Otra cosa, continúo, es la experiencia, especialmente la que se ha vivido en los últimos días. La persistencia de una parte de la elite y de buena parte de habitantes urbanos en participar de un discurso de odio. La pronta justificación de la violencia porque lo que les importa es pasear por Cayalá –esa ciudad artificial–, aunque en sus orillas los funcionarios se roben el erario público y el futuro. Leía en un chat, ante la aparición de matones encapuchados defendiendo ese territorio, «a esos huevudos hay que apoyar». En otro, «malhaya Ubico».
Ese no es el núcleo duro de un conservadurismo ilustrado, sino del retroceso sanguinario. Demasiado alto fue el costo humano del conflicto armado.
Para la amistad hay un mínimo de acuerdos comunes que fundan el afecto. Si algo he vivido en estos últimos años, ha sido la necesidad del alejamiento respecto de quienes siguen pensando que la corrupción es mejor que la libertad de elegir y ser electo. Quienes exudan una ética del trabajo y emprendimiento, pero son incapaces de imaginar una sociedad en donde los adultos mayores tengan derecho a la salud, por ejemplo. Quienes no pueden reprimir un racismo transmitido desde generaciones inmemoriales a pesar de sutiles apariencias.
Son saludables las diferencias, son bienvenidas las argumentaciones, pero ¿qué se puede esperar de alguien que añora a un dictador y está dispuesto a defender a un matón?
Lo que han traído a la sociedad guatemalteca ha sido un coraje ejemplar.
La historia está por escribirse después de una elección que abrió la esperanza. Ojalá una tuviera una bola de cristal para saber el desenvolvimiento de este proceso. Pero si algo me ha cambiado hasta la médula, si algo ha marcado un antes y un después, ha sido la coherencia de los 48 Cantones de Totonicapán. «No traemos armas, señor Presidente», decía la autoridad de los cantones y, en efecto, lo que han traído a la sociedad guatemalteca ha sido un coraje ejemplar en defender la democracia en los peores momentos después de los Acuerdos de Paz. Sus sacrificios, su adhesión a la paz, los tomo como un legado.
Cuando escribo estas líneas, hasta el alcalde Quiñónez salió a apelar a la unidad por una Guatemala próspera y en paz después de la fabricación interesada de una violencia que justificara la deslegitimación del movimiento ciudadano. El alcalde de una ciudad que se hunde entre hoyos y se desfigura entre pasos a desnivel que conducen al bloqueo cotidiano.
A seguir la defensa de la democracia desde donde se pueda porque muchos somos los que estamos cansados de la inmoralidad, de estos ruines golpistas.









