Mildred Hernández

Si Guatemala no fuera una finca o una piñata

Hace unos días recibí un correo en el que, de manera contundente, asqueada y frontal, Risto Mejide, en el periódico El Mundo, les habla a los políticos de su país, que también podría ser el nuestro. Una vez aclarada mi fuente, paso a parafrasear, pero a la inversa y también a la conversa, un poco de lo que este periodista dice, especialmente porque el año entrante nos tocará vivir esa pirañada de propaganda política para ver quiénes se reparten los beneficios del territorio nacional como si fuera una finca, una piñata o un botín al mejor postor.

Lo cierto es que a muchos nos gustaría que Guatemala se quedara sin políticos que roban, que mienten, que utilizan los discursos populistas para engañar a un pueblo iletrado e ingenuo, mientras bajo el tapete de sus negociaciones eligen apoyar a empresas, personas, instituciones, asociaciones y, en resumen, a todos aquellos que más dinero y beneficios personales les concederán cuando hayan accedido al poder, sin importar que con sus acciones perjudiquen aún más a toda la población.

También nos gustaría dejar de escuchar las falsas razones, los argumentos tontos, abusivos absurdos e insultantes, tipo el está rebonito, que dicen quienes nos gobiernan para tratar de tapar con el escándalo ridículo de sus palabras las atrocidades de sus actos corruptos y traicioneros. Sería bonito, en verdad, dejar de oír sus voces chillonas, dejar de ver los gestos cínicos y desvergonzados de sus rostros, que en conjunto solo nos asquean al punto del vómito por el tamaño de su infamia. Por ellos, que llegaron adonde están con el único fin de enriquecerse a toda costa, y por nosotros, que con nuestra indiferencia, nuestro miedo, nuestra desidia, nuestra credulidad y la esperanza de un lugar mejor donde vivir se lo permitimos.

Nos gustaría que nuestros políticos actuales decidieran, por un asomo de dignidad autoconsciente, irse sin dejar rastros, pero irse sin nada, así como vinieron al mundo, para que nadie nunca más los siguiera ni intentara, tampoco, aún peor, imitarlos de nuevo. Para que la política y los nuevos políticos asumieran el verdadero rol de buscar el bien del pueblo, que es el de todos, y no solo el de quienes cada cuatro años lo gobiernan.

Cómo quisiéramos que en Guatemala existiera un 51 % de políticos como José Mujica, el actual presidente de Uruguay, por ejemplo. Ni siquiera que fueran todos, pero, eso sí, que esa mayoría mínima cada vez fuera creciendo para que los políticos tuvieran la conciencia plena de su quehacer, de la ética de sus acciones, de la no corrupción, de la no impunidad, del no atropello de los derechos de los demás. Y también para que los guatemaltecos pudiéramos creer, de nuevo, en un futuro no tan lejano que sea mejor.

Qué bonito sería de verdad.


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