Anneliza Tobar Estrada

Ser madre y la eterna batalla contra las culpas

Ejercer la maternidad se siente muchas veces como caminar por un campo minado. Muchas ejercemos la maternidad llena de miedos, complejos, ansiedades y culpas. 

Esa, la culpa, se vuelve una especie de compañera que nos visita con frecuencia y nos juzga de manera inquisidora: se encarga de recordarnos lo «malas madres» que hemos sido o que somos.  A veces, su presencia nos aporta perspectivas valiosas y constructivas sobre nuestros errores y nos sirve de acicate para evitar equivocarnos y repetir actuaciones nocivas para nosotras y para nuestros hijos. Pero demasiadas veces, esas culpas no son más que razonamientos irracionales, sin fundamento objetivo. 

Las madres tenemos derecho a imaginar, a ser libres, a descansar, a desarrollarnos, a disfrutar y a ser felices.

Son como parásitos que nos succionan la paz y la seguridad: se alimentan de las grandes expectativas y mandatos patriarcales que obligan a las mujeres a ser perfectas en cada sentido y dimensión de nuestra vida, incluida la maternidad. Ser la madre perfecta —amorosa, comprensiva, presente, entregada, abnegada, previsora, cuidadosa y un largo etcétera— es lo que siempre se nos pide y se nos recuerda. Y si fallamos, allí está siempre la culpa, funcionando como un mandato disciplinador.

Así, sobre nuestros hijos e hijas y sobre nuestra maternidad, las madres sentimos culpa, mucha culpa…

  • Culpa por no haber podido tener un parto natural, sino una cesárea de emergencia
  • Culpa por ir a trabajar, para llevar dinero a casa, a los dos meses del posparto
  • Culpa por delegar cuidados para poder trabajar.
  • Culpa por no querer dar de mamar
  • Culpa por no tener suficiente leche para alimentar
  • Culpa por salir de viaje y olvidar el juguete favorito
  • Culpa por no entender su llanto y anticipar qué es lo que necesita
  • Culpa de no querer levantarse (una vez más) en la noche para vigilar la enfermedad y, aunque ya han tomado su medicina, solo queda esperar
  • Culpa por perder la paciencia, por dar esa nalgada o ese grito que no era necesario
  • Culpa porque la casa esté desordenada y no parezca portada de revista Buen Hogar
  • Culpa porque no gusta cocinar, por no saber cocinar rico, culpa por no querer hacerles de cenar
  • Culpa por estar demasiado cansada para preparar el postre que tanto les gusta
  • Culpa por no tener «instinto materno»
  • Culpa por no ser lo «suficientemente» cariñosa
  • Culpa por no querer jugar y que no guste (nunca) acompañarles a jugar
  • Culpa por no poder llevarles a todas sus actividades sociales
  • Culpa por no comprar todo lo que piden
  • Culpa por no permitirles que lleguen amiguitos a jugar a casa (porque no apetece cuidar a otros niños)
  • Culpa por llegar retrasada y de último a recogerles a la escuela
  • Culpa por estar harta, estar cansada y querer salir corriendo
  • Culpa por separarse-divorciarse y dejar a su padre
  • Culpa por disfrutar viajar sin ellos
  • Culpa por disfrutar la propia libertad
  • Culpa por comerse un postre sin ellos, o de comprarse algo para sí misma
  • Culpa por salir y no dejarles comida preparada (aunque sean adolescentes y puedan solucionarlo)
  • Culpa por volver a enamorarse 
  • Culpa por ser madre soltera y disfrutar libremente la sexualidad
  • Culpa por salir con las amigas
  • Culpa por no ponerles suficiente atención
  • Culpa por disfrutar arreglarse linda
  • Cupa por disfrutar el trabajo 
  • Culpa por darle gran valor a la carrera profesional y por atender nuestro desarrollo personal
  • Culpa por arrepentirse de haber tenido hijos
  • Culpa por transferirles nuestros propios traumas o por dañarles de las mismas maneras en que nos dañaron a nosotras
  • Culpa por sentirnos responsables de su felicidad o por no hacerles lo suficiente felices.
  • Culpa por no tener culpa

Seamos realistas: es imposible ser perfectas y es muy difícil cumplir con los estándares que el patriarcado, la cultura, la religión y, hasta el capitalismo, esperan de nosotras. 

Las madres vamos a equivocarnos, a cansarnos, a perder la paciencia. Vamos a enfrentarnos a situaciones que nos superan y escapan de nuestro control. Sin embargo, no todo es nuestra responsabilidad y no siempre es la madre la única responsable. 

Las madres tenemos derecho a imaginar, a ser libres, a descansar, a desarrollarnos, a disfrutar y a ser felices. También deberíamos tener derecho a equivocarnos, a ser comprendidas y disculpadas: deberíamos tener derecho a vivir en nuestros propios términos, en formas transformadoras y liberadoras para nosotras y nuestros hijos e hijas. 

Sanos ejercicios feministas, críticos y de introspección personal pueden ayudarnos, una por una y una a la vez, a desarmar esas culpas irracionales que solo nos sujetan, nos castigan y nos condicionan. Tenemos derecho a vivir libres de ellas.


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