Gabriela Carrera

Los barriletes y las jacarandas como símbolos patrios

La identidad de un pueblo pasa por reivindicar el derecho de ser, de poder afirmarse en tanto “yo”. La literatura, desde siempre, ha abierto brecha en la búsqueda del ser, se ha mantenido como espejo, como expresión, como reconocimiento.

Si bien la literatura colabora con lo suyo en lo colectivo, en la identidad que se convierte en identidad política también, comienza siempre siendo una relación personal con quien lee un libro. El acercamiento de la literatura con los niños que tienen la oportunidad –privilegio, en este país– es casi un acto excepcional, y si esos libros no son de vampiros gringos sino de su realidad, estamos hablando de un acto infante casi rebelde a un sistema cultural hegemónico.

Los niños de hoy, qué dirán cuando les pregunten quiénes son; pienso en los niños citadinos en donde la tradición de su pueblo o sus pueblos, se entremezcla con tantas intervenciones tecnológicas, juegos en celulares y nuevas culturas de consumo que a la larga van imponiendo una identidad de homo clientus. Niños que no son más que un público meta a quién vender, y una buena inversión para la publicidad que puede moldear a su gusto las necesidades de cualquiera, la vida a final de tantas. Una estrategia abarcadora y total que no deja opción a la diferencia, y cuando ésta es rentable la hace un elemento más de una ecuación para su beneficio.

Encontré en la pequeña y encantadora librería Casa del Libro dentro de Casa Cervantes la publicación de Editorial Cultura, “Los habitantes del aire”. Es a la vez una poesía y un cuento  de Vania Vargas, ilustrado por Martín Díaz Valdés, Gorirón. Se suponía que era un regalo para mi sobrina Paula que está aprendiendo a leer y que se siente frustrada por no tener tele en su cuarto; ya lo he leído varias veces desde que lo compré, y no me he limitado el tiempo para quedarme perdida en esa niña de blusa a rayas que se deja llover jacarandas encima. La misma niña se enreda en los ires y venires de las bolsas plásticas y los barriletes. Todo pasa en donde los árboles son de verdad, y los zanates no vuelan en alguna pantalla. Es una niña hechizada por la Luna, que mira por la ventana, que se deja encantar por el mundo.

De alguna manera me ha gustado encontrar mi niñez también, en los barriletes del Campo Marte cuando sólo eran campos, en las palomas a las que dábamos de comer después de la misa en Catedral y en los zanates que se paraban en la higuera y el clavel japonés de la abuelita, en la misma casa que está hoy Paula. Las bolsas plásticas son como ésas que ella ayuda a cargar a su mamá desde el supermercado de la esquina, y espero que ella también encuentre cómo pueden hablar. Y ojalá que le animen a contar sus propias historias.

Nuestra identidad es una historia real y concreta que vivimos y de la que hacemos parte, que se experimenta diariamente para finalmente asumirla como tal. Los niños deben también encontrar en su tierra los propios símbolos patrios de su historia personal y colectiva y de la relación que existen entre ambas, de su tiempo, de sus sueños, de donde les ha tocado vivir. “Los barriletes son la bandera de la infancia, esa patria”, que  no se les niegue la posibilidad de saber qué se siente al poder hacer volar un barrilete en el cielo encendido de noviembre.

Gracias por ese viaje al pasado que es un viaje al presente de Paula. 


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