Julio Roberto Prado

¿En qué piensa un genocida cuando le preguntan si conoce Nebaj?

Apocalypsis Now!

Hay una bruma densa que empieza a descender sobre la carretera que atraviesa las montañas. El precipicio se insinúa al lado del asfalto. Sobre el camino, el noveno perro que encuentro destrozado es una flor sanguinolenta. Al pasarle encima, los autos han dejado un rastro escarlata que también se lo va tragando la bruma.

En la radio han dicho que un auto se incendió en el Parque Central. Veo la foto en el teléfono. Llamas consumiendo el interior mientras la gente mira el fuego con sorpresa.

Tengo la fantasía de que al llegar a la ciudad la encontraré destruida. Trozos de edificios sobre el asfalto. Supermercados con la música cursi sonando a tope entre los pasillos deshabitados. Los semáforos amarillos parpadeantes a plena luz del día. Animales vagando, comiéndose lo que encuentran en las tiendas abandonadas.

Tengo esa pequeña fantasía de que al salir de la bruma, el mundo deje de ser lo que es y se convierta en un llano abandonado.

Pero salgo de entre las nubes y encuentro que una fracción de la montaña se incendia. El bosque consumido por inmensas llamas, desde una carretera llena de cruces.

La tarde empieza a desaparecer al este. Se asoma la noche y el fin del incendio.

Hay algo hipnótico en mirar el fuego. Eso pensé el sábado mientras los leños ardían en la fogata. Hay algo hipnótico en la manera en que todo se va convirtiendo en cenizas. Las llamas azules mezclándose con el rojo ardiente, mientras pequeñas chispas incandescentes se elevan hasta un cielo estrellado.

De la ciudad, aborrezco no mirar las estrellas. De los pueblos envidio la noche, la profunda noche oscura que esconde otra vida.

¿Qué pensará un genocida cuando le preguntan si conoce Nebaj?

Una pregunta que me hago al azar mientras miraba el fuego. Acaso soñará con helicópteros, estallidos, gritos, sangre derramada sobre los caminos. Acaso con la bruma.

O quizá no piense nada y solo conteste sí. 

La noche ya es total  y los autos forman un hilo de luz que se desvanece por las puntas. Que se estira y encoge. Un hilo que se deshilvana.

Qué pienso yo cuando me dicen Guatemala, ciudad.

Ahora mismo pienso en un auto incendiándose. Y en la tarde del jueves, cuando iba pasando en esa avenida llena de hoteles de mala muerte. En el cielo violáceo. En el frío. En la terraza de ese hotel llena de ropa tendida en los lazos. En las dos muchachas que jugaban fútbol en la terraza, con los delantales puestos.

En su alegría, un estallido violento de felicidad mientras la pelota rebotaba, a veces tan alto que desde la calle donde las veía, parecía que estaba a punto de abandonar el mundo.

No sé que estarán haciendo esas chicas ahora. Pero deberían reír todo el tiempo y jugar en la terraza todas las tardes. Hay algo hipnótico en mirar su risa, como cuando se mira el fuego. 


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