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Entre trayectos y temores: la batalla cotidiana de las mujeres en buses extraurbanos de Quetzaltenango

«¿Por qué algunas personas se sienten con el derecho de invadir el espacio y la intimidad de otros? ¿Qué ganan con causar miedo y angustia?», Jessia, víctima de acoso.
La reconstrucción de la confianza después de experimentar acoso callejero implica reconocer el daño emocional y buscar ayuda si se experimentan síntomas como insomnio, pérdida de apetito, pesadillas, ansiedad, angustia o depresión.
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Reportaje

Entre trayectos y temores: la batalla cotidiana de las mujeres en buses extraurbanos de Quetzaltenango

Ilustración: Laura Ordoñez
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Aunque hay varias iniciativas y proyectos para combatir el acoso callejero, éstas no avanzan, mientras tanto las mujeres sufren de acoso en movimiento, dentro de un bus, sin poder escapar, están a merced de los acosadores.

La vida cotidiana se convierte un reto de supervivencia para muchas mujeres en los buses públicos, «prefiero caminar sola, aunque sea de noche», «me da miedo vestirme ajustado porque me sucederá algo malo», «prefiero sentarme con señoras grandes o irme parada», «me cuestiono si es mi culpa», «me siento sucia y vulnerable», «evito los buses ahora», son algunas frases que repiten víctimas de acoso callejero, una problemática que ha persistido en la sociedad y claramente ha afectado a mujeres de todas las edades y orígenes.

Estudios realizados por la Organización Contra el Acoso Callejero en Guatemala (Ocacgt) demuestran que es prevalente en el país, señalando a las mujeres como las principales afectadas. Se presenta en calles, avenidas y el transporte público, una violencia que forma parte del día a día. De acuerdo con el informe del Ocacgt en 2020, el 96% de los casos de acoso callejero fueron denunciados por mujeres, y el 58% de ellas tiene entre 21 y 30 años. Un dato relevante es que el 48.5% de los reportes se relacionan con piropos ofensivos.

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En Guatemala no existen leyes específicas que protejan la integridad de las mujeres ante el acoso callejero. Las voces de las entrevistadas reflejan la necesidad de un cambio y de medidas de protección más efectivas para abordar esta problemática.

Los mapeos actualizados de Ocacgt en 2023 indican que las mujeres entre 21 y 30 años son las que más sufren acoso callejero en el transporte público, con un 65%. Las formas más comunes de acoso reportadas son las miradas lascivas al cuerpo (73%), el contacto físico inapropiado con intenciones sexuales (68%), y los piropos obscenos u ofensivos de carácter sexual (61%).

Edgar Guerra, Defensor de las personas Usuarias del Transporte Público de la oficina del Procurador de Derechos Humanos, dice: «El problema de seguridad ciudadana y transporte en Guatemala es alarmante, con casos diarios de violaciones y acoso sexual. Un ejemplo lamentable es el caso de Chimaltenango, donde se registró la violación de unas jóvenes. Aunque el Estado ha realizado esfuerzos aislados a través del Ministerio de Gobernación, estos son temporales, y la presencia de la Policía Nacional Civil es intermitente».

La Oficina del PDH ha señalado la necesidad de fortalecer la presencia de agentes de policía y otras autoridades en las carreteras y calles.

En Quetzaltenango, durante los meses de febrero y marzo de 2021, la colectiva Be RadFem Xela llevó a cabo una encuesta a nivel departamental con el objetivo de analizar el acoso callejero en la región. Los resultados de esta iniciativa proporcionan una visión detallada sobre los lugares más propensos a la violencia, y quienes la ejercen y la confianza en las autoridades para prevenir la problemática.

De la totalidad de participantes que respondieron la encuesta el 87% fueron mujeres, mayormente de 19 a 30 años. Los municipios de Quetzaltenango, Coatepeque, Olintepeque, San Carlos Sija, San Mateo, Salcajá, La Esperanza, Concepción Chiquirichapa, San Juan Ostuncalco, Palestina de los Altos y Huitán se destacaron como los principales focos de respuesta.

Entre los resultados obtenidos, se identificaron lugares recurrentes de acoso, tales como el Mercado La Democracia, Terminal Minerva, Parque Central, Parque Benito Juárez, Calle Rodolfo Robles y Rotonda La Marimba.

La angustia cotidiana en los buses extraurbanos

Este episodio la dejó profundamente afectada. No solo por la experiencia en sí, sino por la falta de reacción de los demás pasajeros que parecían indiferentes ante el acoso que ocurría frente a sus ojos. Al hablar con ella, es evidente el miedo que aún siente, ese temor que la ha llevado a evitar los buses, buscando otras alternativas para desplazarse.

Un día de septiembre de 2023, Jessia, de 19 años, tenía que estar en Quetzaltenango, los apuros le hicieron subirse a un bus extraurbano que venía de Retalhuleu. Los minutos pasaban dentro, las miradas lascivas de un hombre la incomodaron y la hicieron bajar en Las Rosas, Quetzaltenango.

Tomó otro bus para llegar a tiempo, en medio de varias personas, se vio obligada a situarse cerca del chofer. Desde el inicio del viaje, sintió cómo una mano desconocida se aventuraba por sus piernas cada vez que el piloto cambiaba las velocidades del vehículo. Un roce intencionado que la hizo sentirse vulnerable y asustada. A pesar de su incomodidad, se mantuvo en silencio, intentando ignorar la situación. Finalmente decidió bajarse del bus antes de tiempo, sintiendo un nudo en el estómago y una sensación de impotencia.

Al momento de pagar, el chofer le dijo «¡No es nada!». Ella sintiéndose vulnerable, sin querer deberle nada a nadie dejó tirados 2 quetzales y se fue viendo a todos lados, alerta por el miedo.

«No me importó llegar tarde donde tenía que estar, tampoco caminar sola y con el bullicio de los carros y el frío. Para regresarme a casa llamé  a mi papá para que me fuera a traer, diciéndole que me sentía mal, no le conté nada, estuve dos días en shock», relata.

«Le conté a mi mami, ella me dijo que no era mi culpa y que no debo subirme en buses en los que me sienta indefensa. A veces veo señores y los percibo como este chofer, me dejó con miedo, en los buses nada es seguro, debemos de cuidarnos», cuenta.

Jessia no está sola en su experiencia, muchas mujeres enfrentan situaciones similares a diario. El acoso en los buses se ha vuelto tan común que parece haberse naturalizado en la sociedad, como si fuera algo inevitable. Este incidente no solo dejó cicatrices emocionales en ella, también la hizo cuestionarse sobre el mundo en el que vivimos. «¿Por qué algunas personas se sienten con el derecho de invadir el espacio y la intimidad de otros ¿Qué ganan con causar miedo y angustia?», se pregunta.

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El relato de Jessia no es solo una anécdota personal, es un reflejo de un problema social más amplio. «Según las experiencias de las mujeres encuestadas, el grupo que mayoritariamente las ha acosado son hombres que desarrollan alguna actividad específica: policías, trabajadores públicos, choferes, ayudantes de bus, taxistas, albañiles, mecánicos y vendedores».

En el Congreso se encuentra la iniciativa 6213: Ley Marco para la Prevención y Atención del Acoso Sexual y Acoso Callejero. Andrea Villagrán, diputada, dice: «El abordaje del acoso sexual callejero debe ser integral, con esta ley se busca que distintas instituciones estatales desarrollen políticas públicas que incluyan formación y sensibilización, rutas de actuación y sanciones para la prevención y el adecuado abordaje del problema. Así también, considerando que en el país existe una diversidad lingüística, es importante la traducción e interpretación en los distintos idiomas mayas».

Un grito silencioso que clama por atención

Stephany es una estudiante universitaria de 19 años, emocionada por su primer trabajo como vacacionista, se encontró en una situación de horarios cambiantes que la hacía utilizar el transporte público, en especial, los buses extraurbanos. La pesadilla ocurrió en un viaje nocturno cuando un joven pasajero se le acercó de manera incómoda, a pesar de la amplia disponibilidad de asientos, el acosador se aproximó a ella de forma intencional. La situación se volvió insostenible cuando decidió tocarla de manera inapropiada.

Decidió bajarse antes de su parada, temblando y atormentada por la experiencia. El incidente dejó una cicatriz emocional que ha estado luchando para superar. Stephany narra: «A menudo se nos culpa por la ropa que llevamos o el argumento de “lo provocaron”. Pero no, yo iba con ropa de trabajo, pantalón negro demasiado flojo, una chumpa, con dos trenzas, no había el por qué».

La incomodidad y el miedo se convirtieron en compañeros inesperados en su viaje cotidiano.

«Recuerdo que debía caminar un poquito para llegar al trabajo y empecé a ver nublado, me tuve que parar y calmarme, el color del clima era diferente como que tuviera un filtro feo, como una película de blanco a negro». Eso cambió su forma de moverse en la ciudad. «Ahora suelo excederme en el cuidado mío, por ejemplo, si veo un bus vacío, intento sentarme con mujeres o pegarme a la ventana que tenga fácil acceso para salir, no me gusta sentarme a la par de hombres realmente prefiero ir parada».

Stephany ilustra una realidad difícil: «El acoso en los buses extraurbanos es un escenario a menudo ignorado. La empatía y la reacción de los testigos brillan por su ausencia. Las mujeres se encuentran en una encrucijada entre soportar la incomodidad en silencio o enfrentarse, temiendo por su seguridad».

«En el año 2011, se introdujo un plan piloto de autobuses exclusivos para mujeres en Guatemala, la iniciativa fue de la Asociación de Usuarios del Transporte Urbano y Extraurbano  (Autue) siguiendo el exitoso modelo implementado en la Ciudad de México “Taxis rosas”. Aunque la iniciativa fue bien recibida por la población, los transportistas no mostraron interés en mantenerla. Inspirados por experiencias exitosas de México, donde se implementaron taxis y vagones exclusivos para mujeres, se considera viable adaptar este enfoque en Guatemala, especialmente en servicios municipales como TuBus, con la asignación inicial de autobuses exclusivos en rutas específicas», dice Guerra.

Ligia Hernández, entrevistada cuando aún era diputada de la Bancada Semilla, cuenta que «el acoso callejero en los autobuses representa un problema grave y persistente, afectando especialmente a mujeres y niñas. Este tipo de violencia incluye tocamientos, exhibicionismo y casos más graves que pueden resultar en violación, siendo una consecuencia directa del acoso. La falta de atención por parte de las autoridades públicas a este problema ha dejado a las mujeres vulnerables, sin medidas de protección adecuadas».

Ligia también vivió una experiencia personal como testigo de acoso en un autobús. «Presencié un asalto en un autobús donde chicas de colegios e institutos fueron víctimas de violencia física, rompiendo sus blusas para robar y tocarlas, fue terrible, estuve allí, las tuve que auxiliar, entraron en pánico, es parte de la dinámica y de los riesgos a los que estamos sometidas las mujeres. Este incidente resalta la gravedad de los riesgos a los que están expuestas las mujeres y niñas al hacer uso del transporte público y espacios públicos», recuerda.

«Desde el poder público, no se le ha dado la atención que necesita, creo que es una de las maneras más serias de violencia, que sufrimos porque dañan nuestra integridad y también nos expone ante los demás, esto no distingue edad, entidad o clases sociales y todas estamos en riesgo latente», comenta Ligia.

Para la abogada Ana Elisa Samayoa, la falta de regulación evidencia una normalización del acoso callejero en contra de las mujeres. «Hay falta de interés en promover la existencia de un espacio público quizás seguro para las mujeres. Se propicia la impunidad de estas agresiones y sí, realmente normaliza, naturaliza, desde una mirada como muy machista patriarcal en la que estamos ahí para servir a las necesidades, impulsos de otra persona e incluso en el espacio público, que es el lugar donde nosotros tenemos que ocuparlo para desarrollo de nuestras actividades cotidianas, eso es algo que me dice a mí, la falta de regulación de este tipo de situaciones».

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Acoso cotidiano: el viaje a casa

Aura Almira es una chica de 18 años, estudia la carrera de Derecho, ella creció en Quetzaltenango. En su etapa de escuela básica Aura vivió una experiencia que marcó su vida. A diario tomaba un autobús extraurbano para volver a casa, y compartía ese viaje con un hombre que trabajaba en una herrería cercana. El simple hecho de verlo la inquietaba y prefería sentarse en el extremo opuesto del autobús.

Ella solía tomar un bus para regresar a su casa a la 1 de la tarde, este a menudo estaba lleno de jóvenes que subían en diferentes paradas, la gente se aglomeraba y Aura, quien vestía su uniforme de la escuela, prefería buscar un asiento libre si había alguno disponible.

Aquí entra en escena el hombre de la herrería, cada vez que Aura subía a ese bus, notaba que este hombre también estaba allí. Un día, mientras estaba en el autobús, ocurrió algo que la dejó extremadamente preocupada. «El autobús estaba tan lleno que la gente se apretaba como sardinas enlatadas», y sintió que su falda se levantó de manera inapropiada. Al principio, pensó que era debido a la aglomeración, sin embargo, poco después, se dio cuenta de que alguien estaba muy cerca de ella y, en realidad, estaba rozándola de manera incómoda.

Resultó que ese alguien era el mismo hombre de la herrería. Aura no se había dado cuenta de su presencia detrás de ella debido a la multitud.

Esto se repetía de lunes a viernes, cada día para regresar a casa, solía encontrarlo en el mismo horario y tenía que soportar las miradas lascivas, tratar que la falda no se le subiera, ponerse una chumpa. Fueron tres años con el mismo miedo y sin tener a quien recurrir. Ella dice: «Me dijeron que no podía defenderme, pero de tanto que ha sucedido tuve que hacerlo para sobrevivir».

Después de la primera experiencia incómoda con el señor de la herrería, hubo otra situación similar la semana siguiente. En esta ocasión, el autobús estaba nuevamente lleno, y el señor estaba de pie, se acercó de manera inapropiada, pegando su cuerpo a la cara de Aura, quién iba sentada. Fue una escena perturbadora. El acoso duró aproximadamente dos años, hasta que la pandemia se acercaba. Aura se sintió atrapada en este miedo constante, evitando salir o tomar el autobús, porque temía encontrarse con ese hombre en cualquier momento, en cualquier calle.

Finalmente, un día, decidió enfrentarlo. El bus iba lleno, recuerda la playera que llevaba con una imagen de dos mujeres acostadas, sexualizando a la mujer. A pesar de su temor, finalmente lo encaró «¿Qué le sucede?», gritó dirigiendo una mirada fuerte y directa, ella dice: «Fue triste ver cómo la gente solo se te queda viendo y sin preguntar qué sucedía». Aunque su mensaje no fue muy claro, el hecho de enfrentarlo la empoderó. El acosador contestó, «no te estoy haciendo nada», poniendo una cara de sorprendido.

Este tipo de experiencias tiene un efecto profundo en las mujeres, afectando su seguridad y limitando su movilidad en espacios públicos.

La psicóloga Gladys Rocop explica que «el acoso callejero tiene profundas implicaciones psicológicas en las mujeres. Uno de los efectos más comunes es la disminución de la autoestima, que puede llevar a una percepción negativa de uno mismo. Además, el acoso afecta la autoimagen, particularmente en lo que respecta a la integridad sexual de la persona. La salud mental de una mujer se ve comprometida, aunque la magnitud de este impacto depende de su capacidad de resiliencia y su formación sobre lo que constituye el acoso callejero».

Aura describe cómo tuvo que cambiar su forma de vestir y evitar ciertas rutas y horarios para sentirse segura. El relato también resalta la importancia de que las mujeres hablen sobre sus experiencias para empoderarse y para educar a otros.

También comenta algunas estrategias psicológicas para enfrentar el acoso callejero. «Es fundamental fortalecer la autoestima y promover la apertura en torno a estos temas. El apoyo de la familia, incluyendo a los padres, es esencial. La reconstrucción de la confianza después de experimentar acoso callejero implica reconocer el daño emocional y buscar ayuda si se experimentan síntomas como insomnio, pérdida de apetito, pesadillas, ansiedad, angustia o depresión. El primer paso es admitir que estos síntomas están relacionados con el acoso, lo que puede ser un desafío en sí mismo».

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El defensor de los usuarios, Edgar Guerra Fernández, enfatiza la importancia de abordar el problema del acoso sexual en el transporte público, destacando elementos culturales que contribuyen al silencio de las víctimas.

Se resalta que muchas mujeres evitan denunciar debido a la fuerte carga social y que, a pesar de iniciativas de la PDH de implementación de protocolos de atención, en algunas municipalidades, la falta de un protocolo universal dificulta la coordinación para atender a las víctimas.

«Se tuvo una iniciativa ya casi terminada con la Municipalidad de Guatemala, se inició con otra Municipalidad como Mixco, Villa Nueva, Amatitlán en cuanto a generar un protocolo de atención a las víctimas de acoso sexual o acoso callejero en el transporte público», dice Edgar Guerra.

En cuanto a Transmetro, mencionó que se lograron pruebas exitosas con un protocolo de atención coordinado entre guías ciudadanas, la policía municipal, la Policía Nacional Civil y el Ministerio Público. «El objetivo es extender este protocolo a todas las municipalidades del país».

Destaca la necesidad de campañas de concientización, para prevenir el acoso sexual. Además, resalta la importancia de establecer precedentes para cambiar la percepción cultural del acoso como algo normal. Se señala la falta de esfuerzos del Estado para abordar el hacinamiento en los autobuses, un factor que facilita el acoso sexual, y se sugieren soluciones como unidades exclusivas para mujeres y un sistema de transporte público más regulado.

La edad no se justifica en un bus

«El acoso es la falta de respeto hacia nosotras las mujeres de parte de los hombres, son acciones que nos hacen sentir incómodas dentro de un bus, todas lo hemos sufrido independientemente de la edad», cuenta Beatriz, una madre quetzalteca.

Ella recuerda un incidente que tuvo lugar hace algunos años, cuando estudiaba en Totonicapán y viajaba con un grupo de amigas en un bus extraurbano. En aquella ocasión, un hombre se pegó detrás de ella y comenzó a realizar gestos inapropiados. Ella intentó moverse, pero el hombre persistió en su acoso.

«El hombre este siguió detrás, se pegó hacia a mí y nuevamente empezó a frotarse, pero se sentía como él se intimaba detrás de mí, pues obviamente me enojé tanto, pues yo no reaccioné pasiva, sino que bruscamente me volteé y no soporté. Ya era mucho, él me perseguía mucho y me volteé, le di un manotazo y lo enfrenté». Los demás pasajeros se quedaron en silencio, viendo con sorpresa la reacción y señalándole como una loca.

La psicóloga, comenta que existen diferencias significativas en la forma en que las mujeres perciben y enfrentan el acoso callejero. «Algunas pueden no darle importancia debido a la falta de educación o conocimiento sobre la inapropiada de estas acciones, lo cual puede variar según el apoyo familiar. La cultura también desempeña un papel crucial, ya que en algunas culturas se normalizan ciertas actitudes desde una edad temprana. Por otro lado, algunas mujeres son conscientes del acoso, lo que les provoca incomodidad, baja autoestima y temor».

La presidenta del Colectivo de Mujeres de Quetzaltenango, Claudia Lepe, habló de la iniciativa para crear e implementar una campaña contra el acoso callejero que fue presentada a finales del 2022 ante el Concejo Municipal. Lamentablemente, dicha propuesta no recibió el apoyo necesario. «En Quetzaltenango, como en muchas otras ciudades, el acoso callejero en el transporte público es una realidad que afecta considerablemente la vida de las mujeres», dijo.

«Es importante destacar que las mujeres son las principales usuarias del transporte público, ya sea para llevar a sus hijos al colegio, hacer compras o visitar a sus familiares. Sin embargo, a menudo optan por caminar, arriesgando su integridad física, debido a la falta de un transporte público de calidad», agrega.

El acoso callejero no se limita a un solo tipo de transporte, ya que también se presenta en taxis, autobuses urbanos y extraurbanos. El colectivo de mujeres de Quetzaltenango promueve la política pública «Viaja con Seguridad» en colaboración con instancias gubernamentales y de seguridad municipal para mejorar la seguridad en el transporte público. Esta política busca incorporar botones de pánico, cámaras de seguridad y campañas de concientización para alentar a las víctimas a denunciar.

A pesar de los esfuerzos realizados, se ha enfrentado obstáculos debido a limitaciones de recursos y tiempo. La idea es que haya mujeres conductoras en las unidades de transporte público para generar empleo y fomentar el uso de estos medios, lo que, a su vez, podría mejorar la movilidad en la ciudad.

«La Asociación de Transportistas de Quetzaltenango estuvo de acuerdo en principio, pero solicitó apoyo financiero para llevar a cabo una renovación del parque vehicular a pesar de los esfuerzos para introducir tecnología, como el uso de GPS, cámaras dentro de las unidades de transporte colectivo y botones de pánico, estas medidas no se implementaron debido a la falta de respaldo económico. En resumen, aunque existen propuestas viables para mejorar la seguridad y eficiencia en el transporte público en Guatemala, la falta de interés y apoyo financiero ha obstaculizado su implementación efectiva», dice el defensor de los usuarios.

Un secreto a voces

«Como legisladora se presentó la iniciativa de ley 6213 “Ley marco para la prevención y atención del acoso sexual y callejero”. Esta ley busca la protección integral de la libertad e indemnidad sexual a través de la prevención, investigación y mitigación del acoso callejero, además tipifica los delitos de acoso sexual y acoso callejero, delitos que no están en el código penal en Guatemala y que delimitan la libertad de locomoción y paz de las personas», explica Villagrán.

Durante mi investigación en busca de respuestas sobre la problemática, me acerqué a diversos conductores y ayudantes para realizar preguntas y obtener respuestas. Sin embargo, una vendedora de alimentos con años de experiencia en la misma estación, se me acercó para advertirme sobre la posibilidad de encuentros abusivos con algunos choferes y ayudantes. Su testimonio señala la necesidad de mantener precaución mientras trabajamos en estas paradas.

La experiencia fue desafiante, ya que muchos respondieron con actitudes burlonas e insinuaciones, sin estar dispuestos a escuchar el propósito de mi trabajo. En algunos casos, las respuestas comenzaron con insinuaciones y miradas incómodas, creando un ambiente poco propicio para un diálogo profesional, algunos simplemente se negaron a participar en la conversación.

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Este texto fue elaborado como parte del Programa de Formación Dual de Plaza Pública dirigido a jóvenes periodistas.

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