Durante buena parte de 2011 y 2012, los mercados financieros fueron una montaña rusa. Cualquier comentario de Angela Merkel o de las autoridades monetarias europeas ponía a los inversionistas a temblar o a suspirar. Esto nunca fue más cierto que durante la cumbre de Bruselas de 2011 –aquella cumbre en la que David Cameron famosamente vetó el tratado de rescate franco-alemán, acción que le valdría un fugaz despegue en las encuestas. En esas fechas, los mercados –o más bien sus embajadores terrenales, los gestores de fondos de inversión– no despegaban el oído de las noticias, pues cualquier rumor surgido de la encerrona podía hacer que las cosas despegaran o se cayeran.
Conforme las cosas subían de tono, la discusión fue saliéndosele de las manos a los círculos que la dirigen en condiciones normales. Permeó hacia los medios y, como consecuencia, el ciudadano se educó en conceptos arcanos de la Economía como el spread o la “Zona Monetaria Óptima”. Difícil decidir si con esto la discusión “se elevó” o “se degradó”, pues por un lado –viéndose ampliada la discusión– los ciudadanos adquirían el poder para romper la parálisis que había secuestrado a los técnicos, pero por otro también los aspectos técnicos y académicos podían acabar prisioneros de las estrategias de manipulación de masas de la política, entre ellas la difusión de teorías conspirativas y falsas dicotomías.
¿Cuáles fueron algunas de las peores infracciones? Seguramente, aquí se encontrarán las discusiones fuera de proporción en torno a titulares como este o el tono híper-nacionalista con que se recibían las noticias de Bruselas en los países de la periferia. O las advertencias apocalípticas sobre el colapso de la Eurozona. Sin embargo, a pesar de lo oscuro que en algún momento llegaron a ser las perspectivas y de lo evidente de la estrategia de llevar “agua para su molino” de distintos actores, Europa hoy parece estar alcanzando los primeros frutos de las cosas que ha hecho bien.
No ha salido en titulares, pero la crisis de la deuda europea ya hace tiempo terminó. Un par de cifras lo ilustran. Si Francia quiere adquirir deuda hoy, puede financiarse a la tasa más baja de los últimos cinco años. Italia, España, e incluso Portugal también pueden hacerlo. Más alegría debería causar Grecia, que en su peor momento llegó a pagar rendimientos de hasta 36% para financiarse y hoy paga tasas apenas un par de puntos más altas que las de antes de que todo esto ocurriera. Y los mercados accionarios –cuya lectura es como un prólogo al futuro de la economía– no son menos optimistas. De su punto más oscuro en septiembre de 2011, los principales índices de Francia (CAC-40), Alemania (DAX), el Reino Unido (FTSE 100), España (IBEX 35), Italia (FTSE MIB), Holanda (AEX) y Grecia (ASE) han ganado entre un 25% y un 86%, superando con creces la media histórica de rendimiento de este tipo de mercados, que es de un 8% anual. Así es que si los inversores de acciones la ven diferente es porque la ven mejor.
El viejo continente no sólo ha salido de la crisis, sino que ha vuelto a ser sexy en el mundo financiero. No extraña que grandes actores como Citigroup ya desde hace varios meses le apuesten, especialmente tomando en cuenta que los cuellos de botella que podrían descarrilar la recuperación son tan solo una posibilidad lejana. La baja inflación y el desempleo hacen muy improbable un cambio de política de la banca central, mientras que los ajustes estructurales de los gobiernos de la región están funcionando, siendo así que los principales países de la región están encaminados –más temprano que tarde– hacia el cumplimiento de los compromisos fiscales de la Unión Europea.
A pesar de tantas voces que presagiaban el inminente colapso del modelo social europeo, la realidad es que –a pesar de que ha sufrido y continuará experimentando cambios– cada vez se puede decir con más seguridad que éste seguirá ahí para las próximas generaciones. Es más, en algunos países como Alemania incluso han agregado conquistas nuevas como el salario mínimo federal. Y en lugar de colapsar y desintegrarse, la Eurozona ha atraído a nuevos socios, como Letonia y próximamente Lituania.
Quizá esté tardando, pero el modelo europeo de competitividad –contar con una población educada, excelente infraestructura y sociedades igualitarias y estables– también da sus frutos. El largo camino europeo hacia la recuperación ofrece esperanza. Pero, sobre todo, para ellos y para nosotros, ofrece una lección de gran valor: los grandes cambios no son siempre los que salen en titulares.









