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Luís Armando García López, 45, observa el caudal seco del río San Vicente frente a lo que queda del acceso a su casa, aniquilada por la inundación del 2018, en la aldea El Solís, Zacapa. Simone Dalmasso

A esta aldea de Zacapa la destruyó el calentamiento global

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A esta aldea de Zacapa la destruyó el calentamiento global

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Es un desastre a cámara lenta y sus pobladores lo saben. La historia de El Solís es la de un lugar que queda a la cola de un mundo transformandose por el calentamiento global: con lluvias más intensas, ríos cambiantes y poblaciones sin salida. El desastre no termina ahí, el nuevo espacio en donde buscan reconstruir sus hogares también podría quedar atrapado por un deslave.

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«Vo’nos», le gritó Luís a Élida, su eposa, «el río ya no quiere que estemos aquí».

«Nosotros no queríamos irnos de acá y dejar todo lo que se construyó con esfuerzo de allá, pero ese día fueron aquellos chiflonazos de lodo», recuerda el hombre robusto y de pelo corto. Fue una tarde nublada de 2018. El reloj había pasado las 16:00 horas y ya no estaba lloviendo, de hecho, el cielo se estaba despejando. Caminaba a lo largo de la pared exterior de su casa cuando vio cómo se acercaba rápidamente un río de lodo gris. Cayó con tanta fuerza que le salpicaba en el pecho.

Élida Juárez y Luis López sabían que algún día también les tocaría huir y dejar su hogar, pero hasta ese día se habían resistido.

Para ellos, igual que muchas familias de agricultores en la aldea El Solís, Cabañas, Zacapa, construir un hogar en un contexto de pobreza y falta de oportunidades implicó un sacrificio enorme. Luis tuvo que dejar a su familia e irse a Estados Unidos donde, por cinco años, trabajó en construcción en Yonkers, Nueva York. Cada mes enviaba remesas a Élida, así ella pudo pagar el préstamo al coyote, cuidar a los cinco hijos de la pareja, y construir la casa con el apoyo de sus suegros. En 2004 la vivienda estaba lista y Luís regresó. La construcción duró 14 años.

Desde su patio, Luis y Élida tenían una vista amplia hacia el río, que antes quedaba lejos y mucho más abajo.

Durante años vieron cómo la cuenca subía y, en su camino, consumía las casas de sus vecinos que vivían más abajo en la montaña. Otros no esperaron la catástrofe y decidieron desarmar lo que se podía reutilizar para levantar otro hogar en un lugar más seguro.

Hoy el contraste es rudo. Violento. El color amarillento y cálido de la tierra en las montañas áridas que resalta bajo el sol de Zacapa, se rompe ante el gris frío de la arena pedregosa del río San Vicente, que rellena la cuenca ancha, como una carretera de cemento, plana y curvada.

De esa masa infecunda se dibuja perfectamente una forma rectangular, reconocible. Es la pila de la casa de Élida y Luis. Está casi sumergida en arena por fuera y solo acumula el agua de las lluvias que cayeron unos días atrás.

Hoy ya no existe nada, ni la hamaca, ni las dos habitaciones, ni la cocina. Tampoco el suelo en el que caminaban. Con cada lluvia torrencial, el río crece y la corriente aumenta con tanta fuerza río abajo que arrastra sedimentos y piedras. Se convierte en una mezcla pesada, como una avalancha de lodo, que eleva el cauce y muele las paredes de las montañas.

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El Edén quedó sepultado

«Cuando yo crecí, en mi niñez, era diferente todo, porque había mango, naranja, zapote, aguacate, caña, palo de coco, maratón, yucales... Igualito al Edén», explica Miguel Ángel Felipe, un agricultor y residente de 69 años de la aldea vecina, Lomas de San Juan, ubicada al lado opuesto de El Solís.

Ahora el Edén desapareció, está soterrado bajo capas de arena y quienes viven alrededor le llaman «el río traicionero». Lo culpan por la destrucción provocada aunque, en realidad, ese fue un desastre anunciado a cámara lenta causado por quienes habitan alrededor, y también por el mundo entero.

Ángel Cordón, ingeniero agrónomo y coordinador de la Unidad de Investigación y Extensión del Instituto de Investigación y Proyección sobre Ambiente Natural y Sociedad (Iarna) en Zacapa, explica que lo que amenaza a El Solís, y otras comunidades alrededor del río San Vicente como Lomas de San Juan, El Arenal, Cerco de Piedra y aldea San Vicente, se debe a la combinación de dos fenómenos, uno local y otro global, pero ambos causados por las personas: La deforestación y el cambio climático.

Los cambios comenzaron hace años, dice Miguel Ángel Felipe. Tantos que su memoria ya no registra cuántos exactamente, solo sabe que aún era joven cuando él y su esposa también tuvieron que abandonar su casa en la orilla del río, cuando el lodo gris comenzó a crecer.

Cada vez que el lodo gris se arroja por la comunidad deja una huella, una capa de arena que bloquea la filtración natural del agua. Cada capa nueva es un nivel más alto sobre el que corre el río, y eso implica que cada vez está más cerca de las casas.

«Los suelos desnudos tienen menor capacidad de infiltración de agua, algo que se observa en esa zona por la deforestación. Entonces, la cantidad del suelo que se lava en la parte alta es arrastrada hacia abajo. Eso hace que suba el nivel de la superficie de la cuenca del río», dice el ingeniero agrónomo.

Entre los años 1991 y 2016, el área cubierta por árboles en el departamento de Zacapa se redujo por 31,510 hectáreas y ahora tiene 60,289 hectareas, según datos del proyecto SIFGUA. La reducción equivale al espacio de más de 42 mil estadios del Doroteo Guamucho Flores.

Cordón calcula que el suelo «creció» por lo menos 10 metros. Entre Lomas de San Juan y El Solís, en esa inmensa «carretera» aún se ve una reliquia que respalda esa estimación. Es la base de un puente que antes colgaba varios metros sobre el río y que conectaba a las dos aldeas. Hoy el suelo llega hasta el nivel de su base. Es el segundo puente colgante que quedó redundante. Aún más abajo, quedó enterrado el primero.

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Comparación de El Solís entre 2012 y 2020. La imagen satelital muestra cómo las crecidas del río derrumbaron un puente y socavó áreas que antes eran habitadas.

El río llega pero nunca se va

El San Vicente nace en el departamento de Chiquimula, justo al otro lado de la frontera con Zacapa. Durante la época de lluvia se forman embalses naturales en las partes más angostas, que poco a poco se filtran hacia las zonas bajas. El problema, aclara Cordón, es que las lluvias ahora caen con mayor volumen en períodos más cortos.

«Deja de llover diez días pero en dos llueve la misma cantidad que debería de haber llovido en ese mismo tiempo. Eso no permite la infiltración del agua y la escorrentía es mucho mayor. Cuando uno observa el volumen histórico de lluvia, no varía mucho, pero los intervalos sí», enfatiza Cordón.

El problema es el cambio en la variabilidad natural del clima, en este caso la dispersión en la distribución de la lluvia, que es un efecto directo del cambio climático y el aumento de la temperatura a nivel global, según el Sistema Guatemalteco de Ciencias del Cambio Climático (SGCCC).

En la aldea El Solís se genera un efecto avalancha. Dependiendo de las condiciones climáticas de cada año, el suelo seguirá subiendo por los sedimentos que arrastra. Al mismo tiempo, por el volumen de las lluvias, la fuerza de este río de lodo, rocas y piedras es tanta, que destruye las paredes de montaña que toca en su camino y causa deslizamientos.

El Solís y las aldeas que quedan cerca del río, no solo están en riesgo de ser enterradas en lodo, como ocurrió donde estaba la casa de Luís López y Élida Juárez, sino también de caer porque el río escarba cada vez más su fundamento.

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El Solís caerá

Camino a su casa en El Solís, Gladys Felipe se detiene por un momento para tomar un respiro en el aire caliente del mediodía. Contempla el inmenso paisaje lunar que acaba de cruzar para ir a dejar almuerzo a su esposo, él siembra maíz en un terreno en la cima de la montaña, al otro lado del río, cerca de Lomas de San Juan.

Antes se podía cruzar de El Solis a Lomas de San Juan por un puente colgante. Pero después de que el puente original quedó enterrado, y luego su reemplazo, más alto, también, ya no se volvió a construir otro, y los senderos empinados y el río son la única opción para moverse entre las dos aldeas.

Sin mayor esfuerzo, Anderson, su hijo más pequeño de cuatro años, continua la subida que pasa por la casa enterrada de Luís López y Élida Juárez, y otras viviendas abandonadas. Gladys las observa con melancolía.

La casa de Gladys es un espacio acogedor, o lo será mientras dure.

Pronto, ella, su esposo y sus siete hijos también dejarán el hogar de bajareque donde vive desde hace 12 años.

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A cada esquina y rincón del patio las decora una planta o una flor, un juguete de uno de sus hijos o un perro durmiendo. Y la vista desde la hamaca permite saludar a cada vecina o vecino que entra a la aldea. Pero este pedazo es el último de la aldea y el próximo en caer en caso de otro deslizamiento.

Gladys tiene miedo. Mucho miedo. Dice que cuando llueve escuchan los truenos del río y todo a su alrededor tiembla. Cada vez la mujer de 37 años se pregunta si este será el momento en que caerá otro pedazo de la montaña y con él, su hogar.

El riesgo de Gladys es doble

Con los años, la acumulación de sedimentos alteró el cauce del río y transformó la parte de la montaña donde está ubicada El Solís, en un pico delgado y puntiagudo donde las piedras y rocas suben de ambos lados. Desde la entrada de su casa quedan unos metros hasta el barranco de un lado. Y atrás, en el espacio donde Gladys tiene sus animales y un huerto, queda sólo un poco más de un metro.

Hace una semana, comenzaron a preparar el suelo en un lote en Lomas de San Miguel, pronto se mudarán a ese espacio más seguro. A Gladys no le emociona mucho. El lote es más pequeño que el que ocupan ahora y los vecinos, que ella no conoce, estarán muy pegados. Pero no tiene otra opción. Es solo cuestión de tiempo hasta que el río destruya este pedazo de la montaña.

«Sonará muy fuerte, pero esta comunidad se tendrá que mover de allí. El nivel de riesgo es muy alto», dice Ángel Cordón.

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Cordón estima que solo desde principios de 2020 se perdieron 20 metros de ancho de la superficie del suelo en deslizamientos en El Solís. Ahora, son pocos los metros que separan las casas, la escuela pública y la iglesia, del abismo. Las tormentas Eta e Iota que azotaron a Guatemala y Centroamérica en noviembre del año pasado aceleraron este proceso de erosión.

El ingeniero no tiene duda de que este tipo de eventos climáticos extremos serán más frecuentes en el futuro.

«Los fenómenos meteorológicos son cíclicos y ocurren cada cinco años. Mitch fue en el 98, Stan en el 2005, Agatha en 2010. La recurrencia se estima entre cada cinco a diez años, pero lo que provoca el cambio climático es que sean cada vez más recurrentes», explica.

Estos cambios son como una vela quemándose desde ambos extremos. Guatemala enfrentará tormentas con más frecuencia, con suelos menos resistentes. Mientras los efectos del cambio climático serán cada vez más visibles, la degradación del suelo, como la deforestación, deja a la población cada vez más vulnerable ante sus impactos.

Existen proyectos de mitigación que se podrían implementar en El Solís, como estructuras de contención que reducen el impacto del río y reforestación, pero Cordón explica que son muy costosos y en cualquier momento puede pasar una catástrofe que podría echar a perder toda la inversión. En muchos casos, vale más la pena mover la comunidad entera.

A las autoridades locales no les interesan los temas ambientales

El Solís caerá y para las 59 familias que viven en la aldea, la única opción es prevenir e irse antes de un desastre humano. Para eso necesitan apoyo de la municipalidad.

Por eso, Lucas Felipe Juárez, presidente del Consejo Comunitario de Desarrollo Urbano y Rural de El Solís, y otros representantes de la aldea acudieron antes de la pandemia al alcalde de Cabañas, Javier Antonio Ortiz García, para presentarle la emergencia y para que la municipalidad solicitara una evaluación por parte de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred).

Pero el COCODE aún no ha recibido una respuesta ni una visita de la delegación de la Conred en el El Solís. La institución verificó todas las solicitudes de los años 2018, 2019‚ 2020 y 2021 y ninguna corresponde a la aldea El Solís. En junio de 2021 recibió una solicitud por parte del alcalde Ortiz para evaluar 34 casos de riesgo en la aldea El Arenal, a cuatro kilómetros río abajo en el Río San Vicente. Estos fueron identificados el año pasado después de Eta e Iota.

A Lucas Felipe el peligro inminente le preocupa. En una de las paredes de la escuela ya apareció una grieta y él está convencido que dentro de poco otro pedazo de la aldea desaparecerá. Pero El Solís, pese a años de convivir con el miedo, sigue sin un estudio de riesgo y recomendaciones de mitigación. El alcalde de Cabañas no respondió a las solicitudes de entrevista para este reportaje.

Un informe de la Conred de abril de 2018, realizado a solicitud del alcalde anterior de Cabañas, José Humberto Sandoval Castañeda, reveló que El Arenal y las aldeas San Vicente, Cerco de Piedra y Los Encuentros, están en «condiciones de alta vulnerabilidad, debido a la exposición y riesgo a una potencial crecida del cauce» provocada por el mismo fenómeno que afecta El Solís: la degradación ambiental que es arrastrada por el río San Vicente desde Chiquimula. En estas aldeas varias familias también abandonaron sus casas.

La delegación de Conred recomendó realizar estudios adicionales para plantear obras de mitigación y un monitoreo constante, sobre todo en la parte alta del río San Vicente -donde se ubica El Solís y Lomas de San Juan-. Estos estudios siguen pendientes.

Ignorar los impactos reales del cambio climático es un problema general en Guatemala. Bajo las condiciones actuales de vulnerabilidad al cambio climático que tiene el país, las autoridades locales y nacionales deberían estar implementando medidas de manera urgente para aumentar la resiliencia en las comunidades, dice José Miguel Leiva.

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Leiva, ingeniero agrónomo y consultor experto en temas de cambio climático, explica que los suelos arenosos y volcánicos de Guatemala son altamente propensos a la erosión, y por ende más vulnerables ante las precipitaciones normales que causa el cambio climático. Por eso, según el experto, lo que está pasando en El Solís se replica en muchas regiones del país.

«Las municipalidades tienen todo el andamiaje legal para actuar y evitar catástrofes humanitarias. Debieran legislar localmente y emitir ordenanzas en cuanto a qué zonas son vulnerables, cuáles son habitables, cuáles no, qué ríos presentan mayor peligro. Pero no lo hacen. Las municipalidades no le ponen atención a los temas ambientales. No genera votos», dice Leiva.

En el mejor de los casos, en comunidades donde el riesgo aún no alcanza niveles que ameritan desalojar a la población, las municipalidades deben fomentar buenas prácticas de conservación de los suelos que además de frenar la deforestación, pueden detener el proceso de erosión de la tierra, como las barreras vivas y las terrazas de contención. El manejo adecuado del suelo evita, no solo que las lluvias arrastren sedimentos del suelo que poco a poco lo degradan, sino también mantiene la fertilidad agrícola del suelo que es necesaria para la sostenibilidad de las comunidades. Sin esas medidas el suelo fértil se pierde en los ríos y finalmente en el mar, mientras las comunidades tienen que buscar otra forma de sobrevivir.

«Las comunidades están abandonadas y van manejando sus recursos locales como pueden. Si hubiera asistencia para orientar sería otra la situación», resalta Leiva.

El caso de El Solís representa el peor escenario. Leiva teme que el riesgo en esa aldea es tanto, que de un momento para otro el cerro puede desplomarse.

«Los suelos de Cabañas tienen mucho contenido de arena que se erosiona rápidamente. Conred debería de retirar ya a la gente de allí de los poblados. Es urgente», dice.

Luís López y su familia se tendrán que despedir de nuevo

Aquella tarde en 2018, la población de la aldea se reunió para ayudar a sacar las pertenencias de Luis y Élida, antes de que el desastre consumiera la casa por completo. En cuestión de días, la mitad quedó enterrada por la arena gris y la otra mitad simplemente desapareció. Se derrumbó.

El Solís, y las aldeas aledañas, están ubicadas en las tierras ociosas, y extensas, de una finca privada. Ninguno de sus habitantes es dueño del lugar que ocupa, generación tras generación han heredado el derecho a vivir y cultivar ciertos terrenos. En 2018, Luís, como ya lo habían hecho varios de sus vecinos, se fue a pie a San Vicente, la aldea más poblada de Cabañas a 10 kilómetros de El Solís, para solicitarle al administrador de la finca, propiedad de la familia propietaria que le donara otro lote a su familia. Accedió, aunque ahora de nuevo están en riesgo.

Actualmente Luís y Élida viven en la parte alta de la aldea, un poco más arriba de la casa de Gladys Felipe, en un terreno pequeño a la par de la escuela donde ya se abrieron grietas en las paredes.

Élida se mantiene en silencio. Baja la mirada cuando Luís menciona el barranco que se acerca un poco más con cada tormenta. Saben que tendrán que moverse nuevamente. Pero se resisten. No por exceso de valentía, sino porque no saben a dónde ir.

«Todo esto tiene su dueño. Son los ricos los que tienen, y nosotros sólo podemos esperar que nos acepte donar otro pedazo», dice Luís.

Puede pedir otro lote en la finca, pero los terrenos buenos y seguros, ya están ocupados. No quiere tener que volver a mudarse una tercera vez. Ante la falta de opciones, es tentador intentar ir otra vez a Estados Unidos para juntar dinero y comprar su terreno, pero asegura que ya no es como antes. Ir allá también da miedo.

Hace un par de meses, Luis fue a San Vicente y preguntó por los precios para comprar un terreno propio.

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«Me está gustando la idea de venir a hacer una casita y pregunté cuánto vale. 60 mil pesos (quetzales) me dijeron. De 15 metros por no sé cuánto, más la casita. No me alcanza el pisto», relata Luís, forzado a reprimir el miedo.

«Ahorita no me saca el río de acá todavía», dice resignado a comenzar otra vez desde cero.

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