Brenda Lemus

8M: una mirada a la lucha invisible de las mujeres indígenas

En el Día Internacional de la Mujer, visibilicemos a aquellas mujeres que, en silencio, luchan por el bienestar y la dignidad de su familia. La historia de doña Felicia, quien a sus veinticuatro años carga en hombros el peso de la desigualdad, es un ejemplo de la determinación y resiliencia de las mujeres mayas.

 

Doña Felicia vende flores. Se levanta a las dos de la mañana para atender a doña María, su madre enferma, y preparar a sus hijos para ir a comprar flores al poblado vecino. No los cambia porque hace frío, no les bañó ayer porque no tienen agua. No hay nada para poner en la pacha, por lo que decide poner café como otros días. Sale a las tres de la mañana, a prisa, con ambas criaturas atadas al cuerpo, el grande a la espalda y la pequeña al frente.

Viaja 45 minutos mientras amamanta. Compra rosas de descarte, cartuchos y unas ramas de eucalipto. La señora del puesto le hace un atado y le ayuda a acomodarlo en la cabeza. Corre para agarrar lugar en el bus de las cinco. Llega al pueblo faltando diez minutos para las seis y baja en la casa de esquina donde le guardan las cubetas para poner las flores, el carruaje y el banquito para sentarse. Pone a la nena en el carruaje, Andrés ya puede caminar aunque muy despacio; como puede, jala en un viaje las cubetas y el banco. Deja a Andrés encargado de cuidar a su hermanita y vuelve por las flores.

Al apagar la vela, en sus oraciones ruega que el dinero le alcance para poner a estudiar a Sandy, para que «sea alguien en la vida» y no corra con la misma suerte de ella y de su mamá, que dependieron del marido para sobrevivir, y agradece al cielo que Andrés sea varón.

Revisa en su delantal, le queda un billete de Q5, decide comprar un jugo y una galleta para el nene. Ahí, en una esquina frente al mercado, pasan el día, bajo el intenso sol o bajo la perenne lluvia, viendo si logra vender algo para llevarle comida a su mamá. Al final de la tarde, compra dos porciones de papas fritas para llenar las barriguitas; guarda las flores y el banco y se vuelve a casa a las seis de la tarde. Pasa comprando frijoles y una carga de leña; ya no le da tiempo de recolectarla para cocer los frijoles, mientras barre el piso de tierra con una escoba hechiza.

Le da comida a las gallinas. Aprovecha que llegó el agua para lavar la ropa y baña a su mamá con agua que entibió a la orilla del fogón. A Sandy y Andrés les tocó bañarse con agua fría porque no alcanzó la leña para calentarla. Doña María no quiso comer, tal vez sea porque la tos no la deja. Menos mal ya está pasando el frío que se cuela con la neblina entre las rendijas de tanil que circulan por la casa. Finalmente, cerca de la medianoche, trata de dormir pensando en cómo le haría de bien la ayuda de su marido, que está preso desde que se accidentó conduciendo un tuc-tuc sin tener licencia. Extraña los días en que él estaba porque iba a cortar tomate y, aunque volvía tarde, le quedaban fuerzas para ayudar en la cofradía de su aldea.

Se desvela pensando que podría pedirle dinero prestado a los colombianos para comprar las inyecciones que le enviaron a doña María hace ocho días, y deseando que Andrés no se contagie, ya que duerme con ella. Al apagar la vela, en sus oraciones ruega que el dinero le alcance para poner a estudiar a Sandy, para que «sea alguien en la vida» y no corra con la misma suerte de ella y de su mamá, que dependieron del marido para sobrevivir, y agradece al cielo que Andrés sea varón.

La historia de doña Felicia nos muestra cómo la calidad de vida de una mujer en comunidades rurales parece opuesta a la vida en la ciudad. Al menos el 60 % de mujeres carecen de acceso a servicios básicos como educación, agua, luz y salud, sin olvidar el acceso a fuentes de trabajo y salario digno.

Que mis letras sean un reconocimiento a la lucha que enfrentan para conseguir sus derechos básicos y fundamentales, la carga desproporcionada en el trabajo doméstico y los desafíos propios de la exclusión  y discriminación a las mujeres indígenas.


Recomendados