Más allá de las notorias deficiencias que tiene el IGSS en su programa de atención en salud -¿alguien recuerda la noticia de febrero en dónde se informaba que no se tenía agujas e hilo para suturar; o la más lejana sobre los defectuosos genéricos que complicaron la situación de varias decenas de pacientes de cáncer?- hay otros aspectos que me hacen pensar en ya presente de muchos y el futuro, un futuro de todos.
De entrada pienso en la corrupción que gira alrededor de la compra de medicamentos. Muestra de ello es la denuncia que hace una de las bancadas del Congreso, acusando de comprar a un precio superior al del mercado, medicinas que combaten el colesterol. No sólo, la denuncia aclara que al IGSS se presentó una oferta de casi Q5 menos que el precio del mercado. Acá la lógica empresarial de optimizar los recursos que se tiene, de comprar lo bueno al mejor precio, no funciona. La lógica es comprar a más caro para florecer el negocio del que vende. La dimensión tangible de la corrupción es la muerte y el sufrimiento de quién debiera beneficiarse de su derecho, es la sangre de esos trabajadores que pagaron sus cuotas y hoy se les niega un sistema de protección hecho para ellos, que es de ellos.
Por otro lado, pienso en cómo este enredo de corrupción y cada vez menos posibilidad de encontrar un trabajo formal o que dé todas las prestaciones de ley, está empujando a las nuevas generaciones a perder el otro referente de salud pública. En este caso, una salud pública que es sostenida con los ingresos directos de muchos trabajadores, y un aporte del patrono, es cierto. Los hospitales nacionales no son una primera opción, y el IGSS cuando se tiene, es un plan B. Esto nos obliga a muchos a pensar en un seguro privado, y así ha comenzado, sin darnos cuenta la privatización del sistema de salud. La salud ya no es un derecho del ciudadano y menos una obligación del Estado, ahora es una responsabilidad de cada quien. Y si usted ya está por arriba de los 65 años, el tiempo duro comienza: seguros más caros, menos opciones de trabajo, pensiones de pena si la hay… Así me entero que yo no espero tener una vejez tranquila, la juventud es para preocuparse ahora también de la mujer que seré en 50 años.
Por último el IGSS ha dejado de pertenecer a los trabajadores, como supongo que era el espíritu del gobierno que lo creó. Pareciera que los representantes del sector laboral no logran hacer frente, si lo intentan, a lógicas de negocios paralelos, de búsqueda de interés personal. ¿Dónde está todo el dinero de los trabajadores? ¿Cuántos ganan de intereses los millones de quetzales que se encuentran en la banca nacional? En un país en el que se sabe hacer negocios, ¿por qué no se defienden los intereses del IGSS? ¿Quién se beneficia del trabajo y el aporte de más de un millón de guatemaltecos afiliados? ¿Cómo saber que ese platal no está en riesgo, que no se hacen negocios que lo pongan en peligro?
Espero que mi generación vea dentro de poco que el IGSS es una razón vital por la que se debe luchar –no por pura añoranza de la Revolución como nos pueden juzgar algunos–, sino porque muy pronto los honorarios de licenciada con horario de 8 a 5 (como suele suceder muchas veces, y qué otra…) no podrán cubrir una emergencia, mía ni de mi familia. Ni se diga de plena tercera edad, que me veo pariéndola, como dicen.









