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Más allá de Trump

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Opinión
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Seguro que todos estamos horrorizados. El sentimiento se justifica. Donald Trump fue elegido presidente de la nación más poderosa del mundo. Grandes cambios se avecinan. Ninguno parece bueno.

Hay un par de reflexiones históricas importantes. Por un lado, evitar considerar que entremos en una época completamente nueva. Por otro, dejar de pensar que, como dicen los entusiastas de la nueva política, el siglo XX se resiste a desaparecer. Los períodos históricos no los define el calendario gregoriano y siempre se traslapan.

En su Breve historia del neoliberalismo, el pensador marxista David Harvey ha señalado que es necesario realizar el análisis político en torno a un marco histórico determinado. Este, de forma esquemática, puede hilvanarse de la siguiente forma: comienza, en respuesta a la Gran Depresión, con la emergencia del modelo de Estado social estadounidense llamado New Deal en los años 1930, paralelamente a los Estados totalitarios europeos de la misma época. Continúa con la creación del Estado social europeo de posguerra, que pervive intacto desde finales de los años 1940 hasta mediados de los 70. Finalmente, el Estado social desaparece, gradualmente sustituido por lo que el estudioso llama «Estado neoliberal».

Es decir, Harvey sugiere que, desde entonces, el neoliberalismo no solo se solidifica como una forma concreta de Estado, sino que redefine el sentido común de la política institucionalista y la tecnocracia de los países del primer mundo, tanto de la derecha como de la izquierda. Por su parte, en el resto de los países —esto lo vivimos en Guatemala como el posgenocidio—, el Estado neoliberal se articula con el Estado contrainsurgente que deriva en los procesos de ajuste estructural en la economía, así como en la estabilización, democratización y pacificación en la política. El neoliberalismo, desde entonces, se convierte en la norma del Estado en todo el orbe.

Con base en estos esquemáticos antecedentes, la pregunta que intriga a mucha gente gira en torno a lo que sucede en el mundo en 2016 tras el acontecimiento de casos como el brexit de Gran Bretaña, la salida de Cristina Kirchner en Argentina, el golpe institucional a Dilma Roussef en Brasil, el rechazo a la paz en Colombia y la elección de Trump en Estados Unidos.

El proceso histórico que condujo a la creación del Estado neoliberal, que empieza a hacer metástasis desde el Chile autoritario de Pinochet y su tropa de Chicago Boys, produjo también las condiciones de posibilidad para la emergencia de los fenómenos arriba mencionados. (Estos, por cierto, no se agotan en el lugar común del populismo, en el aparecimiento de los famosos outsiders y en el rechazo al statu quo, como tampoco con las cruzadas contra la corrupción amablemente tuteladas por el Gobierno estadounidense, la naturalización de la ideología de la transparencia, la voyerista cultura de la vigilancia y el narcisista exhibicionismo cibernético en las redes sociales).

Todo apunta a que estamos atestiguando una transformación en la forma del Estado neoliberal. Me explico. El Estado social, al menos en los países industrializados, había generado espacios de seguridad y estabilidad para grandes cantidades de población. La creación de estos espacios permitió el crecimiento de las economías nacionales, así como la consolidación de las democracias liberales en todo Occidente, y previno que las ciudadanías de esos países se vieran atraídas por políticas alternativas totalitarias.

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Tras su crisis en la década de 1970, varios de los especialistas y políticos que administraban el Estado social pasaron a formar parte del ejército de tecnócratas necesarios para ejecutar el proyecto privatizador de los beneficios sociales de la época previa. Muchos de estos sujetos, a pesar de verse a sí mismos como progresistas, quedaron capturados en la hegemonía del neoliberalismo: convirtieron este en sentido común, en un callejón sin salida. De ahí que muchas de las izquierdas partidistas que emergieron a lo largo de esa época, en vez de alternativas reales al modelo de Estado neoliberal, ofrecieran únicamente mecanismos para retardar y maquillar los efectos más destructivos del tipo de capitalismo global que estaba siendo reproducido por los capitales corporativos multinacionales, que tendían a dejar en el desamparo a grandes masas de población de por sí ya vulnerable.

Mi hipótesis, por el momento, es que con la serie de acontecimientos de 2016 no necesariamente atestiguamos una crisis del Estado neoliberal, sino una crisis de la capacidad de la tecnocracia progresista de administrar la fantasiosa cara humana del Estado neoliberal. En otras palabras, es una crisis del, por paradójico que suene, neoliberalismo de izquierdas.

En sustitución, lo que vemos ahora es la emergencia de un neoliberalismo autoritario, que mantiene políticas tales como la privatización de los servicios sociales y la securitización de la vida cotidiana, pero que ahora se acompaña de discursos altamente conservadores, racistas, xenofóbicos, homofóbicos y particularmente autoritarios, que, por su directa conversación con expresiones populares de cultura, resuena en las mayorías que los apoyan. Como decían algunos al inicio de la campaña de Trump: «Él dice las cosas claras, como son». Es decir, la derecha conservadora neoliberal ha (re)aprendido a hablarle a la gente humilde directamente, sin hacerla sentir estúpida o ignorante. Inversamente, parece que estas mayorías no solo se sienten traicionadas por las autodenominadas izquierdas liberales (los ejércitos de tecnócratas progresistas), sino también perciben que, por su naturaleza plebeya y popular, las élites progresistas los desprecian.

La izquierda neoliberal está condenada a desaparecer si continúa con esa tendencia de rechazo, y eventualmente de odio, contra formas sociales populares que no comparten su elevado nivel de educación, sus gustos, su privilegio y su acomodamiento al sistema. En los últimos meses de campaña electoral en Estados Unidos, por ejemplo, ocurrió un fenómeno recurrente. Personas progresistas (casi siempre urbanas, blancas, de clase media) que apoyaban a Clinton, al momento de discutir con gente más humilde, aderezaban los debates con apelativos como «ignorantes», «endogámicos», «rednecks» o «campesinos», con un etcétera largo. ¿Pasa algo similar en Guatemala?

De algún modo, tal vez sea bueno que esas posiciones elitistas de izquierda (el neoliberalismo de izquierda) entren en crisis. Quién sabe: tal vez sea bueno que desaparezcan. Lo que sea que se organice como alternativa al neoliberalismo autoritario que se sedimenta en la actualidad tendrá que emerger desde formas populares radicales de organización social y política, emancipadas de la tutela de las tecnocracias ilustradas, que se dedican más a estabilizar el neoliberalismo que a buscarle alternativas de largo plazo.

Pensando en el filósofo Jacques Rancière, quizá este sea el momento del antagonismo y el disenso, el momento del pueblo y la emergencia del principio igualitario como el fundamento de la democracia.

No necesariamente somos testigos de una crisis del Estado neoliberal, sino de una crisis de la capacidad de la «tecnocracia progresista» de administrar la fantasiosa «cara humana» del Estado neoliberal. En otras palabras, es una crisis del, por paradójico que suene, «neoliberalismo de izquierdas».
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