Luisa Fernanda Toledo

Tenemos opiniones absolutas basadas en información parcial y así nos va

Las redes sociales, en lo que yo llevo de participar en ellas, han pasado de ser una ventana por donde uno enseñaba la vida a ser el boletín de quejas al viento, el lugar donde nos paramos a gritar nuestras opiniones como si fueran valiosas.

El problema en realidad no es tener una opinión, sino formarla a partir de información sesgada, parcial y hasta falsa para luego defendemos como si de retomar Granada se tratara. Como muestra, cualquier video de veinte segundos con base en el cual creemos tener toda la película y que nos hace tomar bandos irreconciliables.

¿De dónde hemos sacado que es suficiente escuchar un pequeño diálogo, fuera de contexto, para conocer el argumento? Ni los tráileres de los estrenos nos dicen de qué va el film. Para eso hay que verlo. Pero, claro, hay que tomarse el tiempo de sopesar la conveniencia de ir a meterse a un lugar cerrado en estos tiempos extraños, comprar las entradas, salir con tiempo, apartar las tres horas que toma estar sentado y poner atención para entender de qué trata. Igual con el resto de las interacciones que tenemos como seres humanos y que en redes están reducidas a un número fijo de caracteres, a una extensión limitada de segundos y a un diluvio de información que compite por nuestra atención. Lejos, muy lejos, quedan los lugares públicos de debates abiertos, donde la meta no era ir a depositar nuestros alegatos cual abogados de series de televisión, sino escuchar las ideas que traían los demás porque entendíamos que las tenían y que valían la pena al igual que las nuestras.

Se nos ha olvidado que uno puede no tener una opinión para todo. Que es válido no tomar posiciones con información a la que le hacen falta el principio y el final.

Las posturas inamovibles sirven para defender valores absolutos, por los que uno está dispuesto a morir: la vida de nuestros hijos, la Justicia, el Amor y todas esas palabras enormes que necesitan ser escritas con mayúscula para estar separadas de lo cotidiano. Pero ni esos valores se argumentan con ideas rígidas, porque su misma expresión va cambiando conforme la sociedad y la cultura han ido evolucionando.

Los prejuicios, esas opiniones que tenemos antes de la información que debería ayudarnos a formarlas, son simples atajos que pueden ayudarnos a no gastar energía en pensar bien las cosas. Sirven para cosas livianas como decir que la séptima avenida es intransitable a las cinco de la tarde, por lo que voy a irme por la tercera. Todas esas decisiones que tomamos en automático. Pero traspasarlos a las interacciones más profundas solo nos tiene como estamos: polarizados y sin la menor intención de entrar en una relación de iguales con las personas con las que compartimos espacios, hasta los virtuales. Son la herramienta de la holgazanería emocional cuando uno igual quiere sonar relevante dentro de las discusiones sociales.

Se nos ha olvidado que uno puede no tener una opinión para todo. Que es válido no tomar posiciones con información a la que le hacen falta el principio y el final. Que las redes sociales deberían servir para construir eso, sociedad, no para parapetarnos con los de nuestro mismo bando como en cualquier videojuego de zombis apocalípticos. Y también hemos perdido la capacidad de admitir que no lo sabemos todo, que existen otros allá afuera que tienen otra visión y otras ideas igual de válidas que las nuestras y que, definitivamente, nuestras opiniones pueden servirles de servilletas a los demás.


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