Hablar de la situación de los pueblos originarios es una necesidad latente y es importante aprovechar cada oportunidad que tenemos para colocar este tema en la discusión social y política, ya que nos referimos a poblaciones que sostienen la vida no solo de sus comunidades sino de la humanidad entera al ser los principales guardianes de la biodiversidad del planeta.
Lamentablemente nacer «indígena» sigue implicando una serie de condicionantes que están encaminadas a limitar el derecho a gozar una vida digna, ya que de esta forma se garantiza que haya personas destinadas a trabajar la riqueza de los otros en condiciones incluso de esclavitud, de esta forma también se asegura la consecución de privilegios a partir de la raza.
El racismo continúa siendo uno de los principales problemas que enfrentan las culturas originarias y esto no ha cambiado mucho con la democracia. En el caso de Guatemala el Estado es un reflejo del racismo sistemático que prevalece en la legislación y en su estructura, ya que su composición sigue siendo eminentemente desigual y se organiza en detrimento de los pueblos.
La colonización no es cosa del pasado, el neocolonialismo es un mal que aqueja al mundo.
Esto trastoca todos los ámbitos de la vida, porque las cifras de la desigualdad continúan acentuándose en las poblaciones indígenas, quienes concentran los mayores porcentajes de desnutrición, deserción escolar, desplazamiento forzado, desempleo, migración, efectos del cambio climático, criminalización, entre otros. La inversión del Estado en pueblos indígenas sigue siendo escaso y diferenciado, ya que el interés que este tiene hacia los pueblos es únicamente con fines de folklorización, apropiación, asimilación, despojo y dominación.
La dimensión del problema es grande, pues prácticamente los derechos y oportunidades están determinados desde antes de nacer, eso quiere decir que desde que se es concebida o concebido, nuestro origen cultural será utilizado para definir el lugar que socialmente nos corresponde. A partir de ello, o se nos abrirán las puertas a un futuro próspero o, por el contrario, estas se cerrarán en nuestras caras, como buscando condenarnos al empobrecimiento tanto económico como cultural.
Un verdadero compromiso con los pueblos originarios va más allá de eventos conmemorativos que el Estado se siente «obligado» a realizar para mostrarse «pluricultural», tampoco se trata de individualidades, ya que el hecho de que haya funcionarias o funcionarios indígenas por sí mismo no cambiará la situación de racismo y exclusión del país, pues para ello es necesario transformar el modelo político del Estado. Hasta hoy los puestos que se asignan a «indígenas» siguen siendo de subalternidad o reducidos al Ministerio de Cultura y Deportes. Pensar en una Presidenta o un Presidente de un pueblo originario aún parece imposible en esta sociedad racista.
Aún queda mucho trabajo por hacer para que los pueblos tengamos las oportunidades y derechos que históricamente se nos han negado. La colonización no es cosa del pasado, el neocolonialismo es un mal que aqueja al mundo y los pueblos están activos en la lucha por liberarse, lo vemos acá, así como lo vemos también en África y en todo el planeta.









