Álvaro Colom dijo hace cuatro años que su gobierno tendría “rostro maya”. Sin embargo, si evaluamos las políticas públicas implementadas durante su administración para satisfacer las necesidades de la población indígena, especialmente aquellas relacionadas con demandas históricas de carácter cultural y político, y no solamente en el ámbito socioeconómico, nos encontramos con escasos avances. El expresidente enarbolaba la bandera multicolor que representa los cuatro puntos cardinales –tan importantes en la cosmovisión maya– pero, según las denuncias hechas públicas, regateó hasta el último momento la renovación del usufructo de la frecuencia del Canal 5 para TV Maya, administrado por la Academia de Lenguas Mayas de Guatemala.
Sin hacer una comparación sistemática entre las administraciones de Colom y Berger, me queda la sensación que el empuje del vicepresidente Stein en favor de los pueblos indígenas tuvo mayor impacto que el esperado del presidente saliente, quien es un iniciado en la espiritualidad maya. En materia de institucionalidad básica, sobresale la administración de Portillo y el Congreso de la República entonces presidido por Ríos Montt. Por ejemplo, entre 2000-03 se ratificaron convenios internacionales o aprobaron leyes y acuerdos como: Convenio Constitutivo del Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de América Latina y el Caribe; Ley de Desarrollo Social con especial atención a los Pueblos Indígenas y otros grupos de población considerados de mayor vulnerabilidad social; Comisión Presidencial contra la Discriminación y el Racismo contra los Pueblos Indígenas en Guatemala; Reforma al Código Penal para establecer el delito de discriminación; Ley de Idiomas Nacionales; Ley de los Consejos de Desarrollo Urbano y Rural; y Código Municipal.
Pareciera, entonces, que podemos prescindir del discurso y la simbología porque no necesariamente se transforman en acciones. No obstante, el poder de la palabra y los símbolos no debe subestimarse. Todo tiene su origen en ellos, incluso la identidad nacional, como nos recuerda Benedict Anderson. Así que el debate sobre “La Granadera” versus “El Rey Quiché” no es superficial.
La creación y el fortalecimiento de una identidad nacional NO son algo trivial, es un asunto de Estado, incluso crucial para su propia supervivencia. La identidad está íntimamente relacionada con la lealtad al grupo con el cual el individuo se identifica, al que se siente pertenecer. Esto es vital para los momentos de conflicto bélico, por ejemplo. También lo es en el día a día, cuando los individuos tienen que tomar decisiones sobre competir o cooperar. En términos más concretos, el servicio civil o militar e, incluso, el pago de impuestos dependen del grado de pertenencia que cada uno tengamos hacia un abstracto concepto de nación o “comunidad imaginada”. Por ello, los Estados modernos han invertido mucho tiempo y recursos en la consolidación de las identidades nacionales.
El ejemplo clásico es el mexicano, donde la industria del cine se puso al servicio de una identidad que supo sacar provecho de “lo azteca” como punto focal. Así, se revitalizó al actor hegemónico durante el período precolombino para unificar a una multitud de pueblos. Aunque, como argumentan varios historiadores, el nacionalismo mexicano realmente se forjó en sus luchas contra el vecino gigante del Norte, que le arrebató inmensos territorios. En el caso de Guatemala, las escaramuzas con los vecinos centroamericanos, según el (des)balance de fuerzas entre liberales y conservadores, solo sirvieron para deteriorar la identidad regional de los pueblos, pues el posible efecto cohesionador de dichos conflictos no trascendió a sus fuerzas armadas, que a principios del siglo XX ya se constituían en Ejércitos Nacionales.
Continuaré…









