Evelyn Price

Vos no elegís la lluvia 

Alguien sostenía que la gente vota por convicción, que las ideas políticas son el resultado de un pensamiento libre y racional. Es normal pensarlo, me dije a mí misma, porque la política es el territorio donde más creemos que elegimos conscientemente: el voto, la militancia, las ideas. El dominio de la voluntad por excelencia. Pero estoy profundamente en desacuerdo. Así que desde la esquina donde estaba, dije en voz alta: ¿Cuándo Anna Karenina vio a Vronski por primera vez, tomó una decisión?

Nadie respondió pero todos me miraron con extrañeza. Una de las personas apuntó que Anna Karenina no tenía nada que ver con política. Tuve que diferir. Tolstói era profundamente político, anarquista cristiano, excomulgado, enemigo declarado del Estado y de la hipocresía aristocrática. Anna Karenina no muere por amar a Vronsky, muere porque una sociedad construida sobre el poder y el género la condena a ella y no a él. Eso es política. Y es precisamente por eso que Anna es el argumento perfecto contra el libre albedrío: Tolstói nos muestra a alguien que tiene todas las condiciones para elegir libremente y aun así no puede.

Pero yo no quería hablar de política. Yo siempre quiero hablar del amor. Y de paso, de un problema sin solución: el del libre albedrío, por supuesto. Porque la misma pregunta que flotaba en esa conversación, «¿realmente elegimos?», es exactamente la que me persigue cuando pienso en amar. Spinoza dice que creemos que somos libres solo porque ignoramos las causas que nos mueven. Mi mamá dice que el amor es una decisión. Yo quiero creerle a los dos y no puedo creerle del todo a ninguno, y eso me ha patrocinado más noches sin dormir de las que quisiera.

El amor y la política tienen todo que ver, precisamente porque en los dos creemos que elegimos y en los dos estamos equivocados.

No digo con esto que sea una víctima de mis circunstancias ni una muñeca de trapo. Pero hay algo más grande que me mueve cuando se trata del amor, algo que no logro identificar cuándo empieza. De pronto estoy con un pie en las vías del tren y el otro en el pavimento. Lo disfruto y lo padezco. Pero no lo decidí. Me envuelve la certeza de que ir en contra sería una abominación, porque si el amor se te presenta no decís que no. Nunca decís que no. Aunque ese amor tampoco te haga feliz, como no hizo feliz a Anna.

Estaba pensando en todo esto cuando alguien me interrumpió. «Eso no es de lo que estamos hablando», dijo, con un tono que escucho todos los días desde hace más de un año, el de quien cree que un tema le pertenece. Me quedé pensando un segundo. No quise apresurarme a responder. ¿No?, dije. Porque a mí me parece que elegir una ideología se parece bastante a enamorarse. Las ideologías nos interpelan, nos llaman, y nosotros respondemos sin saber muy bien por qué. No las elegimos racionalmente, nos reconocemos en ellas. Creés que estás actuando libremente cuando en realidad estás siguiendo un guion que ya estaba escrito. Igual que en el amor. Y sin embargo hay algo hermoso en ese horror: los dos te piden entrega total, los dos te prometen sentido, y en los dos estás dispuesto a perderlo todo por algo que nunca terminaste de elegir. La diferencia, quizá, es que de una ideología a veces se puede salir. Del amor no hay salida. Y puedo citar a alguien que lo sabía mucho mejor que yo, pero voy a dejar eso para el final.

La verdad es que solo estaba buscando un pretexto para decir que me enamoré. Y esa conversación, que empezó en la política y terminó donde siempre termino yo, me hizo pensar en Anna Karenina, en Spinoza, en mi mamá, y en mí. El amor y la política tienen todo que ver, precisamente porque en los dos creemos que elegimos y en los dos estamos equivocados. Por eso no suelo participar en conversaciones donde la gente parece absolutamente convencida de algo. Yo no estoy convencida de nada. Excepto de una cosa: creo en el amor. Lo he hecho. Lo he padecido. Lo he disfrutado sin poder explicar del todo por qué ni cómo empezó. Y le creo a Cortázar cuando dice que en el amor no se puede decidir, que no es una elección sino un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. No elegís. Te parte. Y aun así, o precisamente por eso, seguís creyendo en él.

Por eso el amor es siempre una revolución. Es irreductible. Nadie te lo puede quitar porque nadie te lo dio. Te bajás de un tren un día, el mismo tren que te va a arrollar, y ves los ojos de alguien que siempre ha sido la persona a la que ibas a amar sin medida.


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