¿Qué dice de nosotros el transporte que usamos?

Aprovechando cada rincón del tuk tuk para cargarlo al atardecer, en San Juan Comalapa, Chimaltenango.
Grupo de balseros a la espera de pasajeros en Iztapa, Escuintla.
Hombre arrea su caballo en Santa Elena, Petén.
Algo sorprende mientras unos hombres cargan chatarra en Chiquimula.
Una niña en su casa rodante parqueada en Tecún Umán.
Autobús a rebosar en hora punta de la tarde en la Calle Martí, ciudad de Guatemala, Guatemala.
Tricicleros de Pedro Alvarado, Jutiapa, esperan pasajeros en la frontera.
Dos jóvenes viajan en la trasera de un pick up a la altura de Guastatoya, El Progreso.
Empleados del aeropuerto La Aurora, en ciudad de Guatemala, ponen a punto un helicóptero antes de su despegue.
Largo camino a casa, en Santa Eulalia, Huehuetenango.
Un hombre en silla de ruedas espera su oportunidad de cruzar una calle en la Ciudad de Guatemala.
Un hombre llena de provisiones su lancha para pasear por Río Dulce, Izabal.
Gente cruza a diario de un lado al otro del río La Pasión en Sayaxché, Petén.
Un viejo vendedor ambulante de helados descansa frente al estadio Mario Camposeco, en Quetzaltenango.
Un hombre cruza el Puente Belice en ciclomotor, en ciudad de Guatemala.

Los vehículos que usamos para transportarnos revelan mucho de lo que somos, de lo que aspiramos a ser, y de la brecha que hay entre lo uno y lo otro. Así, la carretilla de un heladero tanto como el chopper de un tatascán arrojan pistas a veces sutiles, a veces estridentes que nos permiten conectar eso que vemos con el universo de abundancias y carencias y logros y anhelos del que forman parte: por cada vehículo un tripulante, una velocidad, una perspectiva distinta.

En su abrumadora diversidad, en su lacerante desigualdad, Guatemala nos acribilla todo el tiempo con detalles que hablan de fisuras pidiendo a gritos ser dotadas de relación y de sentido: Guatemala es, a la vez, una sola y muchas realidades atomizadas; unos parecieran empecinados en profundizar aún más esas fisuras, otros jugamos a unir los puntos como en aquellos dibujos de la infancia, preguntándonos qué clase de efigie surgirá en el cuadro total.

Un detalle más para fijarse, sobre todo en los vehículos fabricados en serie (no aplican las yuntas de bueyes ni las canoas), es el esmero que dedican algunos pilotos a la hora de personalizarlos, de imprimirles su toque definitivo, su sello de autor; todo con tal de rehuir el lastre de la uniformidad.

Pase a ver.

Pinche.

Deléitese.

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