Margarita Cano

Había una vez un país…

Donde todos vivían asustados.

Los miércoles parecen tener un aura extraña, que hace que cosas relevantes –buenas y malas– sucedan ese día. Este último miércoles entramos en estado de caos, psicosis, pánico y todos los adjetivos similares. Una serie de ataques armados en la ciudad hicieron que todos recordaran, de golpe, donde vivimos y bajo qué condiciones. Miembros de la Policía Nacional Civil muertos, carros chocados, carros robados, prófugos, venganza por una reclusa, todo parecía sacado de una película de acción. Excepto que aquí no había un guapo que viniera a salvarnos al final. No hay nadie, ni feo ni guapo. El Presidente nos dice que “ya estaban avisados que algo así iba a pasar”, mientras en la radio siguen sonando sus anuncios que dicen “Ahora sí, vamos avanzando en seguridad!”. No sé si el hecho que ya estuvieran avisados pero que aún así no logren prevenir, lo considere él como un avance; si es sí, pues qué mediocres.

Yo, normalmente, me hago la valiente porque he llegado a la conclusión que encerrarme en mi casa y pasarme los días angustiada, no ayudará en nada. Como dije hace unas semanas, creo que los pequeños gestos de humanidad y solidaridad que tengamos cada día, son los que nos harán sobrevivir. Pero el miércoles me asusté más de lo normal. Uno de los ataques armados fue cerca de donde vivo y pasé toda la tarde escuchando patrullas, ambulancias y helicópteros en los alrededores. Tenía planeado almorzar con una amiga y desistí de mis planes, me hice algo de comer en casa y no salí. Detesté eso, detesto que tengamos que vivir acorralados y en perpetuo estado de pánico y paranoia. Vivir como en guerra, pero sin nunca saber de donde vendrán las balas, es desgastante para nuestra salud mental.

Ese mismo día hice un pequeño sondeo entre mis amigos y conocidos en las redes sociales, preguntando a quién le había tocado alguna vez quedar en medio de una balacera, sea en la ciudad o en cualquier otra parte del país. Más de 15 personas me contestaron contándome sus historias: “Que balearon al carro de la par, que cayó una granada cerca, que me tocó entrarme corriendo a un restaurante, etc. etc.”. Estoy segura de que hay muchos más que han pasado lo mismo pero no me contaron su caso. Mi conclusión: el miedo está en todos lados. Y sin embargo, seguimos como sociedad pensando en la violencia como una bestia mítica, abstracta, sin pies ni cabeza. No sabemos cómo entender, cómo aproximarnos siquiera a entender el fenómeno. Porque eso es, es un fenómeno. Últimamente ha habido excelentes iniciativas en elPeriodico y aquí mismo en Plaza Pública por intentar desmitificar los hechos violentos a través de periodismo de datos. Es un buen inicio saber que no todo es culpa de “los narcos” ni todo pasa en la Capital ni todos “están metidos en algo”. Es muy bueno saberlo, pero hace falta más, hace falta más análisis no sólo para saber de dónde viene todo sino también hacia dónde va si seguimos así. Es cierto que la tasa de homicidios ha tenido una pequeña disminución en los últimos tres años, pero no es suficiente. Si la paranoia –a la cual contribuyen irresponsablemente muchos medios de comunicación– sigue ahí y nos invade, si el miedo nos paraliza, no nos da chance para entender.

Es fácil culpar al gobierno, es fácil achacarle a Pérez Molina y a López Bonilla toda la culpa, sin ver que esto es una cuestión estructural, que no se resuelve con “poner un soldado en cada semáforo” como muy ilusamente sugerían en un periódico. La violencia nos toca a todos, de un modo u otro. Está cerca de todos, aunque pretendamos cercar la casa con alambre de púas y poner 20 alarmas. Aunque algunos pretendan crear mini ciudades alternas y paradisiacas. Pero para empezar, tenemos que entender. Mis felicitaciones a los valientes equipos de investigación tanto periodística como dentro del sistema de justicia, que no se han dejado asustar y hacen cada día su mejor esfuerzo por averiguar y acercarnos un poco más a entender la realidad. 


Recomendados