Cuando te enseñan doctrinas económicas o historia del pensamiento económico, se gasta buena parte del tiempo en estudiar las utopías, aunque el término se debe a Tomás Moro, quien tituló así una de las obras más importantes de este género; desde La República de Platón se repite la visión de un Estado ideal. Utopía significa literalmente “no lugar”, por lo tanto se refiere a algo inexistente o imposible de encontrar. En la obra de Moro se bautizó con este término una isla perdida en medio del océano, cuyos habitantes habían logrado el Estado perfecto: un Estado caracterizado por la convivencia pacífica, el bienestar físico y moral de sus habitantes, y el disfrute común de los bienes.
Este título deja claro que, por muy deseable que fuese un Estado de este tipo, Utopía es un sueño imaginario e irrealizable. En general, se puede definir una utopía como un Estado imaginario, que reúne todas las perfecciones y que hace posible una existencia feliz, porque en él reinan la paz y la justicia. Sin embargo, para la historia del pensamiento económico y social, las utopías tienen funciones prácticas.
Las utopías tienen una función orientadora cuando describen una sociedad perfecta; algunos de los procedimientos que se describen pueden aplicarse a posibles reformas y orientar la tarea organizadora de los políticos. Son útiles al señalar la dirección que deben tomar las reformas políticas en un Estado concreto.
Tienen también una función crítica, al comparar el Estado ideal con el real, se advierten las limitaciones de este último y lo que resta por alcanzar. La utopía está construida a partir de elementos del presente, ya sea para evitarlos o para potenciarlos; y supone una sutil pero eficaz crítica contra las injusticias y desigualdades evidentes tras la comparación.
En las utopías se reflejan los sueños e inquietudes de la sociedad en la que el autor vive. Nos permiten reconocer los valores fundamentales de una comunidad en un momento concreto, y también los obstáculos que éstos encuentran a la hora de materializarse; o sea que las utopías no sirven tanto para construir mundos ideales como para comprender mejor el mundo en el que se vive.
En nuestra sociedad, los planes de gobierno que presentan los candidatos previos a las elecciones, la creación de “mesas de diálogo de alto nivel”, los motivadores extrapolables y multinivel desde Lou Tice a John Maxwell son parte de la función esperanzadora, aunque se pretenda aplicar el relativo éxito corporativo a crear condiciones de éxito en una sociedad. Se dice que el ser humano es esencialmente un ser utópico; la necesidad de imaginar mundos mejores es exclusiva de la especie humana: por muy injusto y desolador que sea el propio entorno, siempre resulta posible imaginar y construir uno mejor. El desencanto y hasta el cinismo también suelen llevarnos al hartazgo y no valorar (o quizá valorar en función de su inutilidad) los esfuerzos por trasladar esperanza. Al fin de cuentas: “luchar por una utopía, es en parte hacerla realidad”.









