Elizabeth Ugalde

Hay que sacarlo todo afuera

Hace unos años tuve la dicha de vivir en un paraíso llamado Cabo Verde. Este archipiélago africano marcó mi vida en muchos sentidos. Lo conforman 10 islas mágicas que comparten una tierra árida y rocosa digna de un paisaje lunar, donde escasamente se puede cultivar, ya que casi no llueve. Tienen los caboverdianos una vida muy austera, pero digna: son un pueblo alegre y sano, donde abundan los músicos y la buena comida.

Recién llegada a ese país, me fui de shute a un funeral y me sorprendió ver y escuchar la forma exuberante en que las mujeres lloraban. De sus enormes bocas abiertas salía un grito repleto y sonoro, que al principio era una queja o un chillido, pero después se hacía cadencioso y rítmico hasta convertirse en una canción cantada con el diafragma, o quizás con su alma.

Al llegar a la casa le pregunté a Silvia, una negra grande y espectacular, por qué ellas lloraban así, a todo pulmón. Un poco sorprendida, me contestó: “¿E como a senhora chora?”. Le expliqué que nuestro llanto era más bien discreto, con la boca casi cerrada, el rostro compungido y, por supuesto, sin hacer mucho ruido. No quise entrar en detalles de clase, como que algunas élites prefieren no llorar en público; o de género, diciendo que los hombres no deben llorar. Entonces ella con absoluta certeza concluyó: “Então você tem sempre dor de cabeça”. “Efectivamente, cuando lloro siempre me duele la cabeza”, le contesté. “Isso é porque você não abre a boca”, me explicó Silvia. Cuando uno abre la boca, el dolor sale, no se acumula tensión, los músculos se distienden y la mente se relaja, por eso mismo, ellas terminan transformando su llanto en una canción.

Qué pena que esta sabiduría no haya calado en nuestras tierras mestizas, donde pensamos que expresar nuestras emociones es incorrecto, vergonzoso y hasta de mal gusto. Así caemos en poses autoimpuestas, y en fórmulas sociales que ocultan lo que realmente somos y sentimos. Convirtiendo a la mentira en parte de nuestra cotidianidad.

Lo terrible es que este defecto tan presente en nuestra vida cotidiana se magnifica en la política, haciendo de ésta una farsa, una comedia. Como bien dice Octavio Paz, los políticos son los expertos disimuladores que se esconden detrás de “la palabra y el silencio, de la cortesía y el desprecio, de la ironía y la resignación”. Su principal arma en las campañas electorales es la mentira, el engaño. Sabemos que mienten y por eso desconfiamos de ellos como desconfiamos de todos. De esta forma hacemos también de la desconfianza un valor y una forma de vivir.

Ya va siendo hora de que despertemos nuestros sentidos y nos quitemos esos falsos formalismos que nos amordazan y nos atan. La transparencia tiene que comenzar con nosotros mismos.

“Hay que sacar lo que se puede afuera, para que adentro nazcan cosas nuevas… nuevas… nuevas”.


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