Se escucha entonces el silencio absoluto y en esa duermevela, cuando todavía no se han abierto los ojos y se está en la disyuntiva entre levantarse o darse cinco o diez minutos más, es cuando la realidad adquiere dimensiones distintas.
No se piensa entonces en los problemas que aquejan el país, por ejemplo. No provoca una sensación de malestar ni frustración que en el gobierno de turno se lleven a cabo con relativo descaro transacciones, nombramientos fallidos, despidos incomprensibles, maquiavélicas movidas políticas con fines meramente personales o partidistas. No importa en ese momento.
Tampoco tienen relevancia las cuestiones carcelarias, esos reality shows, que si no fueran ciertos, serían excelentes telenovelas como las de la mafia y el narcotráfico que tanto éxito tienen en la televisión por estos días. Mucho menos cuestiones como el clima y la sequía, el calor sofocante o la espera infructuosa de las lluvias que no se asoman.
Se logra entrever acaso algún área de la vida personal, esa en la que se debe mejorar y que los libros motivacionales logran convencer sobre su posible realización. Finalmente, soñar no cuesta nada, y levantarse no es alcanzar los sueños sino caer en la cuenta de la realidad que no es otra cosa sino eso: la realidad apabullante de vivir en un territorio librado a la ley de la impunidad.
Porque en eso se ha convertido Guatemala: la eterna espiral surrealista sin cabeza ni cola donde se dan lugar los hechos más inverosímiles, imposibles de creer incluso para la imaginación más alocada.
Porque si ya la vida es de por sí difícil, vivirla en Guatemala lo es aún más. Pese a ello, o quizás por lo mismo, asombra cómo hay quienes no han perdido todavía la fe, la esperanza, la voluntad para oponerse, la fuerza para seguir confrontando, discutiendo, criticando las acciones de los políticos, de los comerciantes, de los funcionarios que incumplen con sus funciones. Asombroso ver cómo la frustración se convierte en arte, en poesía, en pintura o danza, en cine o documental, porque en una sociedad donde se ha golpeado e incluso eliminado físicamente a quienes han alzado su voz, todavía existen quienes tienen coraje para la lucha, aunque sea de colores y palabras.
Finalmente, la duermevela acaba. Se escucha de nuevo el zumbido de algún mosquito, la hora de abrir los ojos y de asumir las responsabilidades de un día más se imponen.









