Utilizamos este espacio para que las niñas lectoras alcen la voz. Las citamos textualmente. Ellas buscan una manera de expresarse sin confrontar. Algunos nombres son ficticios por obvias razones.
«Yo quiero decirle a la seño que miramos el esfuerzo que hace todos los días para llegar a nuestra escuela. Ella viene de lejos, en picop o moto o saber como se viene» (Ana, 8 años).
«Los maestros ayudan a nuestros padres, madres y antes a nuestros abuelos porque ellos son estudiados. Los ayudan en problemas que no saben que hacer, y como no saben leer los papás» (Crista, 11 años).
«Le agradezco a mi profesor por ser un ejemplo para mi, por enseñarme, por creer en mi, por decirme que en la vida si se me cierra una puerta ya se me abrirá otra» (Julia, 13 años).
«Yo me esfuerzo cada día por Hacer en casa los oficios que me ponen a veces cosas de grandes. Pero somos familia, debo ayudar en la necesidad. Me gusta ir a la escuela y la tarde ir a hacer deberes en la Biblioteca. Pero a la seño saver por que no le gusta que vaya y me regaña. En mi casa no hay lugar para escribir ni libros para investigar y me dan lo que necesito y que en mi casa no me pueden dar» (Claudia, 10 años).
«Yo le digo a la directora que en la Biblioteca nos enseñan a hacer tareas con las manos limpias y sin faltas de ortografía, nos ayudan a aprender como buscar la información solas, pero ella siempre me dice que buscan ahí» (María, 9 años).
«Yo llevo libros por las historias. Me gusta mucho leer porque, aunque sea por ratos me olvido de mi vida tan dura» (Rosario, 14 años).
«Leer para mí es una manera que aprendo palabras, amplío mi vocabulario, aprendo a escribir. A mi no se me quedan las cosas que tengo que aprender a memorizar. Cuando leo mucho, me premian con un viaje bien bonito que mi mamá no puede darme» (Flor, 12 años).
Los buenos maestros se ganan el respeto y el cariño. A veces tenés la buena fortuna de encontrar excelentes maestros, pero es la excepción, no la regla.
«… por eso no aguanto las ganas de corregir a la seño. Ella siempre pronuncia mal, por ejemplo diciendo la azúcar o aguarden sus libros. No tiene buena ortografía. No es que me crea la gran cosa, al contrario, me gusta compartir lo que sé» (Daysi, 11 años).
«Seño, a mí me ace daño mucho cuando me grita» (Isabel, 7 años).
«Seño favor camvie su actitu, está siendo como una mala persona por que no se si ya se dio cuenta que nos grita. Esa vez que me dijo así quieren que me porte de abusiva y gruñona» (Karla, 7 años).
«Yo quiero pedirle a mi maestra que no me humille. Que no diga que por culpa mia todos van a perder el grado. Que ya no me diga que yo tengo la culpa y que me diga que no sé qué es lo que hago. No quiero que me humille por corregirla y no quiero que me trate como a la peor alumna que haya tenido» (Lupita, 10 años).
«Bueno yo ya estoy arta siempre trata mal a los lectores en bes de agradecer que unos lectores están en la escuela. Bueno, deje de tratar mal porque digamos que yo soy usted y usted es yo: no le va a gustar como la trato ¿berdad? Coloquese en el lugar de aquellos niños que usted a umillado diciendo “no se por que son lectores”. Así que por favor deje de ser juzgona y envidiosa. Trate bien, en lugar de tratar mal, que no le va a dejar nada bueno» (Juana María, 11 años).
«Seño, Tal vez usted no tuvo la suerte de tener libros bonitos. Le escribo esta carta para invitarla a la lectura. Juntas tal vez podamos encontrar otras maneras de hacer un mundo mejor La quiero mucho» (Rosa, 9 años).
Los buenos maestros se ganan el respeto y el cariño. A veces tenés la buena fortuna de encontrar excelentes maestros, pero es la excepción, no la regla.











