En Plaza Pública tuvimos una buena charla con la exdirectora de El País, Pepa Bueno, quien sintetizó un concepto importante. No es cierto que nuestras publicaciones puedan considerarse «la verdad». Afirmarlo implicaría la postura (origen de todos los fanatismos) de que existe una sola verdad, una única verdad. La historia nos enseña que no es así, que no debería ser así. Bueno anotó que nuestro trabajo —el periodismo contenido en esta revista, por ejemplo— trata de retratar la realidad que sí es única pues está basada en los hechos y pueden ser constatados.
En la conversación también estaba presente Martin Baron, director del Washington Post en el tiempo que Donald Trump llegó por primera vez a la Casa Blanca. Según nos relató, la noche de esa elección, su equipo estaba devastado. Si todo su trabajo se había esmerado en evidenciar que era una persona mentirosa, racista y manipuladora y, aun así, la gente votó por él ¿para qué existe el periodismo?
Sobran los políticos disfrazados de encantadores y magos, que distraen y manipulan, mientras operan en favor de sus intereses. Deliberadamente calman o azuzan a las sociedades para manejar sus emociones, la más intensa: el miedo. Esa es su fuente de poder. Países enteros perdieron la esperanza porque la delincuencia los devora, el aire que respiran es pésimo y sus bolsillos están asfixiados. Ante la incertidumbre, los políticos ofrecen el confort de la mentira, ligeros trucos de magia que prometen ser la solución, aunque no son más que la reafirmación de prejuicios, racistas y excluyentes, que no resuelven el problema de fondo: las democracias se deben al bien común y no a los intereses particulares.
¿Alguna vez ha visto usted cómo opera un mago? Son secuencias teatrales que distraen y manipulan nuestra atención. Nos hacen creer que se trata de magia. Se abraza y aplaude la mentira, porque distrae, causa risa y confort. Una evidente mentira también reconforta.
La mentira está ganando terreno porque ofrece alivio inmediato, como lo hacen los likes que liberan dopamina. Cambiar las circunstancias que originan los problemas implica un proceso lento, pero el único efectivo. Las mentiras de los políticos inmorales son cómodas como un show de magia. Pero para eso existe el periodismo, para provocar incomodidad al denunciar la falsedad, para retratar la realidad que debe ser mejorada a base de trabajo. En este esfuerzo, que el periodismo comparte con la sociedad, está la esperanza, aunque nos tome décadas.









