bus fue incendiado dos veces, en la primera los daños no fueron tan evidentes. Por un par de horas fue la piñata de los presentes, otros aprovecharon a usarla como fondo para sus selfies.

Después de cinco intentos fallidos para volcarlo, de nuevo prendieron fuego al Transurbano. La manifestación pacífica había terminado, quedaban pocos en el lugar. Visto desde la esquina de Casa Presidencial, las luces navideñas instaladas por la Municipalidad formaban un camino en el cielo hacia el bus en llamas, como si fuera un árbol navideño invertido con una reluciente estrella.

A las 23:20 horas la PNC acordonó el escenario del crimen donde solo quedaba una estructura metálica.

Hoy por la mañana la PNC reportó la captura de dos jóvenes acusados por incendiar el bus de Transurbano y causar disturbios. Los detenidos son Ángel Reyes, de 18 años, y Douglas Cuéllar, de 24 años. Los atuendos de ambos son similares a los que portaban personas que durante la manifestación incendiaron el bus y arrancaron una de las cámaras de vigilancia.

Durante el disturbio, el presidente del Congreso, Allan Rodríguez, exigió que el Procurador de Derechos Humanos se hiciera presente para procurar el bienestar de los presentes. Hoy por la mañana, cuando existen más indicios para dudar de la legitimidad de la quema del bus, el legislador convocó al Pleno para que el lunes conozcan el antejuicio contra los Magistrados de la Corte de Constitucionalidad, un proceso que está suspendido por la misma CC hasta que el Legislativo entregue el expediente original del caso.

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El fuego otra vez fue el protagonista y brilló más que las consignas en contra del gobierno de Alejandro Giammattei y el Congreso de la República. Al mediodía del domingo, un grupo de manifestantes llegó a limpiar los destrozos del día anterior. La turba destruyó el altar a las niñas del Hogar Virgen de la Asunción, el mismo que manifestantes adornaron y usaron como centro de la protesta.

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