Gabriela Carrera

¡Boicot! ¿Y luego?

Es cierto que nuestro intento de democracia no es más que eso, un ensayo bastante defectuoso que cobra caro en vidas humanas. Pero es un régimen político muy útil para aquellos que le saben sacar raja al negocio de los partidos políticos.

Existen, como bien se dijo en ese artículo de opinión, herramientas científicas como la estadística, que son interpretadas por analistas y luego legitiman un resultado, algunas veces aludiendo perversamente al acto de votar de miles de ciudadanos y sin preocuparse de cuál es realmente la motivación de su voto. Es verdad también que a estos últimos se les llama “ciudadanos conscientes y responsables” y a los otros, “apáticos, haraganes y pobres”, sin preocuparse de ir más allá en definir las causas y quedándose con un análisis basado en la percepción simplona. Es innegable que en Guatemala los procesos electorales son una muestra de la “razón cínica” de esa democracia en que vivimos y que tienen un efecto ideológico.

Sin embargo: ¿la respuesta es no ir a votar? Esta no es una idea nueva. Quienes votamos por primera vez en las elecciones pasadas nos hacíamos ya esta pregunta y parecía que no éramos los primeros en ocurrírsenos la posibilidad. Una pregunta entre otras, cuando nos planteamos hacer política de otra forma, para otra sociedad.

Los analistas que se basan en las estadísticas electorales seguirán dando explicaciones cortas a aquellos que no vayan a votar, porque es lo que les satisface. El boicot se quedará en un porcentaje y seguramente será noticia vieja en unos meses. La trinchera de lucha no es aumentar un porcentaje de abstención, ni tampoco aumentar uno que sea entendido como “participación ciudadana”. Porque si es el sistema de partidos corrupto y su legitimación a través de un proceso electoral el que nos tiene como estamos, la respuesta no es dar cabida a lo que el artículo 13 de la Ley electoral y de Partidos Políticos reza: “nadie puede obligar al voto”.

A esta democracia no le preocupa que no votemos, porque lo contempla como escenario posible. El abstencionismo no responde, como tampoco lo hace el voto, a problemas estructurales como la pobreza, ni estructurantes como la “razón cínica”. Como diría alguien, el reto “es pensar fuera del guacal”.

Ilusión o no, el voto es una de las pocas ocasiones en que muchos pueden participar y que definitivamente marcará la política nacional en los siguientes cuatro años. Eso también es un hecho y uno muy importante. Podemos pensar en un boicot y en darle un sentido “contraideológico”, podemos convencer a algunos (que tengan Internet y que no). Pero, ¿para qué gastar pólvora en zanates, en el sistema de partidos políticos?

Mejor boicoteamos al sistema de partidos políticos, a las elecciones y a la democracia que nos han hecho vivir, no negándolos, sino que construyendo un espacio político diferentes a los clásicos ya propuestos, donde hayan participación política y democrática diferente. Mientras tanto, creo que sí debemos pensar en votar, digo, porque definitivamente tiene una implicación en la vida de muchos. Mientras encontremos una propuesta que dé respuestas concretas y diarias la democracia y sus mecanismos, el voto seguirá siendo una participación válida, aunque no la única.


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