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Un violador en tu camino. Tres asuntos.

Durante la administración de Jimmy Morales han muerto de forma violenta más de 2500 mujeres
también me reconozco como un sujeto que puede ejercitar las fuerzas del patriarcado
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Un violador en tu camino. Tres asuntos.

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Este es el título de la canción y protesta coreográfica contra el machismo creada por el Colectivo Feminista de Valparaíso (Chile) denominado Las tesis en noviembre de 2019. A día de hoy continúa siendo replicada en distintas ciudades del mundo a partir de convocatoria hecha por el mencionado Colectivo a través de la red social de Instagram.

Redes-lateral

Las tesis, como se autoidentifican las cuatro integrantes de ese cuerpo colectivo, han venido desarrollando desde hace casi dos años un interesante ejercicio que busca encarnar y darle sentido cotidiano a las tesis de pensadoras como Silvia Federici o Rita Segato mediante recursos políticos que se articulan alrededor de los mundos del cuerpo y de los sentidos.

Es un ejercicio como los que han realizado desde hace varios años mujeres guatemaltecas como Regina José Galindo para desnudar las atrocidades históricas y presentes que padecen los cuerpos signados como femeninos en un territorio en que se debe aprender a vivir todos los días con la muerte.

«Un violador en tu camino» es el resultado de la segunda investigación-acción realizada por dicho grupo, cuya potencia política de las estrofas y movimientos corporales inunda el cuerpo de emociones y ponen de manifiesto la crudeza con la que todos los días mujeres de todas las edades y latitudes son asesinadas, violadas, maltratadas, abusadas.

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Cuando esa actuación es apropiada desde los recursos sonoros, visuales y corporales de mujeres guatemaltecas la aspereza del dolor, la impunidad, el coraje se desnudan en su máxima expresión. Según información que aporta la Unión Nacional de Mujeres Guatemalteca, durante la administración de Jimmy Morales han muerto de forma violenta más de 2500 mujeres.

Tres asuntos me gustaría subrayar sobre esta tendencia mundial a partir de las reflexiones que he construido durante varios años de investigación. Experiencias que he vivido desde que tengo conciencia porque crecí en un cuerpo colectivo al que los dispositivos de poder judeocristiano y jurídico llama familia, habitada mayoritariamente por mujeres.

Si bien la familia es un núcleo de solidaridad, alianzas, afectos y emociones, también es un aparato ideológico clave para el poder, desde el cual se aprehenden las jerarquías que articulan a esta sociedad.

Optar por comprender como un cuerpo colectivo ese núcleo en el que crecí y sigo creciendo me ha permitido entender eso que, teóricamente, se nombra como patriarcado: no como actos contra un cuerpo individual signado como femenino, sino como acciones que nos afectan colectivamente.

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Fueron diversas mujeres indígenas, sobre todo de Alta Verapaz, quienes me mostraron que eso que llamamos cuerpo de manera individual es una especie de desapropiación del cuerpo colectivo.

No se experimenta sólo desde la primera persona, si no que se vive a partir del reconocimiento de las experiencias de las otras personas. El cuerpo individual no termina donde concluye la piel sino se convierte en otro cuerpo.

Pensar así me ha permitido desestabilizar mis propias certezas, descolocarme del lugar donde he sido ubicado, cuestionar las perspectivas centradas en el individuo que se han universalizado con los discursos neoliberales. No pensar desde un cuerpo colectivo es seguir reproduciendo una apatía por el sufrimiento ajeno y femenino que me involucra directamente.

Pero, como me insistieron las mujeres antes mencionadas, no es empatía lo que debo mostrar, sino resonancia. Porque mi manera de actuar frente a la deshumanización femenina vibra, trastoca, entra en mi cuerpo, en mi experiencia, en mi corazón. Y cuando sale esa resonancia, luego de trastocar cada una de mis fibras y sentidos, lo logra haciéndome alguien distinto en mi relación con ellas.

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Pero también me reconozco como un sujeto que puede ejercitar las fuerzas del patriarcado porque he sido construido dentro de una sociedad que me ha ofrecido facilidades materiales y simbólicas para hacerlo.

La autoevaluación constante sobre mis acciones es un ejercicio clave para desafiar ese germen letal que los procesos históricos de este país me han legado.

Como magistralmente me lo enseñaron mujeres indígenas de San Cristóbal y Santa Cruz Verapaz y, luego, mujeres indígenas de diversas comunidades del municipio de Sololá, la estructura patriarcal tiene un hermano que respira y late con el mismo corazón, que se alimentan el uno con el otro, y que ejercen juntos esa violencia letal: la estructura colonial. Y que las mencionadas mujeres indígenas nombran como pasar encima.

Ese recurso les es útil para representar las conexiones entre esos dos hermanos mortales.

Los tres puntos sobre los cuales me gustaría reflexionar son los siguientes: la geografía femicida; la relación entre conocimiento/cuerpo/sensaciones; y la apropiación de la mencionada performance por mujeres guatemaltecas.

La geografía femicida racializada

Entiendo como geografía femicida racializada a las dinámicas sociales letales que se producen en espacios y relaciones de poder atravesadas por el género y la raza y que producen, a su vez, significados y reproducen mecanismos violentos de superioridad entre cuerpos signados como masculinos -blancos, mestizos e indígenas- sobre los femeninos. Es lo que la canción identifica en su letra como «Es femicidio. Impunidad para mi asesino. Es la desaparición. Es la violación».

No es fortuito que esta performance, como tendencia mundial surgiera en idioma español y, además, en América Latina -espacio geográfico racializado, violentado y aterrorizado históricamente por distintas maquinarias que han utilizado el cuerpo de las mujeres como instrumento por excelencia para evidenciar la crueldad humana-.

Tampoco es casualidad que sea en ciudades de América Latina donde se acogió con mucha fuerza esa performance dado que, como informa el Observatorio de Igualdad de Género de la CEPAL, 14 de los 25 países del mundo en los que se registran más femicidios se ubican en América Latina; y, que tres de las cinco tasas más altas de femicidio en la región están en Centroamérica; en especial, en el denominado Triángulo Norte.

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Por tanto, no es posible hablar de estos espacios geográficos sin recordar a miles de mujeres asesinadas, y cuyos puntos álgidos de esos hechos se encuentran precisamente en espacios urbanos. Es importante destacar que en otras latitudes del mundo son mujeres latinoamericanas, en su mayoría, quienes protagonizan esas performances. El rechazo a la violencia estructural, femicida y colonial articula estos actos públicos.

Es claro que en América Latina, y más específicamente en Guatemala sí se ejerce la democracia, pero la de la muerte, de la desvalorización del ser humano, del despojo, de la precarización y de la violencia.

La relación entre conocimiento/cuerpo/sensación

Resulta interesante observar cómo lo que se canta en esa performance se sustenta en el conocimiento que han construido mujeres desde diversas teorías. Se trata, además, de un conocimiento que resuena en el cuerpo -coreografía- y que se manifiesta en múltiples emociones entre quienes están participando en ese acto.

Además, se trata de emociones que se desplazan más allá de esos actos públicos, dado que no hacen más que ratificar la opresión machista que la letra de esa canción señala. Vale la pena destacar que en los diversos videos de la performance que circulan en la plataforma de YouTube resaltan en la caja de comentarios valoraciones machistas que niegan el potencial y valentía política de las participantes. Sin olvidar la batería de videos y memes de burla que se han generado como parte de una respuesta emocional y psíquica que se inscribe dentro de un proceso social que no hace más que evidenciar percepciones cargadas de machismo que los procesos históricos han moldeado.

Si bien la burla, como lo han mostrado algunos estudios críticos, puede ser utilizada como un mecanismo para enfrentar y subvertir desde un plano simbólico el mundo político y social, también puede, como en este caso, ser aplicada para demostrar superioridad, menosprecio, poder.

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Durante una investigación en la que participé junto con mujeres de San Cristóbal y Santa Cruz Verapaz (Alta Verapaz, Guatemala) aprendí que el conocimiento se construye desde el cuerpo, desde la experiencia propia, creándose así un complejo sistema epistémico para nombrar aquellas estructuras visibles e invisibles que no permiten vivir dignamente.

Desde la academia tradicional, muchas veces patriarcal y colonial, se plantea una tajante división y jerarquización entre el cuerpo y la mente como vía para alcanzar la razón. Se asume categóricamente que la razón es un ejercicio que se construye únicamente en la mente; y que el cuerpo, en cambio, es tan solo un artefacto primario e incompleto para ese ejercicio.

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Son precisamente las mujeres, los pueblos indígenas, las y los campesinos, las y los afrodescendientes, los y las jóvenes quienes somos considerados como cuerpos incapaces de conducirnos, autogobernarnos; por consiguiente, debemos estar sujetos al control y la vigilancia de quienes se autoproclaman racionales.

Por esta razón, considero que la apuesta de esta performance contiene varios asuntos que complejizan no solo lo que se dice, sino cómo se dice. Hacerlo de ese modo es un ejercicio político que desmonta, por un lado, la jerarquización patriarcal en la que hemos sido ubicados. Pero también cuestiona la jerarquización colonial. Aunque, si bien es un ejercicio urbano, creo estar seguro que deben compartirlo mujeres de espacios distintos a éstos que, considero, pueden aportar y complejizar esa performance desde otros múltiples planos.

La performance de mujeres guatemaltecas: no fue el fuego, fue el Estado

La colonialidad y el patriarcado, sistemas que se alimentan mutuamente y que no pueden vivir el uno sin el otro, tienen puntos de conexión en América Latina. La complejidad con la que son ejercidas esas relaciones en la vida cotidiana e histórica adquieren matices distintos según el espacio geográfico de que se trate.

A diferencia de performances desarrolladas en otras latitudes de la región, la de Guatemala adquirió algunas diferencias sustantivas que guardan relación con su complejidad histórica, articuladas a este violento y específico territorio.

Aquí las participantes la iniciaron cantando en dos lugares diferentes -la casa presidencial y el Palacio de Justicia- la siguiente estrofa: «No eran calladitas, eso no les gustó; exigieron sus derechos y el Estado las quemó”.

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Se trata de una estrofa cargada de memoria histórica que denuncia el asesinato de 41 niñas que, supuestamente, estaban bajo la «protección» del Estado dentro del albergue que hacía precisamente lo contrario a su nombre: «Hogar Seguro”. Por esta razón, la parte que dice «el Estado opresor es un macho violador» se escuchó, entonó y movilizó sus cuerpos y emociones con mucha fuerza. Sin dejar de mencionar que la categoría de femicidio fue transformada por la de genocidio. 

Repensando cómo el Estado guatemalteco trata a sus habitantes -porque es imposible hablar de ciudadanos y ciudadanas-, a quienes interpela y desprecia, me llama la atención la relación entre muerte y fuego desde una perspectiva simbólica, metafórica y doliente con la que ese elemento ha sido utilizado por el Estado guatemalteco.

Desde distintos ámbitos culturales el fuego es asumido con diversas tonalidades y matices. El Estado lo ha utilizado como castigo máximo de condena a quienes se han atrevido a cuestionarlo. El fuego ha definido políticas estatales dentro de determinados procesos históricos, devorando la vida misma de sus habitantes. La hoguera, como método por excelencia, ha sido una especie de terapia estatal. El crepitar de sus llamas ha ofrecido tranquilidad a quienes mantienen el control de la cosa pública.

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En el caso concreto de las mujeres, como señala Silvia Federici, se trata de una caza de brujas cuyo objetivo es destruir un cuerpo individual, para así, destruir y desestructurar un cuerpo colectivo. En el actual contexto neoliberal este método es útil para aterrorizar poblaciones, para vaciar territorios atractivos al poder trasnacional.

Por tal razón, como lo ha señalado Lorena Cabnal, la amenaza que se vive en el cuerpo tiene relación directa con la amenaza que se vive en los territorios. El despojo territorial no es ajeno a la extracción de la fuerza vital de nuestros cuerpos. Es parte de un mismo proceso, es una relación del cuerpo-territorio.

En otra estrofa, que no se decía en el resto de las performances y sí en la de Guatemala, se enunciaba lo siguiente: «Ellos te encierran, te queman viva y la justicia después evade…»

Es importante recordar que la tragedia registrada entre el 7 y 8 de marzo de 2017 fue un momento culminante de una serie sistemática de maltratos, agresiones físicas y sexuales, humillaciones, encierros ilegales, violaciones, entre otras atrocidades más, vividas por esas 56 niñas. Ellas llegaron a ese lugar no porque fueran pobres, excluidas, vulnerables; sino porque el Estado las empobreció, las excluyó y las vulnerabilizó. Es decir, las despojó.

Fue lo mismo que hizo, por ejemplo, con las mujeres de Sepur Zarco. Estos escenarios explican por qué concluyó de esa manera esta performance: «No fue el fuego, fue el Estado».

En la actualidad el Estado mediante uno de los procesados, como lo hizo en el caso por genocidio, busca dar un giro a la narrativa y transformar a las 15 niñas sobrevivientes de la masacre del 8 de septiembre de 2017 en culpables de la muerte de las 41 niñas calcinadas.

De manera que no solo te encierran, no solo te queman viva, sino que la justicia evade y te traslada la culpa de sus actos.

Empezar a decirle de frente al poder «y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni como vestía» es un paso necesario para frenar las atrocidades cotidianas que se ejercen sobre los cuerpos individuales de las mujeres, pero que afectan a un cuerpo colectivo.

Y como siempre, son mujeres diversas y posicionadas desde distintos lugares las que se atreven a decirlo de frente; las que tienen el valor de plantarse ante ese «macho opresor».

Y sí, «no fue el fuego, fue el Estado».

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