Desde hace un tiempo que junto a varios compañeras y compañeros hemos venido negándonos a repetir este peligroso discurso del Estado fallido o débil. Lo delicado está en que quienes ponen esos estándares respecto a qué es “lo bueno” y qué es “lo malo”, qué Estado aprueban y cuál no, tienen excusas creadas por ellos mismos para intervenir en los asuntos internos y esto se da especialmente cuando tienen intereses sobre recursos naturales. Otro peligro está en que con este argumento se concluye en que nada del Estado sirve y que por lo tanto hay que privatizarlo todo, permitiendo que sean individuos con buenos “conectes” quienes terminan ganando de todo esto, es decir, los mismos de siempre.
En este contexto se habla de debilidad institucional y ausencia del Estado (ineficiencia, falta de presupuesto, medicinas, útiles, maestros, doctores, carreteras, planes de desarrollo, etc.) y nadie lo puede negar, pero ¿no cree posible que todo esto sea a propósito (tomando en cuenta eso de “piensa mal y acertarás”)?
Lo cierto es que este sistema funciona perfectamente para los intereses hegemónicos. Por ejemplo: cuando los terratenientes y empresarios tienen problemas (es decir, cuando hay campesinos e indígenas que se interponen en sus proyectos –con sus justas demandas y planteamientos–), el Ejército, la Policía, el Ministerio Público, Ministros y cualquier otro que sea requerido se hace presente con la inmediatez necesaria. Cuando se trata de criminalizar a los movimientos sociales, funciona perfectamente el sistema de justicia.
Al gran capital no le hace falta mano de obra barata para maximizar las ganancias que llegan directamente a sus cuentas bancarias (y que aunque incrementen las exportaciones, esto jamás se verá reflejado en los bolsillos de sus trabajadores que sudan de sol a sol), también tienen el poder para negociar los salarios mínimos, así como para pagar por debajo de ellos. En fin, todo funciona perfectamente para continuar y asegurar la acumulación de capital.
Durante el tiempo de la guerra, hace unos 30 años, el Estado llegó a áreas casi imposibles de alcanzar, completamente olvidadas y excluidas, como el área Ixil. A pesar de ser áreas inaccesibles, el ejército llegó sin mayores problemas y ejecutó todas las tareas que le fueron asignadas. La inteligencia –que poco de inteligente tiene– fue altamente eficaz para identificar al perfil del enemigo creado y eliminarlo.
Por estas razones y otras más creemos que el Estado de Guatemala, contrariamente a lo que se dice, es un Estado fuerte; fuerte para reprimir, para controlar, para asegurar la acumulación del capital y los beneficios y privilegios de unos pocos a costa las mayorías. Es un Estado que se constituyó así desde el siglo XIX y sigue operando hasta el día de hoy. De esta cuenta, tenemos que ser muy cuidadosos en no repetir estos discursos sin mayor reflexión.









