Míchel Andrade

Memorias del odio

Son las 6 a. m. Un millón de vehículos rugen en la ciudad de Guatemala mientras escucho Plasticine, de Vexes, y Dictator, de Scars on Broadway, parte de una selección de canciones del 2018 sugeridas por amigos o con las cuales he tropezado en algún momento.

Una vez más el ritual de lo habitual (Jane’s Addiction, 1990): dejar a las niñas en la escuela, desearles buena suerte y correr hacia la oficina. En el semáforo en rojo, las noticias en la radio hablan sobre nuevos procesos judiciales, manifestaciones de importadores de autos usados, los fichajes de invierno de los clubes europeos y, por supuesto, la crisis en Venezuela, en la cual se juega un potencial efecto dominó regional.

Más allá del dilema que representa Venezuela para la geopolítica de varias potencias de la región, en mi cabeza rondan las imágenes de migrantes venezolanos en las calles del Quito que dejé en diciembre, de los hondureños que cruzan Guatemala con lo puesto, de los nicaragüenses en Costa Rica y de la diáspora ecuatoriana de principios del siglo, que guardan en común tener que lidiar con los residuos de lo que la clase política ha construido en la región: múltiples miserias que obligan a huir. Falta de oportunidades, desempleo, violencia, represión o hambre están entre las causas que invitan a dejar países gobernados por élites socialistas o neoliberales enamoradas del poder y de su ejercicio.

Los sucesos de Ibarra dan combustible a todos aquellos que identifican migrante con delincuente y alimentan así los miedos más básicos.

Llevo también conmigo, desde hace unos días, las imágenes del asesinato brutal de Diana Carolina en Ibarra, Ecuador, apuñalada en la calle por su pareja, un inmigrante venezolano, en frente de policías que decidieron no actuar y de las hordas que vengaron el crimen sacando a migrantes venezolanos de sus casas a mitad de la noche y agrediéndolos: hombres, mujeres y niños que tuvieron que huir por las carreteras. Imágenes de una pesadilla que reedita un clásico de Joaquín Gallegos Lara, La última erranza, narración corta en la cual un forastero es linchando al ser confundido con el judío errante.

Los sucesos de Ibarra dan combustible a todos aquellos que identifican migrante con delincuente y alimentan así los miedos más básicos de sociedades que deciden ignorar convenientemente que muchos viven de remesas, pero que se indignan cuando la administración Trump insiste en su muro.

Since I’ve Been Lovin’ You (1970) me hace compañía hasta estacionar el auto. Unos minutos más tarde, desde mi ventana, le dedico, con cierta nostalgia, un vistazo a aquella casa señorial que pronto será convertida en un edificio, de la cual guardo el recuerdo de una tarde entre acetatos de Led Zeppelin y gin-tonics hace ya bastante tiempo. Al fondo está el volcán de Fuego, acumulando energía para un nuevo estallido: seguramente una metáfora bastante adecuada para lo que ocurre en la región.


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