Los gringos tienen dos categorías para la ficción: está la ficción pura y dura del género bestseller (ficción de género, que se llama también aventura, romance, crimen, fantasía, ciencia ficción, horror, motivacional), que es el libro de entretenimiento por excelencia, la misma fórmula excitante con diferentes nombres y lugares; y tienen otra a la que llaman ficción literaria, el tipo que entre líneas ahonda y abunda en la naturaleza humana y en sus oscuridades y que al final se convierte en el gran clásico (a veces los mismos temas de género pueden tener un tratamiento literario; no están peleados). Pero sí me preocupa que el famoso vaticinio de algunos grandes escritores se cumpla: la novela está agonizando. La buena novela, la novela literaria.
La novela, la buena novela literaria, tiene tres virtudes: 1) es ficción, es mentira, es imaginación; 2) es provocativa, es decir, nos incomoda porque sabemos que en ella existe una verdad silabeada en una especie de sopa de letras, y 3) entretiene… queremos saber qué pasa, de verdad queremos saber qué va a pasar, en qué va a terminar esa historia. Donde come uno, comen dos cumple con esos tres requisitos.
¡Salud por esos quijotes, esos provocadores que todavía luchan por la novela, por la imaginación, por la literatura y por la mentira!
La historia que nos cuenta puede resumirse así: «Sometido a crueles torturas en la cárcel de un país tercermundista posrevolucionario, Bernal Gutiérrez recuerda la época cuando con un grupo de amigos lanzó y operó una empresa de telefonía celular pirateada, al tiempo que planea su fuga y se recrea en los buenos y malos momentos que pasó con sus amores y amistades del multifamiliar Costa Alegre II mientras todos juntos conspiraban para salir de la pobreza».
Me encanta la comparación que hace Eduardo entre la ficción y el caleidoscopio, ese juego de miradas de la vida, de la realidad, que es la novela. Y no solo es la analogía, el juego de realidades y mentiras. Es el bellísimo efecto del caleidoscopio en sí, producto de una imaginación fructífera, juguetona y sensible. ¡Salud por esos quijotes, esos provocadores que todavía luchan por la novela, por la imaginación, por la literatura y por la mentira! Donde come uno, comen dos es ficción dentro de la ficción. Es una uto-distopía posible y vigente. Y mientras leemos esa ficción estamos conviviendo con personajes más reales y más auténticos que aquellos con los que nos encontramos en la oficina, entre el tráfico, entre los cientos de posts en las redes sociales y —salvo algunas cándidas excepciones— en cualquier bar. Retrata, fielmente, la complicidad, la amistad, el optimismo, el deseo, la traición, todo junto, con el buen gusto de no caer en la cursilería ni en el cliché. Y, como señal de inteligencia, está presente el sentido del humor. Como dirían en Facebook: me encanta.









