Uno tiene varias facetas, y la más contundente, la que escondo en muchos de mis artículos periodísticos, es la fuente que realmente me tiene acá, en este apartamento adecuado para vivir. Pues ayer, para no perderme en otras constelaciones, refulgió una llama que por ratos quiere apagarse o reducirse a lo más pequeño.
Reconocí la alegría perdurable. No la que dan las experiencias táctiles, las euforias sonoras, las noches empapadas. Ayer fui parte de una fuerza colectiva, austera, que soltó una erupción que estalló en todo el cuarto donde nos juntamos, que es nuestro mandala, nuestro templo sagrado, más hogar que cualquiera de nuestros hogares, el lugar más simple y complejo a la vez que nos ha escuchado como ningún otro.
Toda esta energía rodeándonos mientras veíamos nuestras pupilas limpias después de tanta suciedad despilfarrada por estas mismas calles que ahora cerramos para poder abrazarnos. Un carro bloqueó la avenida, y eso significaba que estos principios, alineados con lo más alto, estaban por encima de las leyes terrenales y las constituciones.
Se edulcoran las historias intentando echarles una salsa que no tienen, y eso al final reproduce aún más la postura de la sanación como apariencia.
Platicando con un amigo, recordamos la frase de Dylan «but to break the rules you have to be honest», una frase que es parte de una complicidad de años, de miles de tardes trabajando en la construcción de la vasija.
Las excusas se derriten, y entonces yo le pregunté cómo hacer cuando se está en el momento de aprendizaje, el cual, sin embargo, quema en todo el cuerpo. Y él me decía que con humildad, disciplina y agradecimiento, pues las tempestades tan repugnantes, tan vomitivas, son en verdad las que nos impulsan hacia adelante.
El problema es que las narraciones de los entresijos repetitivos se convierten a sí mismas en un caracol infinito. Se edulcoran las historias intentando echarles una salsa que no tienen, y eso al final reproduce aún más la postura de la sanación como apariencia, sin llegar a permear en las células: una pose verosímil pero mentirosa.
Por ello existe una necesidad —lo único que provoca cambios—, una especie de obligación de que se raspen las mañas, que se han convertido en aguijones. Cientos de conductas tan asquerosas mediante las cuales toda esta conjunción de vísceras exteriorizadas nos invita, de manera tranquila y sin espasmos, a soltarlo todo y a dejar que el agua nos inunde por dentro, como cuando hinchamos la panza para flotar a media noche en el lago de Atitlán viendo las estrellas titilar mientras el frío del agua, como milimétricas agujas, nos inyecta toda esa paz que nunca imaginamos sentir.









