Yohanna Del Aguila

¿Viste lo que pasó en el teatro?

 Tras las oportunidades de acceso público al arte en 2024, tuve la dicha de asistir a la presentación de Maquila de Mujeres, un monólogo interpretado por Marlene Mancilla en el Teatro La Cúpula. Quiero reconocer el arte de nuestro país y, más aún, las posibilidades que este brinda para mostrar tanto los aspectos positivos como los no tan positivos de nuestra sociedad y su interacción. 

Salí de la sala de teatro con una sensación agridulce. No cabe duda de que la denuncia formaba parte central de la representación, y la comparto. Las mujeres, desde las artes y nuestra corporalidad, podemos denunciar las violencias inmersas en un sistema tan perverso como lo es el teatro también.

Puede que en las y los guatemaltecos persista el síndrome de Estocolmo, al mantener la idea de que la persona que más te presiona emocional y psicológicamente para hacer las cosas es quien te impulsa a ser mejor.

Logré identificar que el arte en Guatemala ha sido un espacio desarrollado, en gran parte, desde una idea tradicional de la educación: soberbia, hegemonías masculinas y presión de grupo. El teatro y las artes escénicas, en general, han sido espacios que reproducen violencias, especialmente hacia las mujeres. Ante ello, me quedo con la idea de que sí es posible imaginar el arte de otra forma. Si es posible enseñar el arte de manera sana, humana y equitativa, es posible romper patrones a través del análisis de las desigualdades y el cuestionamiento de lo que se ha normalizado y naturalizado, tanto de manera individual como grupal. Es posible, y necesario, disidir.

Puede que en las y los guatemaltecos persista el síndrome de Estocolmo, al mantener la idea de que la persona que más te presiona emocional y psicológicamente para hacer las cosas es quien te impulsa a ser mejor. Pero no, no es necesario dañar, herir o vulnerar a las personas para que muestren «su mejor versión». Esas formas de educación quedaron en el siglo pasado. Hoy en día, se han mostrado avances generacionales en materia de derechos humanos y un rechazo rotundo a las diversas manifestaciones de violencia.

Ya no más docentes con reglas en mano para corregir, ni más sarcasmo sobre las vulnerabilidades de las personas para superar «el trauma». Ya no más el dicho de «el que te quiere te aporrea». Existen formas sanas de aprendizaje, existen métodos y herramientas pedagógicas acordes a las necesidades de cada persona. La violencia nunca debió ser una opción, y ya no lo es.

Me llevo el mensaje y lo comparto: sí es posible imaginar el arte sin violencia, sí es posible imaginar la transferencia de conocimiento sin violencia, y es necesario utilizar también el arte y nuestra corporalidad para denunciar lo que continúa dañando el pleno desarrollo de las y los sujetos en nuestra sociedad.

Gracias, Marlene, porque callar no es una opción.


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