No quiero ni imaginar qué pasaría ahora en el tráfico si esto persistiera. Y pongo la Reforma como ejemplo, pero era común en todas partes. Ahora se nos hace imposible pensar en estacionar nuestro carro en una vía principal que no tiene la línea blanca, bajarnos y dejarlo allí hasta que se nos dé la gana regresar.
En casa tenemos pocas reglas, pero están escritas en las tablas de la tiranía parental y se cumplen. Siempre. Así como los ofrecimientos, los castigos y las promesas. La verdad es que pocas veces me toca aplicar consecuencias severas, pero es porque ya tengo instituido el régimen de terror que hace que mis hijos sepan que lo que digo lo cumplo. Es suficiente para mantener medio ordenados a mis salvajitos, un recordatorio de lo que puede suceder.
Los seres humanos variamos nuestra conducta de acuerdo con lo que obtenemos. Y siempre vamos a escoger lo que más nos convenga. Nosotros los chapines, cuando vemos el comportamiento vial en otros países, decimos que «ellos sí son civilizados». La verdad es que la naturaleza humana básica es igual en cualquier latitud y que bajo las circunstancias adecuadas se adapta a lo que mejor le parece en el momento.
La corrupción, la solidaridad, el crimen, la empatía: todo es producto de una toma de temperatura social-personal. Sabemos muy bien que no podemos vivir fuera de un núcleo social, que nuestros avances en comunicación nos permiten que ese núcleo sea cada vez más disperso y extenso, que nos es imposible conocer a todas las personas con las que interactuamos.
Imprimamos en la conciencia colectiva la certeza de obtener consecuencias rápidas y consistentes con nuestras decisiones, aunque solo sea la percepción.
Para que eso funcione, necesitamos reglas generales, de fácil entendimiento y con consecuencias predeterminadas. La expectativa de recibir un castigo por actuar de manera incorrecta es un promotor de la actuación adecuada mucho más eficaz que cualquier ley por muy moderna que sea. Las personas que viven en Alemania, independientemente de su país de origen, paran en un alto en la calle porque saben que van a recibir una multa astronómica y que pueden perder su licencia si no lo hacen. No es porque naciendo allá automáticamente vengan con una impronta de obedecer las leyes. Eso no existe.
¿Queremos que en Guatemala se respeten todas esas reglas que nos conminan a ser mejores seres humanos? Reformemos el sistema judicial desde sus bases: los jueces de paz que imponen el orden pequeño, cotidiano, ese que escoge a quién le pertenece una gallina y que necesariamente debe ayudar a dirimir conflictos que de otra forma se desmandan. Tengamos la certeza como ciudadanos de que podemos reclamar un maltrato ante la autoridad y de que se nos va a otorgar justicia. Imprimamos en la conciencia colectiva la certeza de obtener consecuencias rápidas y consistentes con nuestras decisiones, aunque solo sea la percepción.
¿Saben cuándo dejaron de parquearse en la Reforma? Cuando comenzaron a poner cepos. Aún recuerdo la cantidad de quejas que recibieron por hacer efectiva la prohibición. No fue necesario hacer otra ley. Bastaron esos brazos verdes abrazando el carro a la calle y obligando al dueño a pagar por liberarlo. La solución es sencilla, aunque no simple, e implica una reforma total del sistema de justicia.
Tal vez no es que los humanos seamos civilizados, sino que nos amaestran.









