Bernardo López

Sin discursos inocentes

No sé si ya terminó la época de los discursos elocuentes, que marcaban hitos históricos o anunciaban las intenciones y el papel de un gobernante en su toma de posesión, que hacían famosos a quienes los escribían e importantes a quienes los analizaban.

Puede ser que esa época ya haya terminado. Y terminó en el sentido tanto de la forma como del fondo.

En el sentido de la forma es más evidente. Ahora se sigue en redes sociales lo que el personaje pretende decir o lo que su equipo de comunicación pretende que diga. Esta dinámica permite modelar el discurso en función de eventos y situaciones. Es de suma utilidad para mejorar la comunicación o para que el político se acomode como mejor le convenga. También puede ser el dolor de cabeza de los estrategas ortodoxos si la velocidad de comunicación en redes es como la del presidente Trump y su minicírculo tuiteando. De todas formas, no es espontáneo. Y menos inocente.

En el sentido del contenido, el modelo de los discursos ha ido de la mano con la degradación de la clase política. Por un lado, brilla el hábito de subirse al pedalazo a las causas en las que se advierte la oportunidad de posicionarse y financiarse. Como no se viene de ninguna formación ideológica, es cómodo y fácil adoptar posiciones que algunas veces son hasta contradictorias, que ignoran e irrespetan el papel que la sociedad espera de ellos en la construcción de un debate democrático. Y lo que aportan en realidad es risa cuando a la falta de formación ideológica se le nota el agregado de la falta de cualquier otro tipo de formación constructiva.

Como siempre sucede, quien se cree titiritero es un títere más en formación de escala, y estos manipuladores de discursos son manipulados por titiriteros ubicados arriba de ellos.

Todo sirve: desde felicitar a un deportista que obtiene una medalla hasta dar condolencias por la muerte de un artista, pasando por parafrasear a políticos de a de veras que habitan en lugares que no conocen y en un contexto que ignoran.

Pero, como siempre sucede, quien se cree titiritero es un títere más en formación de escala, y estos manipuladores de discursos son manipulados por titiriteros ubicados arriba de ellos. Aprovechando un campo fértil con la emotividad de los públicos y la apatía de las masas, los titiriteros mayores sueltan temas como pelotas untadas de chorizo para que los perros las persigan. Pueden ser religiosos. Pueden ser deportivos. Los temas para las cruzadas abundan, pero al final el objetivo es el mismo: colocar en la agenda pública solo aquello que deja negocio a los mismos de siempre. Y ninguno tiene un discurso inocente.


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