Manuel Morillo
El panorama de un área protegida próxima al Parque Nacional Laguna del Tigre, Petén, en abril 2017. Manuel Morillo

Deforestación, ganado y palma africana: los elementos de una bomba de tiempo climática en Petén

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Deforestación, ganado y palma africana: los elementos de una bomba de tiempo climática en Petén

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No es solo el calor. Es la pérdida de bosques para dar paso a ganado y palma africana, lo que hace que en Petén se marquen las consecuencias del cambio climático como en ningún otro departamento del país.

Hay que pensar -y repensar- la relación entre el cambio climático en Petén -ese departamento que vemos como lejano, deshabitado, ajeno, incluso- y nosotros. Parafraseando a Walt Whitman quien hablaba de la diversidad de ópticas, Petén contiene multitudes. Y estas multitudes de ópticas y de intereses complican una problemática que, por invisibilizada que esté, no nos es ajena.

Aquí, haré espacio a las voces de la gente que se ven afectados por el cambio climático, entrelazadas a los factores que más afectan a este en una relación interdependiente. Los factores de cambio climático, causado por humanos, que afectan a Petén y a los que se contribuye desde Petén, son el alza de la temperatura —el calor—, la deforestación por medio de la tala inmoderada e ilícita, la producción agrícola, el ganado, y el monocultivo de palma africana. En esto, se entremezclan las necesidades de las comunidades campesinas y ribereñas, con las de agroindustrias y ganadería, en las que salen a relucir la desigualdad en las historias varias del cambio climático.

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El Calor

Flores, en Petén, es como un pequeño joyero cuajado de gemas, rodeado de una brillante turquesa —su lago— y casas en colores vívidos que alberga, día y noche, el paso de cientos de turistas que arriban buscando el contacto con la naturaleza y la vida nocturna. Flores ofrece días de sol, con paseos en lancha en ríos y lagos, así como playas y albercas para aliviar el calor. Pero apenas a una hora de Flores, se puede ya ver la devastación que la selva ha sufrido.

Así se llega a la comunidad Eben Ezer de Petén, un caserío q’eqchi del municipio San Francisco, en donde como muchas otras semejantes, los pobladores viven de un precario trabajo agrícola. Se ven casitas de madera y adobe, con techo de lámina y piso de tierra, algunas sin puerta en la entrada. Muchas carecen de acceso a agua entubada y conexión eléctrica, si bien algunas han logrado jalar algún cable para colgar una bombilla. Están colocadas ordenadamente en terrenos que son un mar de lodo permanente, divididos por calles rústicas pero ordenadas. Como no hay servicio de recogida de basura, entre el lodo —sea húmedo o seco— yacen descartados restos de frutas, botellas de plásticos y paquetes de chucherías. Algunos raquíticos árboles frutales brotan al azar y dan una porción mínima de sombra. Grupos de niños juegan descalzos y sin juguetes y abundan los perros flacos y medrosos.

El calor es abrumante y los mosquitos se pegan a la piel. Con el tiempo, el calor ha empeorado. Uno de los habitantes me dice: «Hay noches que no se puede dormir por el calor. ¡Es que desespera!». Aunque Petén es un área subtropical y húmeda, este calor va más allá de lo normal. Este calor es general, pues Don Isabel, transportista petenero que vive en San Benito, expresa lo que muchos: «El calor se ha ido poniendo peor con los años».

Entre los factores que contribuyen al calor de Petén está el cambio climático global. Pudiera creerse, quizás, que será cuestión de encontrar formas de adaptarse al calor. Sin embargo, según publicaciones científicas, el cambio climático eleva rápidamente la temperatura en los lugares más calientes del mundo, a niveles sumamente peligrosos. De continuar así, habrá cada vez más lugares donde la población no podrá salir afuera por buena parte del día. La solución no es tecnología como el aire acondicionado cuando este contribuye al calentamiento global y es algo que no pueden costear poblaciones con escaso acceso a conectividad eléctrica.

Y el efecto es tanto individual como social. De acuerdo con el centro de investigación African Development Bank, con un solo grado de alza de la temperatura promedio, el cambio climático puede incrementar la desigualdad hasta un 25% más. Con dos grados más, hasta el 40% de tierras cultivables sufrirán de una sequía severa, para el 2050. Y el calor afecta a todos los cultivos –ya ha llevado a millones de humanos a niveles de hambruna y se calcula que en las próximas décadas esto empeorará significativamente.

Vuelvo al microcosmos de Eben Ezer como muestra de cómo decenas de comunidades de Petén se ven afectadas por las alzas de temperatura y cambio climático. Los extremos meteorológicos que azotan Guatemala cada vez con mayor frecuencia, nos han llevado a un nivel de crisis con inundaciones y derrumbes graves. Los recientes temporales de octubre causaron inundaciones severas en varias regiones de especial vulnerabilidad, incluyendo Petén.

Manuela Ical, de 26 años y madre de dos niños, me envió un video que muestra fuerte lluvia y suelos sumergidos, comentando afligida: «Ya se están llenando las casas de agua». Y Manuela se preocupa con razón, pues en los últimos años, las inundaciones -ahora más frecuentes- anegan las comunidades. Ya desde el 2014, según autoridades locales, las inundaciones súbitas han hecho necesario trasladar a los residentes a albergues, pues las lluvias continuas pueden causar el desborde de ríos y arroyos, lo cual afectaría a más de un centenar de familias.

De acuerdo con un estudio especial publicado en la revista dominical del New York Times, los desastres climáticos no solo serán más intensos, sino que ocurrirán con mayor frecuencia. Los científicos lo llaman el “tiempo del retorno”, el período de tiempo entre catástrofes como huracanes y olas de calor. Entre uno y otro de estos eventos, las comunidades afectadas —devastadas, realmente— tienen que reconstruir sus vidas, a menudo bajo condiciones imposibles.

Así, Petén pudiera equipararse a algunas de las predicciones para la India, en donde se calcula que las olas de calor subirán treinta veces más que en la actualidad, con el número de la población expuesta al calor intolerable será más de 90 veces mayor. A su vez, estas oleadas de calor intensifican la potencia de las tormentas, tanto en fuerza de viento como en cantidad hídrica. Así crecerá, entonces, el calibre de las tormentas que afecten las áreas calientes del mundo, con un mayor número de lo que los científicos llaman «mega tormentas», que antes solo ocurrían cada 100 años, ahora ocurriendo cada año. Para las regiones más vulnerables del planeta, el mundo a su alrededor sería uno en constante situación de crisis.

Ustedes se preguntarán qué es, exactamente, una mega tormenta. También me lo pregunté yo. Hay dos definiciones, ninguna más tranquilizante que la otra. La primera es, básicamente, a lo que suena: una tormenta muy poderosa que causa daños catastróficos. La segunda, también se usa para definir un evento de lluvias o nevadas moderadas que duren mucho tiempo —hasta 30 días, digamos— que además, lleven a inundaciones masivas.

¿Recuerdan esas famosas tomas de las inundaciones sorpresivas en Italia y Alemania para las cuales no estaban preparados? Pues eso sucede porque es imposible, hasta hoy, predecir con exactitud cuándo habrá una megatormenta. Hoy, por definición, es un fenómeno que ocurrirá casi siempre por sorpresa. Y en Guatemala, Petén está entre los territorios más propensos a estos fenómenos del cambio climático por varias razones, algunas naturales pero otras, causadas por las acciones de los seres humanos.

Finalmente, las alzas de temperatura causan enorme daño a la biodiversidad, como mostró el descubrimiento de cientos de peces muertos en el área protegida de Naachtún Dos Lagunas. Mientras que el gobierno calificó el desastre como «un suceso natural», varias reconocidas entidades científicas aseguraron que era natural solo hasta el punto en que se debe al incremento de la temperatura como causa del cambio climático.

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El calentamiento global ha causado sequías en el territorio petenero que en determinadas circunstancias elimina el oxígeno de las aguas, causando la muerte masiva de peces y otras especies acuáticas, destruyendo la biodiversidad, así como las formas de pesca sustentables de las comunidades ribereñas y lacustres. Por otro lado, incrementan la proliferación de vectores de enfermedades infecciosas sensibles al clima, como el dengue, malaria, zika, etcétera, siendo así un factor de riesgo para la salud humana.

La Deforestación

Al ir hacia Eben Ezer desde Flores se transitan caminos de terracería sorprendentemente bien cuidados para un área tan remota. También se ven trabajos constantes de mantenimiento, así como incontables camiones cargados de enormes troncos de árboles. Cuando le pregunto a un lugareño qué piensan en la comunidad sobre esto, expresa crípticamente: «De eso mejor no se dice nada».

Los árboles eliminan el dióxido de carbono de la atmósfera, siendo mecanismos naturales de absorción de CO2. Un estudio publicado en la revista especializada Science concuerda con los informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), que sostienen que los bosques son imprescindibles para limitar el alza de temperatura global. Sin embargo, estos estudios también muestran que la deforestación ha incrementado significativamente, contribuyendo a cambios globales del clima. Es un problema circular, pues el incremento de la temperatura dificulta más las condiciones de reforestación, particularmente en climas tropicales.

Cabe subrayar que el clima de Petén es tropical y semitropical. Y en lo que respecta a Petén, un estudio satelital de la NASA de 2019 mapea las áreas más críticas de degradación forestal, mostrando que cerca de 400 millones de hectáreas de bosque en el mundo han sido afectadas del 2000 al 2017. Entre las áreas marcadas en el análisis como críticas a nivel mundial, se encuentra toda la región de Petén.

Aparte de urgir la reforestación de estas áreas para recuperar el canopy perdido, los estudios advierten que es difícil recuperar la biodiversidad perdida, pues reforestar no restablece la flora y la fauna tal como era. Dadas las condiciones climáticas actuales, no crecerán rápidamente, ni tan saludable y diversamente como antes de la deforestación. Además, el impacto de la pérdida de bosques no es solo a nivel climático, sino también económico. Un estudio reciente de la USAID sobre las emisiones de Gases de efecto invernadero (GEI) en Petén, explica que según los análisis realizados, estos se deben principalmente a la deforestación y el cambio de uso del suelo. Encontraron que el 90% de las áreas de bosque removidas, al 2017, son utilizadas principalmente para la ganadería.

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En Eben Ezer, la tala inmoderada ha afectado la economía y salud de los habitantes. Miguel Tec, agricultor, señala a la llanura deforestada y explica: «Es que antes se tenía la milpa y también se cazaba en el monte. Y mire pues, todo esto y hasta allá, era puro bosque. Y en el monte, íbamos a cazar y comíamos. Había venado, tepezcuintle, monos. Y mucho pájaro había. Ahora ya no hay nada. Cuando quitaron todos los árboles, todos los animalitos se fueron. Y cuando no hay maíz, hay que comprarlo y está muy caro. Entonces no hay qué comer. Y tampoco hay trabajo. Y ¿entonces?».

Los Cultivos

«Si nos va bien, si llueve, pues, nos va bien con la milpa. Lo único es que hay poquita tierra, entonces no se puede sembrar mucho. Y la cosa es que no llueva mucho, muy duro, tampoco, si todavía está, así, chiquita la siembra. Pero si no llueve, o si muy tarde, allí sí se pierde todo», dice Miguel Tec, en la parcela pequeñita donde vive. La que le quedó después de que tuvo que vender su parcela de siembra para pagar una deuda.

De acuerdo con un estudio de la organización Germanwatch, Petén sufrirá una reducción de su precipitación de lluvia en las próximas décadas. Los estudios que pronostican el futuro de la seguridad alimentaria en Petén, en relación al cambio climático, coinciden en que el panorama no es esperanzador. Por ejemplo, el estudio La economía del cambió climático en Guatemala (2018), prevé que el cambio climático inevitablemente afectará la producción de granos básicos a nivel nacional. Calculan que para mediados de este siglo, comenzará a haber retrasos notables en la temporada de lluvias con una reducción de hasta el 64% de producción de maíz. Y la temperatura elevada afecta a todos los cultivos, pero entre los más afectados está el maíz. De hecho, las sequías pudieran aumentar al doble.

Sobre el grano principal de alimentación en Guatemala, el maíz, el estudio establece que Petén podría tener reducciones de más del 13% de sus rendimientos en 2030 y más del 50% para el 2100. Para más, Petén es uno de los tres mayores productores de arroz en Guatemala —los otros son San Marcos y Quetzaltenango— y se calcula que para el 2030 podría haber llegado a perder hasta 20% de su cosecha y para el 2100, entre el 30% al 60%. En otras palabras, Petén está en riesgo de perder importantes fuentes de alimento e  ingresos para su economía agrícola.

El Ganado

«Mire, todo esto de aquí hasta más allá», indica el ganadero, ladino, entrado en años. Me señala unos cerros en el horizonte, en la región sur de Petén. «Todo eso es lo mío, 30 caballerías son. Y de allí, lo otro, es lo de mis hijos». Cuando le pregunto si siembra algo en su tierra, dice «no siembro nada, solo puro ganado y zacate para que coman». Me indica, además, que contrata poca gente, usualmente para chapear, pues el ganado, al contrario de la siembra, ocupa poca contratación de peones.

Me cuenta que nació en una familia de pequeños ganaderos, tuvo poca escolaridad y que logró la prosperidad tras dedicarse al negocio del ganado en otro departamento, en oriente, y luego en Petén. Tiene las manos encallecidas y planta de estar acostumbrado a las faenas rurales. Sus hijos, en cambio, ya adultos, visten a la moda y comentan que viajan a menudo.

La ganadería —sea legal o ilegal— es la causa principal de la deforestación de la biósfera Maya. El problema de la ganadería en Petén es un asunto de muchas aristas. Para comenzar, está el impacto de la ganadería, a nivel global, en el cambio climático; también está su impacto en la ecología y en la economía de Petén, en donde se promueve su desarrollo desde el siglo pasado como camino legítimo de prosperidad. Y aunque sin duda abundan ganaderos honestos, es sumamente problemática su asociación con actividades ilícitas, pues según varios reportes en años recientes, la ganadería es una de las formas favorecidas del lavado de activos ilícitos y de las causas de invasión en áreas protegidas del Petén.

Uno de los muchos estudios que examinan la ganadería y el cambio climático fue publicado por la Universidad de California en Davis, que indica que la ganadería vacuna es la fuente principal de emisiones de gas invernadero a nivel mundial. En el 2020, se determinó que el ganado vacuno produce 14.5% de las emisiones de invernadero, más que nada en forma de metano. Es más, el metano exhalado por las vacas es 28 veces más potente que el dióxido de carbono (CO2). Hay otros efectos dañinos: permanece en la atmósfera por unos 12 años, se vuelve parte del ciclo de carbono biogenético pues era, originalmente, CO2 y eventualmente retorna a la atmósfera, esta vez como CO2 reciclado.

El estudio «Tierra e igualdad: Desafío para la administración de tierras en el Petén» (2022) propiciado por el Banco Mundial, analizó varias comunidades en Petén, incluyendo Eben Ezer. El estudio recalca la prevalencia de la producción de ganado, estableciendo que el 80% de los créditos otorgados en el período de 2004-2011, fueron para la ganadería.

El asunto del ganado está enlazado, además, a la problemática de la repartición y tenencia de tierras en Petén. El Proyecto de Administración de Tierras (PAT) determinó en 2007 que el 93% de la población indígena vivía en condiciones de pobreza, por lo que buscó reducir la expansión de la producción agrícola y ganadera en las áreas protegidas del territorio departamental.

De esta suerte, adjudicó parcelas a campesinos empobrecidos. Hoy, sin embargo, más del 46% de estas se encuentran concentradas en nuevos latifundios ganaderos y de monocultivos de exportación, principalmente palma africana y teca. De acuerdo con un reporte reciente, los principales motores económicos del Petén son «actividades extractivas de recursos naturales, tanto de petróleo como de productos para la agro-exportación -además de diversos negocios ilícitos …».

La repartición de parcelas se dio a nivel individual y privado, sin tener en cuenta formas colectivas de gestión de tierras más comunes entre muchas comunidades indígenas. Esto tuvo graves consecuencias a largo plazo pues, como iluminaron las entrevistas recabadas en el estudio, los propietarios se veían obligados no solo a mostrar mejoras en la tierra, como también mantenerlas forestadas. Sin embargo,  sus circunstancias les imponían deforestar para poder implementar mejoras. Además, por su situación precaria, se veían impulsados a la venta de parcelas por urgencias causadas por deudas, accidentes, enfermedades y demás. El estudio reporta, también, que eran víctimas de medidas coercitivas por parte de ganaderos y de narcotraficantes, para la venta de sus tierras. 

Este fenómeno causó un alza en los precios de la tierra, de tal manera que quien la vendía, no podía adquirir después tierra para dedicarse a la agricultura, que era lo que saben hacer para ganar el sustento. No les daba lo que recibían por su tierra -a menudo una cantidad por debajo del mercado real- para invertir en algún negocio o lograr un empleo estable. De esta manera, muchos campesinos se vieron obligados a desplazarse a áreas protegidas, formas de subsistencia muy precarizada de alquiler de tierras para sembrar o trabajar para terratenientes más grandes. Este estudio muestra que los arrendatarios componen casi el 40% de la población campesina de Petén.

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El estudio recalca, también, «la creciente narcoactividad en la zona que ha aumentado la concentración de la tierra como medio de lavado de dinero» y que  «se ha detectado un cambio notable hacia las ventas coercitivas e incluso violentas. Por lo general, los compradores son ganaderos, empresas dedicadas al cultivo de palma africana y a veces, narcotraficantes, con algún traslape entre estas categorías».

Es importante subrayar que una mayoría de ventas no son directamente coercitivas. Por ejemplo, muchos de los campesinos pequeños y/o pobres en Petén hipotecan sus tierras -bajo condiciones a menudo francamente usureras- con el propósito de migrar a Estados Unidos.  Sin embargo, no todos pueden pagar la deuda cuando son deportados y, como en el caso de más de uno de los campesinos con los que hablé, han perdido la tierra y se ven sin empleo permanente, teniendo que buscar trabajo muy precario como jornaleros, a una tasa informal de 30 quetzales por día.

La ganadería y la tala están complicadamente entrelazadas, pues también los campesinos sin tierra se ven coaccionados a talar en áreas protegidas para hacerse un espacio para sembrar algo o, más bien, vender la madera. Y de acuerdo con el decreto No. 64-95, celebrado hace más de 25 años, se declararon tierra protegida a más de 411 hectáreas, que abarcan a los municipios de Sayaxché, San Luis, Poptún, Dolores, Melchor de Mencos, La Libertad y San Francisco, este último el área que incluye a Eben Ezer.

La Palma Africana

Es notable que, en el reparto de parcelas bajo el proyecto de administración de tierras, se menciona que las comunidades a las orillas de los ríos La Pasión y Usumacinta, en Sayaxché, fueron las únicas que recibieron sus tierras bajo el sistema de cooperativa, lo que sugiere una estrecha integración entre los pobladores. En 2015, el río La Pasión fue foco de los medios cuando ocurrió allí el desastre natural conocido como lo que pobladores, así como científicos, activistas, académicos, catalogaron «el ecocidio del río La Pasión», y «uno de los desastres ecológicos más atroces del país». A la vez, muchos acusaban al Estado de minimizar las repercusiones del caso y dejarlo en la impunidad.

Estudios encontraron que el químico malatión había contaminado cerca de 150 kilómetros del río La Pasión, así como varios del San Román, causando oleadas de muertes de peces, reptiles, mamíferos y afectando de manera adversa la vida de aproximadamente 30,000 pobladores ribereños. De este hecho se señaló a la empresa Reforestación de Palmas del Petén (REPSA), un caso jurídico que sigue irresuelto. El caso, sin embargo, iluminó la precaria y vulnerable situación de los recursos hídricos en la región, para la cual no solo existe reglamentación inadecuada, sino que poca coordinación entre los distintos cuerpos de autoridades encargados directa e indirectamente de la protección y gestión medioambiental.

Un reportaje del medio digital Ocote en el 2021, explica que la agroindustria en Guatemala utiliza un 75% del agua fluvial del país y cita a Raúl Maas, investigador de la Universidad Rafael Landívar, quien subraya un elemento crucial: «En Guatemala no existe alguna regulación sobre el uso de los recursos hídricos. Hasta hoy las fincas pueden emplear el agua que necesitan para sus plantaciones o ganado sin rendirle cuentas a nadie».

Esto es de particular importancia, siendo que Petén es el departamento con el mayor crecimiento del cultivo de palma africana en Guatemala, con -hasta hace 5 años- más del 45% de hectáreas destinadas a este monocultivo. El cultivo de la palma africana no es cosa reciente, pues desde finales del siglo pasado, comenzaron a comprar caballerías hasta lograr acumular grandes extensiones de tierra para este cultivo. En menos de 9 años, según un recuento del 2015, el cultivo de palma en Petén subió de 31 hectáreas a 110 mil en el 2012.

Un estudio reciente sobre el impacto ecológico del cultivo de palma africana en Camerún, explica que la agricultura industrial es una de las causas principales de degradación de ecosistemas naturales, contribuyendo al 24% de emisiones de gas, de las cuales la mayor causante es el cultivo de palma africana. De hecho, el estudio mostró que el impacto ecológico de la palma africana es múltiple, e incluye deforestación, pérdida de la biodiversidad, erosión de la tierra y contaminación del agua. Hace notar, además, que la gran mayoría de plantaciones de palma africana se hacen sobre áreas boscosas con malas prácticas ambientales —incluyendo tala, construcción en áreas boscosas, y creación de baldíos—. Las similitudes con la situación de Petén no son coincidencia.

En Petén, es innegable —según un informe reciente de Sierra Club— que las plantaciones de palma en Sayaxché han contaminado las aguas y devastado de otras maneras el medio ambiente del departamento. Y mientras que el Estado no ha llevado registro del daño ecológico causado por la palma africana, Oxfam reportó en 2018 que el 20% de la tierra cultivada con palma africana en el 2010 —110,000 acres— había sido bosque apenas 10 años antes.

En otras palabras, son prácticas que contribuyen al cambio climático a nivel mundial, pero también -y muy particularmente- a nivel local. Por ejemplo, el ecocidio del río La Pasión tuvo otras repercusiones: tras perder el acceso a la pesca por la contaminación del agua, muchos de los lugareños comenzaron a dedicarse a la tala del árbol en las reservas naturales. Para autoridades locales, sean oficiales o comunales, es difícil enfrentar a industrias como la palma africana pues, además de poderosas políticamente, estas se hacen a menudo simbióticas en la comunidad. Por ejemplo, de las pocas distracciones que los jóvenes tienen en las comunidades como Eben Ezer y aledañas, es el fútbol. Y las empresas son a menudo patrocinadoras y donadoras de uno o varios de los equipos locales.

Es irónico, al final, que el cultivo de la palma africana no es sostenible en el tiempo, pues según varias publicaciones científicas consultadas, no es una planta que responderá bien, a la larga, a los efectos climáticos según estos se vayan intensificando en las décadas por venir.

«Una no se quisiera ir, pero acá no hay modo de salir adelante. Mi esposo es agricultor y en veces que tiene trabajo, más veces que no. Comprar tierra no se puede, piden mucho y ¿de dónde? Él me quisiera apoyar para que yo estudie algo y pueda conseguir un buen trabajo, pero nunca alcanza. Yo veo que todos mejor se van para el Norte y pienso que va haber que hacer lo mismo», dice Manuela Ical. Su prima Graciela, una jóven de 19 años que no pudo terminar sus estudios básicos y sueña con ser enfermera, concuerda: «Yo tengo metas, pero para lograrlas me tengo que ir».

Según la Universidad de Lovaina, en un estudio longitudinal que examina los eventos catastróficos registrados, establece que la mayoría han sido de origen climático, incluyendo tormentas, huracanes, deslizamientos de tierra, inundaciones, sequías y temperaturas extremas. Pronostica que los efectos del cambio climático -en particular los aumentos de temperatura, nivel del mar, severidad de precipitaciones (precipitación intensa e irregular), causarían serias pérdidas a la salud, economía y ecosistemas del país.

Habrá diferencias de magnitud en diferentes regiones del país, con las áreas Pacífico y tropicales en mayor riesgo de experimentar mayores impactos por el incremento de la temperatura, y menor disponibilidad del agua.

Los eventos extremos tendrán un efecto nocivo en la producción agrícola y, en consecuencia, sobre las condiciones de seguridad alimentaria, pobreza, y exclusión, contribuyendo así a ampliar la brecha de desigualdad, en particular en las áreas rurales de Petén.

Ya se ha visto que el país ha sufrido, en los últimos años, severos eventos climáticos extremos, como inundaciones, tormentas tropicales de alto grado, y como consecuencia de estos, deslaves, sequías, expansión del corredor seco, y otros de trágica consecuencia. El cortoplacismo y pasividad del Estado, así como la falta de coordinación entre los campos ambientalistas y agricola-industrial, contribuyen a la degradación del medio ambiente en Petén. Y Petén, a su vez, contribuye con los efectos que alteran el cambio climático.

La tala indiscriminada en Petén para promover —incluso en áreas protegidas— la ganadería y el monocultivo industrial, parece ser uno de los ejes emblemáticos que, además, provoca de manera directa o indirecta, conflictividad social y desigualdad entre las poblaciones más vulnerables.  Es importante, sin embargo, evitar la simplificación de un problema con muchas aristas o asumir que es un caso singular de el Petén. Con todo, uno de los puntos de mayor relevancia para el Petén, es el rol de los bosques en la reducción de carbono. Por ende, su conservación es esencial -y urgente- para contrarrestar los efectos de la emisión de gases por un lado, y la degradación ecológica local, por otro.

Algunas de las acciones políticas puestas en práctica para la conservación de áreas protegidas han sido problemáticas y exacerban más el problema. Por ejemplo, los casos en que los movimientos de recuperación de territorios protegidos implican desalojar —a menudo con violencia— a las personas que se han adentrado en estos en busca de tierra cultivable ante el vacío en la región de otras formas de ganarse el sustento, como lo muestran los casos de Laguna Larga y El Reloj, entre otros. Existe la percepción que en su implementación de prácticas para la conservación, entes gubernamentales enfocan sus esfuerzos en las comunidades agrícolas que no son necesariamente las que causan el principal impacto negativo en la región.

Finalmente, el impacto además de ecológico y social, es económico y cultural. No es sorprendente que las sequías, la falta de empleo y de tierras, de acceso a fuentes de alimentos como la pesca y la caza, ha llevado a la creciente migración de campesinos de Petén —que cultivaban las tierras de maneras sustentables y menos nocivas para el medio ambiente que la ganadería y el monocultivo industrial. Las comunidades como Eben Ezer tienden a ser de orígen maya, con sus propias culturas y tradiciones, que contribuyen a la riqueza cultural de la región.

Esto es parte de un patrón mundial, que muestra que los efectos del cambio climático —bien llamado por muchos ecocidio— golpean primordialmente a los pueblos originarios y grupos más vulnerables. La migración en Petén, como en el resto del mundo, está inevitablemente entrelazada al cambio climático, contribuyendo así a estadísticas globales que calculan que cada año, los desastres naturales —repito, causados por la actividad humana— llevan al desarraigo de más de 21 millones de personas.

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