Para esa época, Fernández de Oviedo, cronista de la Colonia española, en su Historia general y natural de Las Indias, de 1535, refiriéndose a la población originaria que encontró en estas tierras, escribía sobre ellos:
«(…) naturalmente vagos y viciosos, melancólicos, cobardes, y en general gentes embusteras y holgazanas (…) Idólatras, libidinosos y sodomitas (…) ¿Qué puede esperarse de gente cuyos cráneos son tan gruesos y duros que los españoles tienen que tener cuidado en la lucha de no golpearlos en la cabeza para que sus espadas no se emboten?»
Unos pocos años después, en 1547, el escritor español y sacerdote Ginés de Sepúlveda, quien argumentaba a favor de la superioridad cultural y la dominación española sobre los indígenas, pudo decir de los habitantes del continente americano:
«¿Qué cosa pudo suceder a estos bárbaros más conveniente ni más saludable que el quedar sometidos al imperio de aquellos cuya prudencia, virtud y religión los han de convertir de bárbaros, tales que apenas merecían el nombre de seres humanos, en hombres civilizados en cuanto pueden serlo?»
Como vemos, hubo en el momento de la conquista, allá por el siglo XVI, un muy profundo racismo, un ensoberbecido supremacismo de los invasores, que marcó mortalmente la ideología de lo que hoy es Guatemala. Ahora, cinco siglos después, esa visión de los pueblos originarios que tiene cierta parte de la población, se mantiene inalterable. En esa lógica, un trabajador pobre del país, que no se identifica como maya pero que, igualmente, es un explotado por el sistema, puede opinar sin la más mínima vergüenza, que:
«Seré pobre, pero felizmente: ¡no soy indio!»
Ser parte de los pueblos ancestrales en un país donde un par de milenios atrás floreció una de las culturas más deslumbrantes de la historia: los mayas, tiene un valor de desprecio. Incluso –vericuetos de la compleja condición humana– algunos de sus miembros, por la discriminación secular experimentada, tienden a ocultar su propia raíz indígena. ¿Por qué ser no-maya sería «mejor»? Cinco siglos de explotación, sometimiento y exclusión lo explican.
Esta discriminadora denominación de «Whitemalan», más allá de su aparente «simpática» forma, encierra lo que no ha cambiado con los siglos: la explotación inmisericorde de los pueblos originarios, siempre excluidos, olvidados, y reprimidos cuando protestan.
Hoy día asistimos a un fenómeno llamativo, que refuerza lo anterior: las y los «Whitemalan». Es ese término un juego de palabras donde se combinan idiomas y perspectivas: white («blanco», en inglés) y Guatemalan («guatemalteco», en español, como adjetivo), en el entendido (supremamente racista) que ser de piel blanca –lo cual se asocia a una ubicación socioeconómica, perteneciendo a la mítica «clase media», con un estilo de vida occidentalizado, mezclando habitualmente en su hablar el español con el inglés– es «superior» a esa masa indígena de «morenitos» (lo que se liga a bajos ingresos, y una cantidad de infames prejuicios despreciativos).
Si bien los pueblos originarios, luego de la Firma de la Paz en 1996 han tenido algunos cambios –cosméticos, según dice María del Carmen Culajay– en sustancia nada ha cambiado. El siglo XVI con todo lo arriba expuesto, sigue presente, en definitiva. Esta discriminadora denominación de «Whitemalan», más allá de su aparente «simpática» forma, encierra lo que no ha cambiado con los siglos: la explotación inmisericorde de los pueblos originarios, siempre excluidos, olvidados, y reprimidos cuando protestan.
Que un connotado político nacional, perteneciente a las clases más adineradas, el ahora desaparecido Álvaro Arzú, exalcalde de la capital y expresidente y poseedor de una vasta fortuna, tuviera en su despacho un enorme retrato de Pedro de Alvarado, dice algo. El mensaje parece que está por demás claro.









