Ese personaje, que ha permanecido a la sombra, tiene una particular enemistad personal con uno de los prominentes personajes que salieron públicamente a descalificar el planteamiento de genocidio. Ese comunicado se convirtió en el pretexto “perfecto” para sacar a luz un pronunciamiento descalificador y fuera de las competencias de la Comisión. El problema estuvo cuando el comisionado en cuestión no midió las consecuencias de su acción. Se movieron todos los hilos posibles para que semejante salida del guacal terminara siendo su entierro. Ésa fue la gota que derramó el vaso.
La creación de la CICIG generó ruidos desde antes de su instalación. El personaje que el comisionado convirtió en su contendor, fue el artífice de su llegada. A lo largo de la primera etapa, las críticas se incrementaron; el manejo del caso Rosenberg intentó paliar la situación pero eso no fue suficiente para que los sectores que finalmente parten el pastel tuvieran el ojo puesto sobre lo que la Comisión hiciera o dejara de hacer.
La segunda etapa presentó un cambio de personalidad, menos incidencia y menos resultados. La historia se repite, Castresana salió por la puerta de atrás, a su sustituto le pasó lo mismo. Quien lo releve tendrá una bomba en sus manos, el terreno está más minado que nunca. Le corresponderán dos años de una agenda al mínimo, muchos sectores en contra incluso varios que le eran incondicionales. Al final del paso de la Comisión, pocos resultados, muchas deudas, instituciones fortalecidas a medias, instituciones corrompidas, más señalamientos en contra de la intromisión de la comunidad internacional, recursos dilapidados en buena medida.
Las fuerzas que se resisten al cambio no sólo están vigentes y vigorosas, se valen de diversos mecanismos para inviabilizar; más si los propios operadores a cargo de intentar frenar esa realidad terminan metiendo la pata y facilitando su propia salida. Lo importante no está en la salida del comisionado, sino en el presente y futuro de una impunidad que nadie detiene.









