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Médicos examinan la radiografía de los pulmones de un paciente recién llegado en ambulancia a la emergencia del Hospital General San Juan de Dios, destinada a la atención de pacientes Covid19, en la noche del 16 de junio 2020. Simone Dalmasso

Médicas especialistas frente al COVID-19: lejos de un privilegio, un sacrificio

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Médicas especialistas frente al COVID-19: lejos de un privilegio, un sacrificio

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El Hospital San Juan de Dios contrató a 268 personas para atender la situación de COVID19 bajo el reglón 182 y 189. Son contratos temporales que no otorgan prestaciones ni vacaciones, aunque su relación laboral es permanente: tienen jefe y horario. 34 médicos y 35 médicas tienen este tipo de contratos, que se volvieron frecuentes a partir del gobierno de Álvaro Arzú.

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Gabriela López y Laura Sánchez son médicas especialistas que trabajan en el intensivo del Hospital Nacional San Juan de Dios, atendiendo casos generales y casos graves de COVID19. Ellas cuentan cómo están enfrentando la pandemia a condición de no publicar sus nombres reales.

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Gabriela es intensivista y anestesióloga. Laura es internista. Las dos suscribieron contratos de un año con el Ministerio de Salud y Asistencia Social (Mspas) bajo el reglón 182, que no les da derecho a vacaciones ni prestaciones. Ambas son de la capital, se graduaron en la Universidad de San Carlos y están iniciando sus treinta.

Las médicas mujeres son mayoría en el grupo de turno de ambas. En cada turno, ingresan individualmente al intensivo general y al de COVID19. Las acompañan dos auxiliares de enfermería y un enfermero o enfermera profesional.

Antes de hacerlo, se colocan el equipo de bioseguridad. Normalmente atienden a seis pacientes, aunque con el incremento de casos han llegado a tener nueve. En el área del intensivo los evalúan. “Los pacientes llegan con neumonías severas. Hay que ver que el paciente no tenga choque séptico o falla renal. Se oye a las enfermeras diciéndole a uno: `doctora, este vomitó, este está saturando´, no me dejan ni escribir lo que tengo que hacer con cada paciente. Suena fácil pero no es fácil tener esta cantidad de pacientes con ventilador, que están gravemente enfermos”, dice Gabriela desgastada.

Algo común es pronar a los pacientes, es decir, colocarlos boca abajo para incrementar sus niveles de saturación de oxígeno. Esto requiere un esfuerzo físico considerable: “Ahora hemos sido enfermeras y la terapista. Lo hacemos entre todas porque aquí no hay camas especiales”, explica Gabriela.

También es habitual la intubación de pacientes, que implica sedarlos y colocarles un tubo en la tráquea. Las probabilidades de sobrevivir a este procedimiento son bajas por lo que antes de realizarlo los pacientes sufren de gran ansiedad, que los médicos intentan calmar.

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La muerte como hecho cotidiano

En los últimos meses, Gabriela y Laura han estado testificando la muerte de al menos un paciente por día. Aunque cotidiana, esta situación les afecta emocionalmente, hasta hacerlas dudar de continuar en ese trabajo:

“Uno se prepara a lo largo de la carrera, pero nada se compara con lo que se está viviendo ahorita. Cada muerte duele. El primer paciente que se me murió de Covid, se contagió trabajando en La Terminal. Llegué a mi casa llorando, yo decía dios mío se le hizo todo, estábamos abastecidos, teníamos medicamentos. Sentí que había faltado a mi promesa. Y luego gran cantidad de gente ha muerto. Uno ya está harto, afecta la vida personal. Lo estoy haciendo por necesidad de personal y porque conozco a quienes están de turno. He pensado en tomar una pausa”, dice Laura exasperada.

La vivencia de Gabriela es semejante: “Nunca me había tocado esto. Es duro, los pacientes no se acaban. Y es muy agotador estar teniendo que decirles a las personas que su familiar se murió. Uno ya no quiere eso. Es una bendición tener trabajo, estoy agradecida, pero este cansancio psicológico de estar viendo gente morir…”.

La escasez de insumos y medicamentos limita las posibilidades de vida de los pacientes. En los últimos meses, en el San Juan de Dios ha faltado hasta el agua pura, por no hablar de gasas, antibióticos y medicamentos para nebulizar. En ocasiones las familias los consiguen. En otras, no.

“Desde el cuarto año de carrera he visto precariedad, pero esto rebasa cualquier límite. No tenemos nada. A veces tenemos algo tan caro como remdesivir pero no tenemos lo más básico, como diclofenaco”, dice Laura.

El personal médico tampoco ha crecido al ritmo de los pacientes. Este es el caso de los terapistas respiratorios; hace unos meses renunció un grupo y los nuevos que contrataron no se dan abasto. También hacen falta internistas, situación que según Laura se debe a las pésimas condiciones laborales ofrecidas por el Mspas: “¿Quién va a querer trabajar en un hospital donde no hay estabilidad laboral y pagan cuatro meses tarde?”, se pregunta.

Laura y Gabriela explican el deterioro del sistema de salud pública debido a errores de gestión, negligencia y corrupción tanto de las altas autoridades como del propio personal médico. Gabriela menciona el robo de sedantes para revenderlos en hospitales privados. 

Para los médicos, las posibilidades para cambiar esta situación no son cercanas. Gabriela considera que la idea de realizar un paro laboral es poco convincente, ya que implicaría abandonar a los pacientes y sobrecargar a los médicos que se queden a cargo. 

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Salarios altos y condiciones laborales precarias

Los turnos que Gabriela y Laura hacen en el San Juan de Dios son de 12 horas entre semana y de 24 horas los fines de semana. Normalmente reciben su salario con tres o cuatro meses de retraso y si desean tomarse unos días de vacaciones, deben pagar su turno a otros médicos. Pero esa opción es complicada, ya que ambas trabajan en otros lugares donde tampoco tienen prestaciones ni vacaciones.

Gabriela trabaja “por llamado” en un hospital privado de élite donde turna cada seis días durante tres días. Hace visitas de media hora en promedio a cada paciente y sigue su evolución por teléfono. Por cada visita gana entre Q250 y Q700 dependiendo del seguro que paga. Para obtener algunos días libres, debe pedir a otro intensivista que la cubra y devolver el gesto después.

Laura turna tres días a la semana en el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (Igss) de 6:30 de la mañana a 4 de la tarde. Durante el 2020 hizo su Ejercicio Profesional Supervisado  en el Hospital Parque de la Industria, pero decidió no seguir indignada debido a lo que considera una gestión torpe y negligente de las autoridades. En el último mes, también ha considerado renunciar al San Juan de Dios y moverse al sistema privado. Ahí el trabajo de los médicos especialistas es menos pesado porque gran parte recae en los residentes.

Para Gabriela, el problema de trabajar en un hospital de élite es que las personas piensan que el pagar tanto dinero les faculta a ser muy exigentes con los médicos. Laura va más lejos. En su experiencia, “la gente cree que su estatus económico les permite tratar mal a los médicos”. En ese sentido, reclama su formación sancarlista: “A mí, trabajar en el Ministerio me da cierta proyección social, ayudar a la gente que menos tiene. Al ser uno de la Usac, trata de retribuir un poco”.

El salario de un médico especialista en el Mspas ronda los 13,000 quetzales. Es alto en comparación con el salario de los médicos generales, los enfermeros y los auxiliares de enfermería. Sin embargo, eso no cambia que sus condiciones de trabajo son precarias y extenuantes en términos físicos y psicológicos.

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El fin de la tercera ola

Al cumplir cuatro horas en el intensivo de Covid, Gabriela y Laura salen, se retiran el equipo, se lavan la cara y las manos, toman agua y entran al intensivo general. Pasadas cuatro horas o más, dependiendo de la situación de los pacientes, se retiran a sus dormitorios donde duermen entre cuatro y cinco horas. A las cinco de la mañana ven nuevamente a sus pacientes y entregan el turno.

Al salir del hospital ambas se refugian en sus mundos privados. Gabriela trata de estar con su hija de dos años, pero para su cuidado se apoya en sus padres, su esposo y una niñera. A la pregunta sobre su vida social, responde: “No tengo tiempo de nada, de verdad. Si estoy de llamada mi vida es una locura, no sé cuántos pacientes van a ingresar, cuándo me van a llamar, no puedo planear el día porque el paciente está estable y en la tarde hay que intubarlo”.

Laura utiliza su tiempo libre para terminar la tesis, realizar trámites para su examen privado y hacer un poco de ejercicio. Considera que vive muy aislada: “Uno se aparta completamente de la vida. Uno ve que la vida de las demás personas avanzó en estos dos años y la vida de uno es completamente diferente”, se lamenta.

En octubre y noviembre, el Hospital San Juan de Dios ha reportado una disminución drástica de los ingresos de pacientes con COVID19. Se abre por fin la expectativa de reducir la presión en el personal médico aunque no se sabe por cuánto tiempo.

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