Muchas opiniones se emitieron respecto a las tristes acciones del cirujano en los meses anteriores; sin embargo, han sido pocas las veces que he leído o visto de forma pública una opinión de un colega médico.
Esta es una situación curiosa porque, en la profesión médica, sobre todo durante las primeras etapas de la vida profesional, es frecuente recibir críticas severas y acaloradas por parte de un colega de mayor experiencia sobre el manejo de los pacientes.
Al decir «manejo» me refiero a la forma en la que un médico decide actuar con respecto a la salud de su paciente; es decir, qué acciones llevará a cabo para recuperar la salud de su consultante.
Quizá sea hora de dejar de criticar tanto en lo privado y a partir de egos inservibles, y empezar a hacerlo afuera desde la conciencia social, con plena convicción de que como médicos tenemos un deber público que no podemos eludir.
A menudo, los médicos más antiguos se sienten muy cómodos cuestionando a viva voz los manejos de su contraparte más joven, y no siempre con el objetivo de enriquecer y aportar a una pronta recuperación, sino con el propósito de menoscabar la autoestima y el empoderamiento de los menos experimentados. Por eso me sorprende que, en una comunidad profesional tan acostumbrada a la crítica, fueran pocas las voces que resonaron en instancias sociales a propósito del manejo terrible en este caso particular. Uno podría esperar un pronunciamiento por parte de directores de hospitales, jefes de servicio o referentes de la comunidad médica, pero no hubo.
¿Por qué aparentar distancia de este fenómeno y fomentar una especie de mutismo sobre el tema, cuando en la intimidad de la comunidad médica la crítica permanece como una tradición intergeneracional, pétrea, casi obligatoria para quien desea consolidarse como un médico de prestigio?
Quizá sea por mantener una especie de hermetismo frente a la sociedad en general, por apartarnos tal vez del ojo público y criticar solo en la seguridad de lo privado. Malouf fue médico; sin embargo, en lo que a la deontología médica concierne, no lo es ahora ni lo será de nuevo.
Hay que reconocer que no hay médico infalible, que es inherente a la profesión el riesgo de provocar en otro ser humano algún tipo de complicación, no por voluntad, obviamente. No obstante, lo que hace a Malouf un villano no es la aparición de una complicación, porque cualquier cirujano puede sufrirlas, y Dios nos guarde con Dios nos libre de sufrirlas.
Lo que hace a esta circunstancia tan grave y tan triste es el hecho de no asumir la responsabilidad de los actos y tratar de hacer como si nada hubiese ocurrido. Lo inhumano: desmembrar, transportar al aire libre en una maleta y luego enterrar en una finca lejana los restos de una paciente, como quien dice: «enterrado el perro, acabada la rabia».
Insisto, es curioso —sin duda—, que quienes estamos acostumbrados a ser criticados y a criticar no hayamos hecho más ruido ante un desastre de tales proporciones. Que hayamos decidido callar ante el fracaso de la ética de una comunidad profesional. Quizá sea hora de dejar de criticar tanto en lo privado y a partir de egos inservibles, y empezar a hacerlo afuera desde la conciencia social, con plena convicción de que como médicos tenemos un deber público que no podemos eludir.









