Tristemente, fueron familias las afectadas por estos delincuentes que llegan a los escenarios deportivos a descargar su rabia y resentimiento, alimentado durante la semana en su vida diaria, actividades cotidianas y trabajos. De ahí nos preguntamos: ¿por qué cada vez es menor la gente que llega a los estadios a disfrutar de un partido de futbol? ¿Por qué las familias se han alejado de asistir a un evento recreativo como lo es este deporte? Es porque han encontrado que día a día, partido a partido y desde hace unos 15 anos a la fecha (cuando empezó a organizarse un sector de la afición en grupos disfrazados con la vestimenta de porra o barra brava y no son más que individuos desadaptados socialmente que caen en actividades de vandalismo) la violencia ha aumentado en cada uno de los escenarios futbolísticos. Antes se hablaba de que las aficiones podían convivir juntas, lado a lado, un partido de futbol. Hoy, es impensable concebir una idea de esa magnitud gracias al fanatismo de algunos individuos.
Ahora bien, y buscando una explicación más a fondo del porqué del problema. Lo que se vivió el domingo 15 en el estadio no es más que un vivo reflejo de lo que pasa en la sociedad guatemalteca. Una seguridad inoperante, individuos desadaptados socialmente, el abusivo siempre abusando del inocente, violencia desmedida y lo que es peor… que queda impune el crimen. Dando un seguimiento a los sucesos del domingo y las posibles sanciones, vemos que todo se quedó ahí, como pasa en la vida real y lo vivimos día a día. Nuestras autoridades se hacen de la vista gorda y se hacen los desentendidos.
Vimos en la transmisión que el partido tuvo que ser suspendido por 15 minutos porque un grupo de vándalos de una “porra” empezó a agredir con bombas al árbitro asistente como muestra de desaprobación de una decisión del mismo. Nadie de la seguridad llegó a retirar a esos criminales y como digo siempre: el que no hace nada en contra del criminal se vuelve cómplice del crimen.
Los sucesos acontecidos al terminar el partido fueron una verdadera barbarie, donde no hubo detenidos ni habrá acciones legales contra los responsables directos e indirectos. Es preocupante que la gente crea que con pagar una entrada tiene derecho de descargar todo lo negativo de sus vidas sobre los jugadores, árbitros y la afición rival. Se ha vuelto una bomba de tiempo cada partido en este deporte, donde en cualquier momento puede ocurrir una tragedia. Cada vez las autoridades se preocupan menos en ofrecer al que compra su entrada, un ambiente de seguridad que le permita recrearse sanamente. El presupuesto asignado a la seguridad es cada vez menor y por ganarse unos centavos más contratan una empresa de seguridad sin experiencia o que lleva pocos efectivos para asegurar el evento. En otros países las llamadas porras son de tamaño superior (oscilan entre los cinco mil y 10 mil integrantes) a las que encontramos en Guatemala. La porra del Colo Colo, de Chile, que es de las más agresivas en Sudamérica, es escoltada en el ingreso y egreso de los partidos y monitoreada durante el espectáculo por la policía nacional e incluso le vetan el ingreso.
Un grupo de 25 desadaptados sociales que rozan la línea del crimen no pudieron ser controlados por una empresa de seguridad deficiente y lo peor fue que al terminar el partido abrieron las puertas de acceso a la cancha para que la afición invadiera la misma.
Señores, dejémonos de hacernos los tontos y hagamos las cosas bien. No promovamos la forma tan mediocre de pensar del chapín con el “así que se vaya” y hacemos nuestro trabajo a medias con la regla del menor esfuerzo. Al final, esta forma de pensar se vuelve un modus operandi y se transmite de generación en generación.
El momento en que los equipos, la Liga Nacional y la Federación hagan su trabajo como debe ser y entiendan que la seguridad desempeña un papel importante para que la afición regrese a los estadios, ese día volveremos a ver partidos con una afluencia de aficionados importante. El futbol es un espectáculo y deben entenderlo como tal, donde podemos compararlo con una obra de teatro, un cine, un circo o un concierto. La gente acude a un evento futbolístico para satisfacer la necesidad de ver un espectáculo. Las autoridades deben ofrecer máxima seguridad, porque el domingo mencionado pudimos tener una tragedia parecida a la del octubre de 1996, donde murieron más de 90 personas en el estadio.









