Fabiola Hurtado

Conocí el camino de El Cambray

Pasar por ?el camino de El Cambray para salir a la 20 calle de la zona 10 siempre me dio mucho miedo. Es un camino angosto, con bajadas y subidas muy inclinadas y barranco al lado. Además, los carros patinan fácilmente. Siempre he dicho que ese paso es lo más extremo que conozco en caminos dentro de la ciudad. En septiembre de 2014 fue la última vez que me atreví a cruzarlo.

Esa mañana estaba lloviendo, y la salida de Santa Catarina Pinula por el lado de la colonia El Prado había colapsado. Fui por el camino de El Cambray, pero, cuando estaba en la parte más inclinada y peligrosa de la subida, uno de los carros de adelante se quedó y tuvimos que detenernos todos. Cuando logramos continuar, mi carro no subía. Las llantas empezaron a resbalarse, y el carro empezó a irse para atrás. Hice muchos intentos, pero no logré sacarlo. Cada vez se iba más para atrás, y empecé a entrar en pánico porque atrás lo que hay es barranco. Lo apagué, puse freno de mano y primera, abrí la ventana y empecé a pedir ayuda a quienes iban caminando.

«Ayúdenme, por favor. No puedo seguir subiendo y estoy asustada».

Una señora me ayudó a pedir ayuda, y entonces un chavo se acercó a mi ventana, sacó su billetera, me mostró su licencia y dijo: «Esta es mi identificación. Vivo aquí abajo. No tenga miedo. Si me permite subir al carro con usted, la ayudo a sacarlo».

No dudé. Le abrí la puerta y me pasé al asiento del copiloto. Empezó a mover ?el timón y acelerar. Y aunque ?el carro seguía yéndose para atrás, logró sacarlo y subimos.

Soy llorona y lloré cuando le di las gracias por haberme ayudado. Al terminar la subida ofrecí llevarlo a su trabajo. Me dijo que tenía un pequeño negocio en la 20 calle de la zona 10. Me contó que tenía un «carrito viejo» y que no le gustaba sacarlo entre semana ni a él ni a su esposa porque en esa subida se quedan carros y se accidentan. Me contó que vivía allí en El Cambray. Me contó que su negocio era nuevo y que había puesto allí una aceitera y un taller de reparación de podadoras, a la par de Pricesmart. Y allí lo dejé, le di las gracias desde ?el fondo del corazón y regresé un par de días después a su negocio a dejarle un regalo para agradecerle de nuevo.

Ayer temprano, cuando supe lo del derrumbe, pensé en él. A la hora del almuerzo fui a su negocio a buscarlo. Estaba cerrado. Pedí al cielo por él y su familia y deseé que estuviera ayudando, así como me había ayudado a mí. Hoy volví a ir. El negocio continúa cerrado, pero hay una moña negra pegada en la puerta. Nos detuvimos a preguntar en un taller que está al lado, y el señor de allí me dijo: «Fíjese que parece que él murió. Lograron sacar los cuerpos de su hijo de cinco años y de su bebé de meses, pero los cuerpos de él y su esposa no los han encontrado. Yo estoy con un dolor, pero no puedo irme porque tengo que trabajar».

Empecé a llorar desde que este señor comenzó a hablar. Y sigo llorando ahora.

Antes de irme le pregunté:

¿Cómo se llamaba él? 

Fernando me contestó.

Que el corazón de la tierra te abrace, Fernando, a ti y a tu familia. Serán ustedes los sonidos y las flores de esa tierra. Gracias, Fernando.


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