Mientras a varias personas se les identifica o se identifican a sí mismas con alguno de estos posicionamientos políticos, muchos más son quienes piensan que no vale la pena definirse en ninguno.
Quizás usted sea de la gente que lo ha pensado bastante, se ha dedicado a leer sobre las teorías, las corrientes, los matices, pero ninguno le convence. Tal vez hay alguien que se dice de derecha (o de la izquierda), pero como le cae mal, usted nunca estaría de ese “lado”. Podría ser que nuestra historia maniquea lo asuste, pues en Guatemala la expresión de ideas políticas ha sido objeto de polarización y la represión. A lo mejor se dio cuenta de que hay demasiados estigmas y, al intentar expresar abiertamente su posición, las reacciones han sido de sorpresa, burla o desprecio. Probablemente no ha analizado mucho los asuntos políticos, económicos y sociales porque no ha tenido tiempo o porque –simple y sencillamente– no le interesa.
Ésas y muchas otras pueden ser las razones por las cuales usted no asume ningún posicionamiento político, algo que puede ser –a mi parecer– comprensible; nadie tiene la obligación de hacerlo. Sin embargo, hay algo de lo que usted no escapa: tener una ideología. Aún cuando se considere una persona apolítica, técnica o neutral, quiéralo o no, usted tiene en su cabeza un conjunto de ideas que le permiten explicarse el mundo que lo rodea y vivir en él.
La ideología también está presente en lo que usted hace (o deja de hacer), y afecta nuestra realidad, sea porque permite que las cosas sigan igual o porque orienta al cambio.
Entonces, a menos que a usted se le haya practicado una lobotomía, sea un vegetal o tenga alguna condición parecida, le será muy difícil “dejar las ideologías” como muchos exigen. Y aunque yo me coloco a la izquierda, no voy a solicitarle que se ubique en un punto específico del espectro político. Lo que sí me animo a pedirle es a que reconozca su ideología, que identifique esas ideas con las que se explica lo que ocurre en el globo, en Guatemala, en el barrio, el trabajo y la familia. Atrévase a reflexionar sobre sus ideas, pregúntese si le son útiles o sólo convenientes, cuestiónese, identifique sus lagunas de información, lea, fortalezca las que le sirven, deseche las que no.
Reconocer las ideas que poseemos y que nos poseen puede ser un primer paso para discutir eso precisamente, las ideas. Se trata pues de ver más allá de las etiquetas y de los estereotipos, de ir más allá de las posiciones. El propósito será mantenernos en un diálogo constante entre nosotros y con la realidad, no quedarnos trabados en un dogma, un espacio o un momento.
Seguramente, en la discusión de ideas encontraremos que tenemos opiniones contrarias pero no serán los insultos y los reclamos los que nos harán cambiar de parecer. Así que tendremos que argumentar, quizás usted me convenza, quizás no, pero eso será bueno; al menos será mejor que tratar de imponernos una única manera de pensar y actuar. También puede ocurrir que coincidimos en ideas o tenemos propósitos afines, y decidimos trabajar juntos, nos organizamos y avanzamos. Y es justo a esto último a lo que le apuesto.









