Y claro cuando aludo al laberinto, sin duda, le agrego más complejidad a esta utopía. Este representa un espacio en el cual, ciertamente, hay una salida, pero para llegar a ella se encuentran una serie de corredores ciegos, por lo que encontrar el sendero correcto requiere de andar y desandar para al final conseguir el sueño de salir; en todo caso: alcanzar la utopía.
Como concepto resulta un hecho complejo de alcanzar, pero si a ello se le agrega un laberinto resulta aún más difícil. Traigo a cuento este juego de conceptos para plantear una analogía que retrata a nuestro sistema político y económico y, por ende, al sistema social.
En Guatemala la cuestión política fue convirtiéndose, poco a poco, en un espacio en el cual se entreveran intereses, en donde se cruzan privilegios, afloran beneficios que, al final, se resuelven por medio de la corrupción. Este último engranaje nos ha mostrado poco a poco, cómo se convierte en el eje de muchas decisiones, y cómo es el mecanismo favorito de intermediación entre políticos, empresarios, jueces y fiscales.
Todo este proceso de degradación constante nos ha puesto el futuro cada vez más oscuro. Lo que se busca dentro de una democracia es proveer de condiciones a la sociedad para hacerla más equitativa, más próspera, más justa, pero la realidad aquí es otra.
Sin embargo, el laberinto se ha vuelto más difícil de atravesar: los grupos que buscan que este gobierno no consiga resultados que apunten a un cambio —aunque sea mínimo— se empeñan en impedirlo.
Hoy, después de cuarenta años de formalidad democrática —que implica convocatorias a elecciones, campañas políticas, designación de candidaturas y elecciones libres—, no hemos asistido a cambios significativos en el tejido social. Lejos de ello, la democracia se volvió una fachada, si no una mascarada, que sirve únicamente para ocultar un hecho indiscutible: nuestra sociedad camina indefectiblemente hacia el desastre.
El actual régimen de gobierno se encuentra, justamente, en el dilema que implica el interregno[1] del laberinto para llegar a la utopía. Los esfuerzos se han planteado y las propuestas han abundado; también se ha delimitado la distancia con actores antagónicos o movidos por intereses particulares. Sin embargo, el laberinto se ha vuelto más difícil de atravesar: los grupos que buscan que este gobierno no consiga resultados que apunten a un cambio —aunque sea mínimo— se empeñan en impedirlo.
Y estos no son grupos de la sociedad, sino auténticos factores de poder que se oponen a todo y hacen más difícil encontrar la salida del laberinto. Aún mejor para ellos si no se alcanza la utopía largamente añorada; es más, se trata de instituciones que actúan en contra de la propia sociedad.
Así, poco a poco, la degradación social es mayor, las desigualdades sociales se incrementan, las élites conviven con grupos criminales, los partidos políticos se descaran y se convierten en ejes de espacios de criminales y patanes.
Aun así, la utopía pervive: el sueño se sigue buscando y acariciando, y la construcción de una sociedad distinta debe ser una lucha constante. Algún día, más cerca que lejos, ese laberinto caerá y permitirá el florecimiento de una sociedad viva y crítica, que se desenvuelva en un ambiente de justicia social.
____________________________________________________
[1] Espacio de tiempo en que un Estado no tiene soberano









