Karin Slowing Umaña

La Reforma Constitucional: un asunto de confianza

Al parecer, la idea de una reforma constitucional ha sido bien recibida por varios sectores de opinión. Pero, al igual que con la despenalización de las drogas, es muy difícil saber a estas alturas si el remedio no resultará peor que la enfermedad.

Todo dependerá de la posología. Habrá que esperar la propuesta. Ojalá no sea luego muy tarde para pronunciarse.

Los imponderables que podrían surgir en un escenario tan volátil, plagado de conflictos entre grupos en abierta contienda por avanzar sus intereses particulares y ejercer el control de largo plazo sobre el aparato estatal, son muchos. Especialmente, porque a la volatilidad interna, se suma la externa y las crecientemente perfeccionadas tácticas del clientelismo y de las triquiñuelas y argucias legales que han sustituido el debate, la búsqueda de acuerdos y compromisos políticos entre partes con distintos intereses y formas de entender lo que es la nación y lo que debe ser el Estado. Mecanismos que han venido a sustituir también la ética, el talento y la ideología clara en el ejercicio de la política.

Para emprender una reforma a nuestra Carta Magna hace falta un activo social esencial: La confianza. Una ciudadanía con apenas seis años promedio de escolaridad, mucha de ella analfabeta funcional,  más preocupada por sobrevivir el día y llevarse al menos un tiempo de comida a la boca, necesita confianza, información fácil de comprender, y liderazgos que no nazcan del oportunismo, la compra de casillas o curules o productos mediáticos fabricados para masas.

Confianza en que las autoridades no usarán la ocasión para perpetuarse en el poder, sea como individuos o como partidos; confianza en que el Congreso no reformará para acrecentar sus privilegios e impunidad; confianza en cambios profundos al sistema político, pues la falta de interés de los partidos por la ciudadanía que los elige es la única constante; confianza en que los mecanismos para designar una eventual Asamblea Constituyente no sean tan deleznables como los que ya caracterizan los procesos electorales (clientelismo, consumismo y aprovechamiento de la ignorancia y la necesidad de las mayorías que solo importan a la hora de votar).

Confianza en que la reforma propiciará una sociedad y un Estado plural, más equitativo e incluyente, una sociedad sostenible. Confianza en que no se busca eliminar la tutela del Estado sobre los recursos naturales del suelo, subsuelo y mar que nos quedan, para favorecer la voracidad transnacional y local. Confianza en que los derechos económicos son para todos. Confianza en que la reforma no será para callar las voces ciudadanas, sea las que se expresan en los medios, las que recuperan nuestra memoria histórica en archivos o fosas, o bien las que se expresan en las consultas comunitarias.

Confianza en que previamente se crearán condiciones para reducir las asimetrías de información, de poder, de influencia para que, del proceso que se geste, no salga una nueva Constitución sino una ciudadanía fortalecida, orgullosa de ser parte de ese nuevo acuerdo social y político incluyente.

Confianza, sobre todo, en que, previamente, se consultará si la sociedad quiere o no cambiar su Constitución actual y que se respetará su mandato soberano si dice ¡NO al cambio! Confianza en que ese NO, no se “corregirá” NUNCA MÁS a sangre y fuego.

En suma, la confianza no la dará el discurso. La dará el respeto a la actual Constitución, esa que consagra nuestra igualdad ante la ley, nuestro derecho al desarrollo, nuestro derecho a ser consultados sobre el Estado que queremos antes de volverlo a trastocar para asegurar que siga siendo un Estado para unos nada más. La dará un proceso debidamente diseñado, que sin precipitaciones ni carreras, permita la participación, la representatividad, la equiparación de asimetrías entre ciudadanos. Sin eso, y una propuesta precisa, clara y concreta, ampliamente discutida, la confianza será también una palabra vacía, como lo podrá ser también, una nueva Constitución.


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