Todas estas interrogantes surgen de la forma en que se ha conducido el Ministerio Público en Guatemala durante los últimos años. Su actuación en casos de gran relevancia (que aumentan cada día, sumando nuevos implicados) han dejado el amargo sabor de procesos ilegítimos, sin observancia de las garantías del debido proceso, con aplicación caprichosa de la Ley contra la criminalidad organizada y, constantes abusos a la dignidad de los detenidos. Estas acciones no sirven para legitimar la acción penal. Lejos de ello, son indicios de la ausencia de fundamento para las acusaciones y permiten asumir que sus motivaciones atienden a un afán represivo. Pero el caso que ha llevado al Ministerio Público a una crisis y ha orillado al país a la ingobernabilidad ha sido su escandalosa intervención en el desarrollo del proceso electoral. Obviando el mandato contenido en el artículo 223 de la Constitución Política de la República que asigna a la Ley Electoral y de Partidos Políticos la regulación de toda cuestión vinculada a los partidos y las elecciones, bajo la jurisdicción exclusiva del Tribunal Supremo Electoral, el Ministerio Público puso en marcha una labor de aparatoso hostigamiento que no cesa. Resulta particularmente bochornoso el caso del partido Semilla por un asunto de supuestas firmas falsas e inconsistencias en su expediente, que resulta risible reclamar a un partido que, no solamente ya participó en una elección previa, sino que obtuvo cerca de millón y medio de votos en las últimas elecciones. Estas acciones, manejadas en contravención de leyes fundamentales, han inoculado zozobra e incertidumbre sobre unas elecciones que se realizaron con entusiasmo por parte de los electores. En sus declaraciones públicas, las autoridades del Ministerio Público afirman que los casos que maneja la institución están movidos por un celo auténtico. Pero estas afirmaciones son desmentidas, no solamente por los hechos, sino por las formas tan abiertamente ilegales que no resisten el análisis de los especialistas. En los casos vinculados al proceso electoral, ha quedado claro que su objetivo es obstaculizar el ejercicio de una función constitucional y violentar los derechos, tanto de los elegidos como de los electores. El desmedido abuso ha desatado una importante respuesta de repudio ciudadano. A ello, hay que sumar el pronunciamiento de la comunidad internacional e, incluso, la inusitada intervención de la Organización de Estados Americanos que, en una resolución suscrita por el propio canciller de Guatemala, declaró que el Ministerio Público debe cesar en sus acciones intimidatorias que resultan disruptoras del proceso electoral.Su actuación en casos de gran relevancia han dejado el amargo sabor de procesos ilegítimos, sin observancia de las garantías del debido proceso.
La crisis monumental que hoy afronta el Ministerio Público se debe a que ha dejado de ser una institución creíble. El sesgo con el que ha ejercido sus funciones, la justicia selectiva que ha puesto en marcha, sin ningún pudor, lo han convertido en un órgano que carece de legitimidad. Y, en consecuencia, ha dejado de cumplir con el importante papel que le corresponde en procurar la gobernabilidad del país. Resulta evidente que la fiscal general no supo proteger a la institución y ha permitido que la misma sea utilizada como una herramienta al servicio de intereses diversos. De esta debacle resultan corresponsables las altas cortes que no han jugado el papel que les corresponde para frenar la anomalía del abuso. El descrédito del Ministerio Público se ha convertido en un lastre para la consolidación de la democracia republicana en Guatemala. Su manejo inescrupuloso de la acción penal es un peligro para los ciudadanos y también para el ejercicio mismo del poder público. Es ineludible darle un giro a esta institución para corregir el rumbo, pero ¿cuál es el camino para lograrlo?El descrédito del Ministerio Público se ha convertido en un lastre para la consolidación de la democracia republicana en Guatemala.










