Negativos de la inseguridad en una ciudad entrópica

Cámara de seguridad en un edificio de la zona 2, ciudad de Guatemala
Contadores de luz en Pajapita, San Marcos
Cámaras de seguridad en un poste de la luz en zona 2, Ciudad e Guatemala
 Contadores de la luz bajo candado, en zona 1, Ciudad de Guatemala
Ventana enverjada en zona 2, Ciudad de Guatemala
Ventanas enverjadas 2, zona 1, Ciudad de Guatemala
Barrera de Protección policial, zona 2, Ciudad de Guatemala
Timbres enjaulados en un edificio de la zona 1, Ciudad de Guatemala
Vidrios cortados en lo alto del muro de una vivienda, zona 1, Ciudad de Guatemala
Alambrada en un edificio de la zona 1, Ciudad de Guatemala
Talanquera contra un muro, Colonia Bran, zona 3, Ciudad de Guatemala
Garita en una colonia de Antigua
Identificación a la entrada de una garita, en una colonia de Antigua Guatemala
Interior de una garita en una colonia de Antigua
Contador de luz en la pared de una vivienda en zona 1, Ciudad de Guatemala

Muros divisorios, talanqueras, vidrios polarizados, guardaespaldas, custodios a la entrada de los comercios, garitas, policías armados, agentes militares patrullando las calles, cateando sospechosos; rejas, barrotes, letreros que dicen prohibido esto y prohibido aquello, cámaras de vigilancia, alambres de púas… algo terriblemente grave tiene que estar pasándole a una ciudad para que sus habitantes, incapaces de convivir entre sí entendiéndose por las buenas, opten por blindarse de sus semejantes: cruz y calavera.

Hemos llegado a normalizar la paranoia. Nos resultan cotidianos los balazos en ráfaga que escuchamos a lo lejos, ya sin inmutarnos, o el hábito neurótico de andar viendo todo el tiempo a los lados y hacia atrás: Ese motorista, ¿será un asaltante?… Ese de gorra parado en la esquina, ¿qué me mira?

La desconfianza es nuestro caldo diario de fermento. Estamos cautivos, privados de libertad, como los reos en una cárcel. Salir a la calle nos produce pavor. Por más que nos duela admitirlo, cualquier persona extranjera de visita por acá puede confirmárnoslo: somos una sociedad enferma.

Cuando unos pocos acumulan demasiado a expensas de vastas mayorías que acumulan demasiado poco (o que no acumulan nada en absoluto), el efecto es tener que atrincherarse. “El miedo a los otros es el miedo a nuestros propios pecados”, concluye una investigación realizada por encargo de las élites empresariales guatemaltecas.

Perturbadora revelación observable en múltiples expresiones, algunas de ellas retratadas en esta serie de fotos.

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